PASEO VIRTUAL GALLISTA POR MADRID

En la conmemoración del Centenario de la muerte de Joselito, que se ha quedado en virtual, nuestro socio Juan Salazar ha realizado, entre los distintos paseos gallistas previstos por Madrid y Sevilla, un recorrido por diferentes lugares unidos a la presencia de Joselito en Madrid.

Como buen paseo virtual se ha grabado y publicado en youtube para el Aula de Tauromaquia del CEU.

 

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

UNA TARDE FELIZ DE JOSELITO

Artículo escrito por Juan Salazar.

SAN FERNANDO DE HENARES (MADRID)

Una buena mañana, el periodista José María Carretero “El Caballero Audaz”, acompañado de Ramón Peña, recogían en un Rolls-Royce a Joselito. El destino era el Soto de la Aldovea, lugar próximo a Madrid, ubicado en San Fernando de Henares, a unos 26 kilómetros de la Puerta del Sol.

La Aldovea era una finca propiedad del Duque de Tovar donde se organizaban numerosos saraos sociales, así como festivales taurinos y tentaderos en la placita de toros anexa.

El Caballero Audaz, nacido en Montilla, fue un escritor y gran entrevistador, con una presencia física destacada ya que medía un metro noventa en unos años en los que la altura media era muy inferior. Además de habilidoso espadachín, cualidad ciertamente útil para los duelos que antaño tenían lugar, frecuentó el género de la novela erótica, ámbito en el que alcanzó cierta popularidad.

El otro acompañante, Ramón Peña, fue un renombrado actor cómico, elegante y correcto, que, según afirmaba el propio Carretero, parecía más un sportman que un cómico.

Durante el trayecto El Caballero Audaz aprovechó para realizar una de las mejores entrevistas que se hicieron a Joselito, posiblemente por lo relajado de la situación y por las habilidades del entrevistador.

La conversación aparece en la obra “El libro de los toreros (de Joselito a Manolete)” y abordó cuestiones como sus dotes automovilísticas, amoríos, las cornadas de los toros y de la vida, el amor a su madre, sus públicos favoritos, compañeros preferidos, emolumentos, creencias religiosas…

Entre las afirmaciones de José sobre su vida privada quedó recogido:

Sí señor; tuve novia formal. En cuanto me cogió cariño, siempre estaba dándome la tabarra con que me retirase… Yo la quería mucho; pero …, ¡vamos!, esto del toreo, ¡es muy serio!… Y para no hacerla sufrir, corté con ella.

Aquella fue una de las tardes en las que Joselito tentó en el Soto, como la publicada en el Mundo Gráfico del 21 de julio de 1915, que incluía un reportaje fotográfico de Campúa titulado “Joselito en la encerrona de la Aldovea” y que plasmaba:

Extraordinariamente simpática v divertida fué la fiesta que en el “Soto de Aldovea”, magnífica finca que el duque de Tovar posee en las inmediaciones de San Fernando del Jarama, se celebró el lunes de la pasada semana. Ante una distinguida concurrencia se torearon en la pequeña plaza de dicha posesión varias vacas bravas y se lidió un novillo, que fué matado por Joselito. También el famoso lidiador hizo faenas en las vacas, en las cuales derrochó una vez más su enorme afición y su insuperable arte.

Soto de la Aldovea

El Duque de Tovar fue un hombre “llano, agradable y rumboso” con una amplia cultura, caballero y maestrante de diferentes Ordenes, grande de España, académico, gobernador civil de Madrid, diputado, senador, comisario regio, embajador en la Santa Sede, médico, escultor y ganadero.

El duque adquirió en 1911 la mitad de la ganadería, el hierro y divisa de don Basilio y don Francisco Arribas, que por aquél entonces administraba don Felipe de Pablo Romero, por lo que posiblemente el ganado ya estaba cruzado con el de este ganadero.

El 12 de mayo de 1912 se anunciaron las reses por primera vez en Madrid, volviendo a lidiarse seis toros el 2 de junio y estando prevista una novillada para el 13 de junio. Importantes influencias debía tener el duque para ver sus novillos anunciados esa tarde importante, con lleno hasta la bandera y muchos reventas durmiendo en el calabozo, en la que iban a hacer su presencia en el coso capitalino la cuadrilla de los niños sevillanos, Limeño y Gallito Chico; sin embargo las cosas tomarían diferentes derroteros, como todos sabemos. El caso es que por falta de trapío se consideró inconveniente la lidia de esos animales del duque, instando José a que los sustituyeran por otros de más respeto. Indalecio Mosquera, el empresario, junto con Joselito, se dirigieron a los prados de La Muñoza, lugar muy próximo a La Aldovea, donde pastaban las reses destinadas a Madrid, y allí identificaron cinco de Olea, más propias para la ocasión, remendadas con una de Santa Coloma. ¿Cómo sentaría este baile de corrales al duque?

El palacio del Soto es una maravilla, con una larga historia. Parece que en el siglo XVI ya existía un castillo, probablemente de origen bajo-medieval, perteneciente al arzobispado de Toledo. En el siglo XVII el infante cardenal don Fernando de Austria transformó la fortaleza en palacio.

A mediados del siglo XVIII el infante cardenal Luis de Borbón y Farnesio lo acondicionó como lugar de recreo; la obra es del arquitecto Virgilio Rabaglio, colaborador de Sacchetti en el Palacio Real. Recuerdo de este infante son la corona real y los dos angelotes que sostienen el capelo cardenalicio en el acceso principal.

En 1802 fue adquirido por el todopoderoso Godoy, quien lo vendió en 1804 al rey. Por la desamortización de los bienes de la Corona, en 1869 pasó a ser propiedad de José Francisco de Pedroso, marqués de San Carlos, que lo enajenó en 1902 al primer duque de Tovar, Rodrigo Figueroa y Torres, cuyos herederos son los actuales propietarios.

Durante la batalla del Jarama, en la guerra civil, el edificio se convirtió el cuartel del general Miaja; ¡no tenía mal gusto el militar a la hora de escoger aposento! Lugar de triste recuerdo en esos años en los que las tapias fueron testigos de fusilamientos y otras atrocidades como dejó constancia Felix Schlayer.

Volviendo a temas alegres, un día tuve la oportunidad de visitar esta joya, que en la actualidad es utilizada para celebraciones nupciales.

A la entrada un cantal con la corona ducal anuncia las distinción del paraje. Los muros de ladrillo visto y las cuatro torres en las esquinas, con cubiertas a las cuatro aguas y aleros voladizos le dan un toque imperial.

De la placita de toros no queda rastro, pero pensar que estaba pisando suelo frecuentado por José me estremeció.

Soy de los antiguos que prefiere la máquina fotográfica al móvil y cuando llevo una cámara a este tipo de festejos es para recoger escenas y retratos familiares; ya se sabe: ¡una foto de los novios!, ¡a ver, otra con los padrinos!, ¡la abuela, la abuela que pose también!…

Pero aquel día, no; deseando a los celebrantes muy largo y venturoso matrimonio y una prole de sanos y robustos retoños, ¡faltaría más!, lo que me interesaba era captar imágenes del lugar en el que Joselito pasó tardes felices.

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

JOSELITO MARAVILLA

Por Andrés de MiguelPresidente de la Peña Taurina “Los de José y Juan”.

La Peña Taurina “Los de José y Juan” defiende el toreo clásico, del que fueron brillantes exponentes hace ya más de un siglo, los toreros, José Gómez Ortega “Gallito” y Juan Belmonte. Atributos del toreo clásico son el conocimiento y dominio del toro bravo, la variedad y pureza en la ejecución de las suertes, dando la necesaria ventaja al toro y la belleza formal. En todos ellos el riesgo está presente.

De esta defensa del toreo clásico, personalizado en estos dos grandes toreros que protagonizaron la llamada edad de oro del toreo, forma parte la conmemoración del centenario de la muerte de Joselito en Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920.

Esta conmemoración es pertinente y necesaria porque fue precisamente “Gallito”, Joselito si se quiere, quien planteó la necesidad de innovar el espectáculo taurino y lo hizo completando y definiendo el corpus clásico del toreo, unificando en su figura la representación de los distintos vectores que inciden y conforman la corrida de toros. Entendió el espectáculo que necesita crear repetidamente un acontecimiento a hora fija, para lo que influyó en la selección del ganado, amplió la base social de los espectadores con la creación de las plazas monumentales, apoyó la difusión de las corridas de toros con los nuevos medios visuales, apoyando decididamente la grabación cinematográfica de las mismas. En definitiva difundió de una manera adecuada a la sociedad de su tiempo un espectáculo abierto a las mayorías sociales, que posibilitó la pervivencia de la corrida de toros durante todo el siglo XX

En una sociedad que se encuentra  en un momento de cambio acelerado, redefinir el espectáculo taurino difundiéndolo entre las nuevas generaciones, es vital para garantizar el futuro, y es ahí donde es pertinente la conmemoración del centenario de la muerte de Joselito, que quizá pueda servir para recordar que la innovación, en muchas ocasiones es, sencillamente, profundizar en los modos clásicos, de donde se desprenden las características de sinceridad artística, asunción del riesgo y respeto al público.

“Los de José y Juan” con esta edición de los capítulos del ¡¡¡ KI KI RI KI !!! que Don Pío, dedicó al joven Gallito, como JOSELITO MARAVILLA, nos unimos a la conmemoración del Centenario Gallito, que hemos promovido junto a numerosos aficionados de diferentes países taurinos.


CRÉDITOS


Prólogo por Andrés Amorós, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, doctor en Filología Románica y catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid.  Ha publicado obras relevantes sobre la tauromaquia y actualmente ejerce la crítica taurina en el diario ABC de Madrid. Entre sus galardones destacan el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de la Crítica Literaria, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española y el Premio José María de Cossío.

Edición a cargo de Pedro Chicharro Muelas. Es el socio más antiguo de la Peña «Los de José y Juan», de la que ha sido Vicepresidente y Secretario. Editor de la mayoría de los libros editados por la Peña en los últimos veinte años y abonado en la Plaza de Toros de Las Ventas desde 1.968.

Ilustración y diseño de portada de José Antonio Bollaín. Socio de la peña de “Los de José y Juan” desde hace más de 25 años, habiendo desempeñado el cargo de secretario de la misma. Abogado de profesión, compagina su afición a los toros con su afición por la pintura, y colabora regularmente con artículos, dibujos e ilustraciones para varias publicaciones taurinas y de investigación histórica, sobre todo de la zona de la sierra de Madrid (“La Comarca”, “Tierra de Toros”, “El Pico de San Pedro”,…) habiendo hecho también ilustraciones para libros publicados con esta temática (“Los Toros de la Tierra”, “La Edad de Oro de Colmenar Viejo”; “El Real de Manzanares”,..).

¿Qué es torear? Yo no lo sé.

Sánchez Mejías llorando la muerte de Joselito.

Un día como hoy, el 16 de mayo de 1920, murió José Gómez Ortega (Joselito) en la plaza de toros de Talavera de la Reina. La muerte de Joselito fue un hecho fatal, un accidente irreparable e inevitable. A él -se ha dicho mil veces-, que no le afligió ningún toro, le mató uno, como correspondía a su gran capacidad torera. José no tuvo ni muchas ni muy graves cogidas. De éstas sólo cuatro que en ningún instante llegaron a inquietar a los doctores. La última, repito, fue fatal. Su destino estaba en Talavera y allí tenía que cumplirse ineluctablemente. Porque José no tenía que lidiar esa corrida. La empresa talaverana tenía ya pensado el cartel para aquel día con el Gallo, Larita y Sánchez Mejias.

Hoy, esta Peña Taurina de Los de José y Juan quiere rendir un tributo a su muerte recordando este famoso y emotivo texto de Gregorio Corrochano.

Cogida y muerte de Joselito. 

¿Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo le mató un toro.

16 de mayo. Feria en Talavera. Toros.

Mes de mayo. Mal mes para los toreros. Mucha primavera en el campo. Mucha sangre brava en los toros.

Las hojas del calendario de mayo, al caer, se hicieron fecha en lápida de mármol.

Esta del 16 va con el grupo castizo de Benlliure, y con el paseíllo triste y enlutado de los toreros, que salen con la montera en la mano, como si le brindaran la corrida.

Una plaza de toros como hay muchas. La plaza apoyada en una ermita de la Virgen del Prado, como si fuera una monumental capilla, donde rezan los toreros. Desde el tendido se ve la torre de la ermita, como desde la Maestranza se ve la Giralda. Los árboles de una alameda se asoman al ruedo, y ofrecen localidad incómoda pero gratuita, a unos muchachos. Tampoco es cómodo y menos gratuito el asiento de las plazas. El torero que pisó primero este ruedo fue Fernando el Gallo con Antonio Arana Jarana. Inauguró la plaza donde había de torear su hijo por última vez.

Las seis de la tarde. En el ruedo hay un toro que se llama Bailaor. Es hijo de Canastillo, del conde de Santa Coloma, y de la vaca Bailaora, del Duque de Veragua. Es negro, bajo de agujas, bien criado, bien puesto en cornicorto, con la cabeza rizada como si tuviera piel de karakul, muy en el tipo de Santa Coloma. Así era también el toro Bravío. Se oye el toque de un cambio de suerte. Van a Banderillear.

Joselito se acerca a la barrera a coger los trastos de matar.

– El toro ha perdido la vista en los caballos – me dijo Joselito.

– El toro me parece burriciego – le contesto yo.

Cada uno razona su punto de vista. Antes de ponernos de acuerdo, corta el diálogo un clarín. El clarín anuncia que ha llegado la hora de la muerte. Esto es tan frecuente, se oye tantas tardes, que a nadie inquieta, ni a las mujeres que llevan flores para el torero, con una inconsciente anticipación.

Aquel 16 de mayo de 1920.

Sale Joselito armado de estoque y muleta. Va a matar al toro. Nadie sospecha; ni él. Joselito, con la idea fija, seguro de su experiencia, de que el toro ha perdido la vista en los caballos, le acerca la muleta a los ojos, para que la vea. El toro no la ve, y derrota en corto por instinto. Se separa el torero para irle por otro terreno. Cuando al separarse Joselito, entra en la distancia a la que el toro ve, se le arranca. José le espera tranquilo, y trata de desviarle con la muleta, como hizo tantas veces con exactitud. Pero el toro al llegar a la muleta la pierde, no la ve, no la sigue, y remata a ciegas en el bulto. Levanta al torero prendido por un muslo, cae sobre la cabeza del toro, y en el aire, le da con el otro pitón la cornada que le mata. Todo a ciegas. El toro le hiere sin verle, porque ha perdido la vista en los caballos, como creía él, o porque era burriciego de los que no ven de cerca, como creía yo. No nos pusimos de acuerdo, y me quedó la duda. Ya era igual. A Joselito le había matado el toro.

En la enfermería de la plaza, le rodea su cuadrilla llena de espanto, y Sánchez Mejías que había alternado con él. Dicen palabras incoherentes mezcladas con sollozos. Lloran por él y por ellos. Si a Joselito, el maestro, le ha matado un toro, a ellos ¿qué va a sucederles? Cada uno vive por un quite que le hizo José. Ahora, sin él, ¿cómo iban a torear?

Ignacio, que nunca pudo sospechar que tendría que matar al toro que mató a Joselito.

Camero, su gran picador de los toros difíciles, de los que triunfaron, mil veces más difíciles y peligrosos que Bailaor.

Blanquet, a quien mandaba con la mirada, o llamándole con la mano cuando no podía distraer la vista del toro.

Enrique el Almendro, decía con su andaluz mordiente: ¡Te fiste! ¡Te fiste! y repetía Parrita: ¡Se fue! ¡Se fue!

Lo veían y no lo podían creer. Ellos, que cuando esperaban intranquilos en el patio de caballos, antes de la corrida, al ver llegar a Joselito decían: Ya está ahí José. Y esto les volvía la tranquilidad. Como si no supieran que vendría puntualmente, como si temieran que no llegara a tiempo y tuvieran que torear sin él: Ya está ahí José. Y se liaban los capotes al cuerpo. Ahora sí estaban sin él. Tendrían que torear sin él. Porque ya no llegaría al patio de caballos. Qué tragedia la de estos hombres, sin el hombre; la de esta cuadrilla, sin el maestro. Todos tenían pena y terror. No era el miedo a la muerte, a la que vieron cerca muchas veces. Era que daba miedo ver a Joselito matado por un toro.

A media noche empezó a llegar gente de Madrid. Unos eran periodistas y fotógrafos. Otros no tenían nada que hacer allí. Nadie sabe quiénes son. Se acercaban silenciosos, y decían mirándose, sin atreverse a alzar la voz: ¡Es verdad! ¡Es verdad! y salían.

La enfermería tenía una ventana con reja. Entró la luz cárdena, de esa hora indecisa, hecha de noche y día, del amanecer. Joselito no la vio. La cuadrilla, despeinada por las manos crispadas, las coletas deshechas, lacias, caídas, los ojos «emparpitaos» como en la saeta de Manuel Torres, el rostro dolorido y amarillento como los cirios de la capilla ardiente; parecía que aquellos hombres se habían muerto durante la noche.

En un corral cercano a la ventana de la enfermería había un toro, el sobrero de la corrida. El toro mugía, como si ventease a los toreros. Por la ventana entraban los mugidos del toro, y se rompió el silencio del dolor y de la muerte ¡Todavía el toro!

Aquellos hombres – Ignacio, Camero, Blanquet, El Almendro – oían al toro, sentían al toro y miraban sin pestañear a José.

Llegó el día.

– Vámonos a Sevilla – Dijo Ignacio levantándose.

Se levantaron todos. Cogieron a Joselito. Le sacaron en hombres de la plaza. En hombros había salido muchas veces. Pero ahora le sacaban sin ruido, sin risas, sin palmas, silenciosamente. Y abrazados a él, se lo llevaron a Sevilla.

¿Qué es torear?

Joselito en la capilla ardiente.