Lo que me perdí

Como soy de no mantener mucha atención, quizá no sea capaz de reseñar todo lo que me perdí en la descastada corrida de Jandilla, por mi maldita manía de interesarme en los toros de la corrida anunciada. Era tal la pena e incluso vergüenza ajena que sentía la ver aparecer semejantes animales, flojos, regordíos, despitorrados como el sobrero, vaya prenda, de comportamiento mayormente obediente pero en general dubitativo, oscilando entre su natural docilidad y su falta de fuerzas que les impedía seguir su impulso colaborador, que no fui capaz de darme cuenta de los retazos de arte que salpicaron la corrida.

Pues debido a este carácter del que me arrepiento, me perdí lo siguiente que reseño sin ánimo exhaustivo: Dos verónicas de Morante por el pitón derecho al toro que sería devuelto, dos naturales salpicados entre las series de Perera, uno en tercer lugar y otro en segundo de series distintas, media verónica de las que dicen de enmarcar que cerraba un quite de una serie enganchada y dispareja de lances de Morante en el toro de Finito y una verónica de Morante al quinto de la tarde que el toro frustró en el último momento al enganchar el capote del torero cuando ya estaba casi rematada, estropeando el olé vibrante que ya llenaba la plaza, buenos pares de banderillas de Juan Sierra y Joselito (bonito nombre) Gutiérrez de la cuadrilla de Perera y de José Antonio Carretero de la de Morante. Dado el mal estado de mi memoria no recuerdo nada reseñable de Finito, ningún esbozo de faena ordenada de Morante, la tendencia a arquear la postura de Perera, ninguna estocada digna de ese nombre y ni una vara razonable.

Todo esto me perdí por mi maldita manía de valorar una corrida de toros por los toros que salen a la plaza, en vez de dejarme llevar por el entusiasmo que proporciona estar sentado en Las Ventas en una corrida de postín.

 

Andrés de Miguel

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La gracia toreadora

El público de la plaza de toros de Madrid es amable, es impresionable, es maleable y es fundamentalmente voluble. Aplaudió tenazmente unos lances de recibo al primer juanpedro de Morante de la Puebla, atropellados y faltos de remate, en los que la mayoría aplaudidora debió fijarse en la intención del torero más que en su ejecución. Defendió las series de derechazos de Manzanares en el quinto de la tarde que ni salieron hiladas como es su costumbre, ni se pensaron ligadas como es razonable. El debutante Jiménez Fortes, al que cursimente llaman toricantano, con el espantoso neologismo creado en los años sesenta y que remite a una sociedad inmersa en la beatería oficial, fue grandemente ovacionado, tras mostrar todas sus carencias de novel, en un arrimón pasado de faena con el que cerró plaza. Asumió la dispareja, basta y zancuda corrida de Juan Pedro Domecq, como si fueran los descendientes del uro primigenio destinados al altar de los sacrificios propicios a todas las adoraciones.

Pese a ello, hay muchos que insisten que las figuras se sienten maltratadas en Madrid, que las ganaderías de postín son desechas en los estrictos reconocimientos veterinarios temerosos de las reacciones del público, que el público de Madrid mide con lupa a los toreros. Y así seguimos.

Todo esto lo doy por descontado día tras día, pero si hay algo que me indignó en el día del recuerdo de José Gómez Ortega Gallito, Joselito Maravilla, La gracia toreadora, fue que los indocumentados aplaudieran unos quites aunque oportunos, deslavazados, torpes y carentes de gracia del, por otra parte único torero actual tocado por el duende.

Morante está tocado por la gracia pero la mayoría de sus seguidores, no. Desgraciadamente es a estos a los que se oye en la plaza cuando no se ve al torero.

 

Andrés de Miguel

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La tiranía del abono

Lo confieso sin remordimiento, desde luego sin vanagloria, sin querer que sirva de ejemplo, pero con el alivio de confirmar que no se acaba el mundo. Lo confieso sin jactancia, lo digo sin altivez pero con satisfacción: Ayer no fui a los toros.

Mi ánimo es frágil, no soy un aficionado de estricta observancia, cuando estoy urgido por otras obligaciones hay veces que fallo, el mal tiempo me retrae y ayer día de San Isidro falté de mi localidad. La diferencia es que ayer me quedé con la entrada en el bolsillo, conseguí superar la fatal atracción que me lleva compulsivamente a esperar sentado en mi asiento que se abra, día tras día el portón que deja libre al primer enchiquerado de la tarde. Me desprendí de las recomendaciones que me hacían los amigos con los que compartí comida taurina y tras salir a la calle en vez de enfilar la calle Alcalá hasta Las Ventas, tiré por la calle Hortaleza hasta Chamberí y me sentí con una mezcla de vacío y alivio  que me acompañó toda la tarde.

La sensación era parecida a la del conocido síndrome de abstinencia, tan familiar a los ex fumadores, que no acaban de ver las ventajas de dejar su acostumbrado cigarrillo, pero me sentí reconfortado al ver que no se acababa el mundo. Después, por la noche, conseguí dormir a pesar de saber que Perera había llamado de nuevo a la Puerta Grande y que yo no había estado. Pero sobre todo conseguí liberarme de la tiranía de la autoimpuesta asistencia a todas las corridas por el único motivo de estar incluidas en el abono más largo y desprovisto de interés de la temporada taurina.

Ayer no fui a los toros.

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Atletismo y pellizco

Hay corridas excéntricas de las que no se sabe su utilidad o su interés y que sólo se entienden como relleno de fechas y hueco para toreros de difícil encaje en el maligno sistema del largo abono. La de ayer era una de ellas y el supuesto interés se centraba en el pellizco de Curro Díaz, la capacidad atlética de El Fandi y la novedad de David Galván, que inaugura la larga serie de confirmaciones de alternativa que marcan los carteles de este año, todo ello con una ganadería mostrenca.

Aun así acudimos a la plaza creyéndonos nuestros propios argumentos de que es mejor una excéntrica corrida de toros que un apacible descanso casero. En el muestrario estaban las suertes en movimiento de El Fandi que son lucidas y tienen su público aunque estén desprovistas de belleza. Quizá a públicos poco avisados les den sensación de riesgo, como bien señala Rafael Cabrera en su larga y jugosa entrevista en El País, pero la belleza está en el toreo que se debe hacer a pie quieto.

Las suertes en movimiento, con tanto movimiento, necesitan además una buena condición atlética que siempre dan impresión de esfuerzo que tanto les gusta a algunos. Con esta base atlética El Fandi encadenó un buen tercio de banderillas que dividió las opiniones en su segundo toro, en su primero puso un par encelando al toro en chiqueros que demostró buen conocimiento de terrenos, distancias y querencias.

La belleza está en otra cosa, quizá en la muñeca de Curro Díaz, torero de pellizco que inicia las faenas como grandes obras, que luego tantas veces se diluyen al pasarse al toro lejos, sin que el pellizco que lanza logre coger carne, quizá en las intenciones de David Galván quien sin estar muy placeado buscaba buena colocación e intentaba rematar bien los pases, pero tanto uno como otro necesitan tener más capacidad de obligar al toro a someterse a la voluntad del torero.

Igual que nosotros vamos a necesitar más capacidad de fabular para mantener la ilusión necesaria  para asistir a estas corridas.

Andrés de Miguel
14 de mayo de 2013

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Casta sin chispa

Los toros de Escolar son serios de presencia, bonitos de lámina, imponen respeto con su comportamiento en el ruedo, tienen una lidia complicada y que puede ser agradecida, pero no consiguen atraer el entusiasmo del público. Les falta quizá un punto de agresividad, quizá algo de codicia, algo de velocidad en sus reacciones, desde luego no se nota alegría en sus embestidas, les falta en definitiva el sentido del espectáculo, que por ejemplo parecen tener desarrollado sus primos de encaste, los albaserradas de Victorino. Una chispa que prenda el interés del público.

El muy bravo y noble segundo toro, el bravo y encastado cuarto y los encastados tercero y quinto hicieron una corrida a la que el peligroso primero añadió picante y que perdió brillo por el broche del sexto que se vino a menos, pero todos juntos formaron una corrida que mantuvo un alto nivel, pero que no despertó a unos tendidos que parece que prefieren enredarse en la milimétrica posición del picador y que ni jalearon a Alberto Aguilar que también falto de chispa estuvo muy serio con el tercero, ni se cebaron con Rafaelillo y Robleño que estuvieron por debajo de sus bravos toros, con trasteos sin largura, ni profundidad, aunque no estuvieran exentos de riesgos.

Mantiene la ganadería de Escolar su alto nivel de casta y el interés de los aficionados a lo largo de muchos años, siempre lidia algún toro bravo, los toreros están siempre muy centrados y era de ver el interés con el que todas las cuadrillas siguieron pegados al burladero la lidia del cuarto toro, pero para triunfar en toda la línea se necesita algo más, quizá esa chispa que prenda el interés del público y realce la importancia de su casta.

 

 

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Una Diatriba

Me vais a permitir que en el primer día de feria no hable de la interesante corrida de Pereda (y van tres seguidas), ni de la esperanza que suscitaban los toreros, que ni siquiera las carencias que mostraron consiguen apagar. Leandro tiene más gusto que valor, Morenito de Aranda más valor que dominio y Urdiales más dominio que gusto y así se encadenó la corrida.

Pero permitidme, digo, que os hable del descuido de la plaza de toros, del bello y maltratado edificio que algún genio del feísmo y la guarrería lo ha convertido en su feudo. Destroza la estética con esos colgajos con los colores de la bandera nacional que cubren las barandillas de grada y andanada, permite que periódicamente desde las andanadas rieguen con líquidos varios a los espectadores de las últimas filas de tendido sin poner un sencillo rodapié, permite que la suciedad campe por sus respetos sobre los asientos de granito y los espacios para los pies, con una capa de pringue que se adhiere a las suelas de los zapatos y a las ropas o las almohadillas de los sufridos aficionados cada vez más entrados en años que rellenan los tendidos. Eso el primer día de la feria y sabido es que la limpieza no es el fuerte de la empresa y que cada día se añadirá un poco de suciedad a la ya existente.

No es por señalar, pero Sevilla es una plaza que cuida más que con esmero, con mimo, el espacio de la plaza y los tendidos, procura que la pintura de los espacios esté cuidada, que la cerrajería no esté oxidada y que las colgaduras de los balcones embellezcan y no sean un insulto al buen gusto, mientras que la pomposamente llamada primera plaza del mundo ofrece una imagen de descuido, de suciedad, de falta de gusto, que consigue afear el bello edificio donde se produce el magnífico espectáculo. Sin que la erección de una estatua en su exterior, que parece pensada y diseñada para ser situada en un espacio interior, a un gran toreo como Luis Miguel Dominguín, que debe ocupar un puesto que oscila alrededor del veinte entre los diestros importantes de la historia, mejore en nada el descuido a que está sometida la plaza, ni demuestre mejor gusto por sus responsables.

Andrés de Miguel

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La Fiesta de la bravura

Fandiño dio fiesta a seis toros en una corrida concurso, en una corrida organizada tal y como debían estar organizadas todas las corridas de toros, en las que el toro se coloca a distancia del picador situado a contraquerencia, para que el espectador pueda disfrutar de la bravura del toro, elemento imprescindible de la fiesta.

El ojo de la cerradura pintado en la arena de Bilbao, donde evolucionaron el toro y el picador, debía ser el nuevo diseño de los terrenos olvidándose de las obsoletas rayas concéntricas que sólo sirven para que los espectadores poco avisados protesten cuando el picador sobrepasa la suya.

Los toros acudieron tres veces al caballo salvo el flojo Torrealta que sólo puedo ir dos veces antes de volver a los corrales y el Alcurrucén que acudió cuatro y tenía fuelle para más. El truco sólo consiste en que los picadores no den leña al toro en su primer encuentro, le aguanten la embestida y si el toro no tiene fuerza le den salida rápidamente. Así disfrutamos de la bravura, aun exenta de fuerza del La Quinta que se fue arriba y del Partido de Resina que se desfondó, se afirmó el encastado Victorino en su mansedumbre que luego propició las mejores embestidas en la muleta, peleó el salpicado Torrestrella y se lució el Alcurrucén. Un completo espectáculo.

La corrida concurso habría sido un éxito si Fandiño hubiera exprimido alguno de los toros y les hubiera toreado con enjundia, pero el sólo hecho de lucirlos en la arena, hace al menos preguntarse la razón de porque todas las corridas de toros no son respetuosas con la bravura del animal, abren el espectáculo a la fiesta de varas y no reducen la fiesta de los toros, que debe ser la fiesta de la bravura a un espectáculo que al final se queda mutilado y convertido en la fiesta de la muleta.

Andrés de Miguel
16 de junio de  2012

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Docilidad, ese tabú

La docilidad se busca y se rechaza al tiempo. Para la mayoría de los toreros y muchos aficionados la docilidad del toro, que siga los engaños sin salirse de su trazada es la condición para el toreo moderno. El toro debe embestir y debe hacerlo con largura, entrega y nobleza para mayor diversión del público y satisfacción del torero.

La mayoría de la afición de Madrid no parece compartir esa opinión y así lo manifiesta cada vez que tiene oportunidad. La nobleza debe ir acompañada de la agresividad y por tanto excluir la docilidad, esa es la bravura. Como además no existe un liderazgo claro de la protesta, desaparecida la influencia determinante del tendido 7, aparecen diversos coros de confusos criterios y desagradables expresiones que expresan el malestar con la situación actual sin que se vean las alternativas.

En el ambiente hosco de una corrida remendada tras un llamativo baile de corrales, que ya es casualidad que la ganadería favorita de las figuras venga dos veces seguidas con remiendos a Madrid, Morante estuvo ausente, Manzanares se afligió cuando le protestaron su toreo despegado y Talavante con su toreo de arrebato y anticanónico, se llevó el gato al agua aupado por los aplausos de los más impresionables y la aquiescencia de los que quieren aire fresco.

En una situación de decadencia de las figuras actuales e inconsistencia de los posibles relevos, la apuesta por la docilidad provoca protestas y la casta no aparece en la agenda de prioridades de ningún torero. Nos esperan malos tiempos.

Andrés de Miguel
6 de junio de 2012

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Esperanza y Vulgaridad

El momento culminante de la faena de David Mora fue al inicio, con el bello auto quite que resolvió con una larga de rodillas la acometida del Valdefresno contra el torero que había perdido pie delante del toro. Entre ese quite y la buena estocada que mató al toro, la faena discurrió más cerca de la vulgaridad de lo que se espera para un torero que parece presentar su candidatura a ocupar mejores puestos en el escalafón.

No fue exactamente una mala faena, sino una faena desprovista de mucho interés, rutinaria, de pierna escondida, con un punto de brusquedad en el manejo de la muleta, donde la evidente ilusión del torero manejando el capote con soltura, no estaba acompañada por una mayor enjundia.

Tampoco la faena al último de la tarde resultó brillante, manso repetidor en sus embestidas aunque huidizo tras cada una de ellas, en las que la duda entre darle y quitarle la querencia para mejor dominarle, fue finalmente resuelta por el propio toro que consiguió huir a chiqueros donde entregó sus mejores embestidas y resultó muerto a estoque.

David Mora sigue siendo un torero interesante, pero la esperanza de la afición está en un toreo más puro, más comprometido con el arte y que obligue al toro a desplazarse alrededor de la pierna del torero con la necesaria suavidad del temple. Algo más parecido a lo que esbozó Curro Díaz quien sorteó los peores toros.

Andrés de Miguel
5 de junio de 2012

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Dominio y Belleza

La emoción en la corrida de toros necesita de un toro que transmita sensación de peligro, pero sobre todo necesita de un torero que le plante cara. Los defectos y virtudes de un toro lo son y por tanto aparecen ante los ojos de los espectadores en relación con el valor, el conocimiento y el gusto que el torero utiliza para dominarlo o en el peor de los casos para sortear sus embestidas.

Por eso la corrida de José Escolar no pasó inadvertida, todo lo que ocurría en el ruedo tenía interés, no sólo por la dureza del comportamiento de los toros sino por la decisión de los toreros. A diferencia de los toreros que encabezan el escalafón y que cuando se acercan a toros complicados, cuando hacen un gesto según el lenguaje al uso,  se hartan de sortear problemas y acaban con los toros bajo los petos de los caballos, los toreros que se encuentran habitualmente frente a estas corridas duras utilizan los resortes de su capacidad como Chaves, decisión como Robleño o ilusión como Lázaro, para salir airosos de una corrida por la que nadie les va a poner una corona de laurel, pero en la que los aficionados seguimos con interés cada instante de la lidia.

En estas corridas no aparece el torero que según la frase de Ramón Gómez de la Serna: “Dio unos cuantos pases transparentes, bien templados, sin prisa, en que se veía el secreto de ese pasar por un aro de papel de seda sin romperlo ni mancharlo que es el paso del toro bajo un buen pase.”

Pero muchos disfrutamos de las escasas embestidas que los héroes de ayer extrajeron especialmente de los toros pares, el segundo, cuarto y sexto, porque fueron dibujadas poniendo lo más noble del arte de torear: la decisión de buscar la belleza en el dominio del toro.

Andrés de Miguel
31 de mayo de 2012

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