PASEO VIRTUAL GALLISTA POR MADRID

En la conmemoración del Centenario de la muerte de Joselito, que se ha quedado en virtual, nuestro socio Juan Salazar ha realizado, entre los distintos paseos gallistas previstos por Madrid y Sevilla, un recorrido por diferentes lugares unidos a la presencia de Joselito en Madrid.

Como buen paseo virtual se ha grabado y publicado en youtube para el Aula de Tauromaquia del CEU.

 

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

Joselito sigue vivo

Artículo publicado en «La Tercera» de ABC, el 16 de mayo de 2020, día en que se conmemora el centenario de la muerte de Joselito en Talavera de la Reina, por el profesor Andrés Amorós, socio de «Los de José y Juan».

Hace exactamente cien años, el 16 de mayo de 1920, murió Joselito El Gallo. Tenía veinticinco años. Su muerte marcó el final de la Edad de Oro de la Tauromaquia. ABC dió la mejor información de la tragedia porque su ilustre crítico, Gregorio Corrochano, fue el único que presenció la corrida.

En muchas tertulias, acabamos hablando todos de José y Juan, aunque ninguno los hayamos visto torear. No es tan raro. Una persona culta sabe cuál es el sentido de la filosofía de Platón y de Aristóteles aunque no se haya ido de copas con ellos.

Representan dos polos opuestos y complementarios: el predominio (no la exclusividad) de la técnica frente a la estética; la cabeza o el corazón; lo apolíneo o lo dionisíaco… Históricamente, el final de la lidia clásica y el comienzo del toreo moderno. Con el tiempo –como dijo Dámaso Alonso de Don Quijote y Sancho-, Joselito se «belmontiza» y Belmonte se «joselitiza»: asimilaron, los dos, muchas cosas de su rival. ¿A dónde hubiera llegado José, si no lo mata un toro? Nunca lo sabremos…

«Juan Belmonte era un personaje genial, hubiera destacado en cualquier terreno. Joselito, en cambio, no era nada más que torero»

Fueron seguidores de Joselito los grandes profesionales que yo he leído (Ignacio Sánchez Mejías, Gregorio Corrochano, Camará) o conocido: Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Alfredo Corrochano, los Dominguín, los Vázquez, los Lozano… Se apasionaron por Belmonte los grandes escritores y artistas, a partir de Valle-Inclán y Pérez de Ayala.

Otro dato objetivo los diferencia: Juan Belmonte era un personaje genial, hubiera destacado en cualquier terreno, tenía múltiples inquietudes: soñaba con explorar África; se apasionaba por las novelas francesas… Joselito, en cambio, no era nada más que torero; no podemos imaginarlo dedicado a ninguna otra cosa.

Me contaba Marcial Lalanda que, en agosto, si le quedaba una fecha libre –por ejemplo, viajando de Almería a Bilbao-, Joselito pedía que le encerrasen un toro: no podía estar ni un día sin torear. Escribe Corrochano: «Cuando no torea, piensa y habla de toros. No sabe hablar de otra cosa ni ser otra cosa».

Eso determina el tipo de libro que se escribe sobre cada uno. Sobre Belmonte, una biografía novelada, la que redacta, casi al dictado, el gran periodista –no taurino- Chaves Nogales: «Juan Belmonte, matador de toros». Sobre Joselito, uno de los tratados de técnica taurina más completos, el de Gregorio Corrochano: «¿Qué es torear? Introducción a la Tauromaquia de Joselito». Para introducirse en la Fiesta, el libro de Chaves Nogales es apasionante. Para profundizar en su conocimiento, el de Corrochano es esencial. Lógicamente, una biografía es más atractiva, para el gran público, que un tratado técnico. (Por eso dice Antonio Burgos que Juan le ganó la batalla a José… en Alianza Editorial).

Cumbre de la lidia clásica

Los dos rivales eran también grandes amigos. Una vez, Joselito le dijo a Belmonte: «Tú puedes torear un toro mejor que yo, pero yo soy mejor torero que tú». Estaba definiendo sus Tauromaquias: él era un torero más completo, quería dominar todos los toros y todas las suertes. Ésa es la cumbre de la lidia clásica, según Corrochano: «Torear es mandar en el toro». Es la línea que siguen, hasta hoy mismo, todos los diestros poderosos, dominadores.

Había nacido Gallito –así le llamaban, al comienzo- en una ilustre dinastía de toreros, los Gallos: era hijo de Fernando y hermano menor del genial Rafael. En 1899, Victoriano de la Feria fue a hacerle una entrevista a Rafael, a la casa familiar de Gelves, y se sorprendió al ver a un niño «que cuenta cuatro años de edad, ejecutando, con una destreza impropia, varias suertes del toreo».

Una vez, Joselito le dijo a Belmonte: «Tú puedes torear un toro mejor que yo, pero yo soy mejor torero que tú»

Eduardo Miura le contó a Corrochano cómo se reveló Joselito, en un tentadero de su casa, al torear con la izquierda una becerra difícil, que había derribado a su hermano Rafael, ya matador de toros:

«José, riéndose, le hizo el quite. ‘¿Por qué habías visto que no se podía torear con la mano derecha?, le preguntaron. ‘Pues porque, desde que salió, hizo cosas de estar toreada. No pueden haberla toreado más que en el herradero y, como los muchachos que torean, al herrar las becerritas, torean con la derecha, comprendí que, al achuchar por el lado izquierdo, por el derecho no se podía ni tocar. Y ya lo han visto ustedes’. Entonces se cayó en la cuenta de que, efectivamente, la habían toreado los muchachos del herradero».

Tenía entonces Joselito trece años. Uno más tenía Mozart cuando escuchó, en la Capilla Sixtina, el «Miserere» de Allegri, una obra que estaba prohibido copiar, y, después de haberla oído sólo una vez, la transcribió entera, de memoria. No siempre degeneran los genios precoces…

Innumerables anécdotas

Esa capacidad para ver al toro la mantuvo José toda su vida y le permitió dominar a las reses más difíciles. Son innumerables las anécdotas que lo prueban. Toreaba un Miura que parecía imposible y un espectador le gritó que, con ése, no iba a poder. Contestó: «A ver si se deja picar». Cuando lo picaron, añadió: «Ya puedo con él. Al quinto pase, le cojo el pitón». Y así lo hizo. Por eso decían que le había parido una vaca; que un toro no le podía coger, si no le tiraba un cuerno…

En siete años de alternativa, toreó veintidós corridas como único espada (en casi todas, además, estoqueó el sobrero). A lo largo de toda su carrera, mató más de mil quinientos toros; sólo en Madrid, ochenta y una corridas…

Tenía el orgullo profesional que todo gran torero necesita.

Toreaba seis toros en Valencia y un espectador le gritó: «Eso, con Miuras». Contestó: «Al año próximo». Y así exigió que se anunciara. Cuando le hablaban de que, en Madrid, despuntaba un joven, pedía: «¡Que me lo pongan!» Así acabó con más de uno.

Además de torear, se preocupaba por todos los aspectos de la Fiesta: inspiró las Plazas Monumentales -la de Sevilla, la de Madrid- para que las entradas no fueran demasiado caras y no se perdiera la raíz popular. Vio claro que el toro debía evolucionar, para permitir un toreo más perfecto.

«Bach es la música; Cervantes, la novela; Shakespeare; el teatro; Joselito, el toreo»

Todo esto son, como pedía Stendhal, «detalles exactos», indiscutibles. Añado mi opinión personal. Hay artistas que se identifican tanto con su arte que acaban encarnándolo (y así lo reconocen los profesionales): Bach es la música; Cervantes, la novela; Shakespeare; el teatro; Joselito, el toreo.

Acercó la lidia a una ciencia exacta… hasta donde eso es posible. Lo reconoció Corrochano, consternado: «¿Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo lo mató un toro».

Cuando murió, sentenció El Guerra: «Se acabaron los toros». Se equivocaba: mueren los artistas pero el arte nunca se acaba. Lo decía Valle-Inclán: «Sirve para pasar el invierno: es la eterna primavera».

Acertó Ignacio Sánchez Mejías, que lo adoraba: «El torero no tiene más peligro que dejar de existir. Su muerte no está en la Plaza, sino en la casa. Joselito está vivo, más vivo que nunca».

Totalmente vivo sigue su legado, cien años después.

Andrés Amorós, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, es doctor en Filología Románica y catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid.  Ha publicado obras relevantes sobre la tauromaquia y actualmente ejerce la crítica taurina en el diario ABC de Madrid. Entre sus galardones destacan el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de la Crítica Literaria, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española y el Premio José María de Cossío.

EL HERMANO POCO AFORTUNADO

Monumento a Joselito en Gelves

Artículo escrito por Juan Salazar.

Al llegar a Gelves, en el centro de la población nos encontramos con un conjunto escultórico notable, obra de Collaut Valera, en el que contemplamos a un Joselito altivo y victorioso delante de un toro que cae herido de muerte.

Tomamos el camino de ascenso, hacia la Iglesia de Santa María de Gracia, que se encuentra en la parte más alta del pueblo. Según parece su construcción fue posible gracias al aporte de 2.000 ducados que el primer Conde de Gelves, don Jorge Alberto de Portugal, destinó en 1539, siguiendo indicaciones de su esposa. Fue el año en que nuestra querida emperatriz, Isabel de Portugal, fallecía, sumiendo al rey-emperador Carlos en una profunda melancolía.

Con posterioridad, la iglesia ha sufrido diversas restauraciones que no le restan encanto a esta joya de estilo barroco con planta de cruz latina.

De todas formas, con todos los respetos hacia el templo y las obras de arte que en él se custodian, no es el retablo, ni las esculturas de San Joaquín y Santa Ana, ni los frescos, ni los lienzos lo que llamó nuestra atención, no. Al fondo, en la capilla bautismal se ubica la pila en la que el presbítero Manuel de la Paz Daza, el 15 de mayo de 1895 cristianó el que, con el tiempo, sería el más grande de los toreros: José Gómez Ortega, “Joselito” o “Gallito”.

  • “Yo, con esta agua te bautizo con el nombre de José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Jesús, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

La pila sigue allí y su simple existencia amerita una visita.

Su nacimiento se había producido  una semana antes, el día 8, en la Huerta del Algarrobo, una casa humilde en la vecina calle de la Fuente, 2, a doscientos metros del citado templo. El inmueble pertenecía, y lo sigue haciendo, al ducado de Alba, de cuyos huertos se encargaba de gestionar don Fernando. En una de sus habitaciones la “señá” Gabriela, había dado a luz al último de sus vástagos, último por orden de venida al mundo, que en lo demás siempre fue el primero.

La imagen que tenemos todos los aficionados en la retina de ese lugar es la escena en la que  podemos ver a Joselito, un niño de dos años que apenas había aprendido a andar, perfilándose ante un joven de aproximadamente 12 años que simula la acometida de una res. Un señor adulto lo observa, y, sin ninguna duda, da sus consejos tanto al torero como a “la res”, que según dicen eso de hacer de toro es casi más complicado que hacerlo de torero.

“A ver como te perfilas niño, la mano que mata es la izquierda, que debe ir muy bajita, el estoque a la altura del pecho…. Y tú Fernando, ya sabes…”

La fotografía nos describe con exactitud lo que debía ser un día normal en la Huerta del Algarrobo.

Iglesia de Santa María de Gracia

Por lo que se puede intuir, la placa se tomaría hacia 1897; al padre, Fernando El Gallo, que tendría entonces 49 años, le quedaban apenas unos meses de vida. ¿Dónde estaría Rafael, el tercer hermano? Posiblemente andaría por la placita, como recogen las imágenes que Don Pío incluyó en su libro “El Torero Artista”, de 1911.

Por esas fechas el patriarca le comentó a su mujer, refiriéndose a Rafael:

“Gabriela, ya me muero tranquilo porque te dejo un torero que mientras pueda tener un capote de seda en la mano no os faltará que comer”.

De esta fotografía quien más curiosidad me ha generado ha sido el joven que hace las labores de burel. Fernando vino a ser el hermano desfavorecido de la casa. De José y de Rafael se sabe prácticamente todo y se han escrito numerosas páginas recordando lo que aportaron a la Fiesta. De Fernando, no, del segundo hermano se conoce muy poco. A diferencia de su padre y hermanos, no es recordado por su maestría con los capotes, muletas, garapullos y estoques. Ya desde los inicios se intuía que su trayectoria no sería exitosa.

Hacia 1898 mató su primer becerro, con catorce años, en Camas, y por esa época se enfrentó a una becerrada en la plaza de Madrid, coso que nunca pisaría como matador. Toreó varias novilladas, alternando esta labor con la de banderillero en la cuadrilla de su hermano Rafael.

El gran cronista, Manuel Serrano García-Vao , que firmaba como “Dulzuras” por sus anteriores tareas de confitero, calificado de “bondadoso y virtuoso”, y que adquirió popularidad por sus escritos en diferentes periódicos y revistas como “El Toreo Cómico”, “El Enano” y “ABC”, en el anuario 1904, en el apartado “novilleros”, describió la actuación de “Gallito Chico” de la siguiente forma:

“Gallito Chico posee en alto grado la prudencia de familia, que tan mal está en la gente joven. Torea muy bien y mata muy mal. Ha toreado algunas novilladas con mediano éxito y si no hace más que lo que en el año éste ha hecho, no pasará su nombre a la historia entre los buenos”.

Detalle de la pila bautismal

Malos augurios para Fernando, Gallito Chico en las crónicas.

En el anuario del año siguiente, en el que más novilladas toreó, sin llegar a la veintena, se incluía el comentario:

“Lo mismo que su hermano: muy buen torero, muy elegante figura con capote y muleta; pero completamente nulo a la hora de entrar a matar. Por lo visto no hay madera de matadores en la familia Gómez, y este Fernando, como su hermano Rafael, no ganará para el alcanfor que necesitarán sus vestidos, que tendrán que apolillarse porque no se lucirán en los redondeles”.

“No se quejará de las empresas, pues excepto en Madrid, no ha habido Plaza de alguna importancia que no le haya dado ocasiones para que muestre sus hechuras y arrestos. Si no ha de hacer más que lo hecho en las 12 a 16 corridas toreadas, más le valdría ser buen peón de una cuadrilla, porque al paso que lleva la familia van a tirar por el suelo un apodo que recogieron de un sitio muy alto”.

“¡Ojalá y todavía sacudan la pereza y sean los Gallos lo que fué su padre hace veinticinco años!”.

Y por si fuera poco, en el anuario de 1906 las cosas quedaban claras:

“Mientras no deseche del todo esa prudencia que tan en aumento ha ido al ser transmitida de sus ascendientes, no hará sino ensuciar el buen nombre que en el toreo ha tenido la familia”.

“Para ser matador hay que matar, y en caso contrario no pensar en estoque y muleta sino para reverenciarlos como recuerdos sagrados de papá. Nada adelanta con ser buen torero si luego con el pincho se convierte en martirizador de toros. Muchos buenos banderilleros hay por esas cuadrillas que se han convencido de que no les llama Dios por otro camino, y a pesar de ello son mucho mejores toreros que otros de los que se hacen millonarios como espadas”.

“Fernandito Gómez torea muy bien, pero es un matador menos que mediano”.

En el invierno de 1908 Fernando acompañó a su hermano Rafael a la campaña mejicana, tomando la alternativa el 14 de febrero de 1909 de manos de este, actuando Gaona como  testigo. Nunca llegaría a confirmarla en España.

Desde 1911 actuó como banderillero, en los primeros años, en la cuadrilla de Rafael, y con posterioridad, también en la de José.

Las enfermedades, su prematura obesidad y su falta de decisión y voluntad impidieron una carrera taurina en el escalafón de los matadores.

Fernando «El Gallo» con sus hijos Fernando y José en la placita de la Huerta del Algarrobo

La tarde de Talavera, tuvo el triste honor de acompañar al “rey de los toreros”. Una de las últimas frases que pronunció José fue la dirigida a su hermano Fernando cuando, delante de Bailaor, le dijo:

“Fernando tápate que el toro está peligroso…”

En 1921 Fernando llegó a actuar en la cuadrilla de su hermano Rafael pero el 23 de noviembre de ese año, en Sevilla, falleció a consecuencia de un síncope que sufrió mientras tomaba un café. Las reseñas en la prensa fueron casi inexistentes por esta triste pérdida.

No obstante, fue un perfecto conocedor del torero, las reses y las suertes. Se le describe como el gran teórico de esta familia y así lo recordaba su sobrino Rafael Ortega, hijo de Enrique Ortega El Cuco y Gabriela, la hermana de José, en su delicioso libro “Mi paso por el toreo”:

Joselito le escuchaba siempre y era del único que admitía consejo o una opinión. Había veces que cuando se acababa la corrida entraba Fernando en la habitación de su hermano y le decía:

– Oye José, hoy te has equivocado.

Y Joselito discutía:

– No, no, ¿por qué?

Fernando se explicaba y le daba razones que él creía convenientes, y José, muy callado, le escuchaba atento. Cuando salía Fernando de la habitación se quedaba Gallito mirando a mi padre (se refiere a Enrique Ortega “El Cuco”) y le decía:

– Este es el mejor aficionado de la historia del toreo. Tenía razón, yo me había equivocado.

Además, según parece, muchas de las suertes “inventadas” por Rafael fueron creación de Fernando.

Por otro lado, Fernando tiene el honor de haber pasado a la historia por el pasodoble que le compuso el maestro Santiago Lope en 1905. Como es de todos conocido, el pasodoble “Gallito”, joya musical que se interpreta en numerosas plazas, no fue compuesto para su padre ni ninguno de sus dos hermanos, sino concebido para él.

Su gestación tuvo lugar en 1905 en Valencia; con idea de animar a la concurrencia para la Corrida de la Asociación de la Prensa, se solicitó a Santiago Lope Gonzalo que compusiera cuatro pasodobles en honor de cada uno de los novilleros que actuarían. Aceptó el maestro el encargo y así Fernando Gómez Gallito Chico, Agustín Dauder Borrás, Miguel Pérez Gómez Vito y Ángel González Mazón Angelillo, tuvieron su pasodoble interpretados en ese festejo del 29 de junio con un lleno en los tendidos. Tanto éxito alcanzaron ese día que unas jornadas después fueron repetidos en un concierto que a tal efecto se celebró en La Glorieta de la ciudad.

Santiago Lope Gonzalo era entonces Director de la recién creada Banda Municipal de Valencia, y muy querido por el pueblo valenciano, a pesar de haber nacido lejos, en Ezcaray (La Rioja), 33 años antes del estreno de sus cuatro famosas piezas. Poco tiempo pudo disfrutar el maestro de la popularidad de estas obras ya que un año después fallecería de una dolencia estomacal en Burjassot, lugar al que había acudido para curarse de unos problemas estomacales.

Sus piezas tuvieron gran éxito, y se siguen escuchando en la actualidad en numerosas plazas, si bien no fue especialmente dichoso a la hora de proporcionar suerte a los destinatarios, ya que ninguno alcanzó éxito en los ruedos.

Siguiendo al citado “Dulzuras”, en el año siguiente al del estreno de los pasodobles, en su anuario, comentaba lo siguiente sobre Dauder:

“No sé qué les pasa a los toreros valencianos que casi todos quedan reducidos a no salir de su país, aunque tengan condiciones para ser más aplaudidos que otros que corren en triunfo todas las Plazas de España. Sabe Agustín Dauder torear y es muy valiente matando; pero no sé si será por su carácter o serán otras las causas que determinan el que no salga de la Plaza valenciana, y si de allí sale algo es tan poco que no llega a noticias de nadie.

No llegó nunca a tomar la alternativa. Tampoco resultó mejor parado Angelillo en los comentarios:

“Poco menos que si se lo hubiera tragado la tierra. Apenas si en 1906 se ha hablado una palabra del torero aquel que el año anterior vino precedido de una fama casi ridícula, pues entre otras cosas se afirmaba que para cada vestido de luces que se hacía tenía que hacerse cuatro chalecos, porque se los destrozaba con los pitones al pasar de muleta. Este muchacho, que es buen banderillero, quizás por su afán de hacerse espada haya perdido una carrera que pudo ser lucida. Si persiste en ser matador tiene que hacer mucho mas, pues de lo contrario muy pronto caerá para que su nombre quede completamente ignorado”.

Angelillo logró sus mayores éxitos con los rehiletes, figurando en alguna cuadrilla de reputados diestros como Bienvenida.

Sobre Vito, las cosas que decía Dulzuras no fueron más lisonjeras:

“Todo el que llora es porque tiene vergüenza, y Manuel Pérez, Vito, cuando tuvo el fracaso en Madrid al principio de temporada, no se atrevió a que le vieran por las calles y se pasó encerrado en la fonda, llorando todo el tiempo que le dejaban libre las horas que dedicaba a torear. Con esa condición y un poco de voluntad puede llegar a todas partes si en ello tiene empeño. Fui de los que le aconsejaron que volviera a las banderillas, porque para lucirse en ellas tiene condiciones sobradas; pero toda vez que se empeña en ser matador no tiene que hacer otra cosa sino poner toda su fuerza al servicio del logro de su deseo”.

Vito, lo mismo que Fernando, llegó a tomar la alternativa en Méjico, en 1904, pero renunció a ella al volver a España. Tras un intento como novillero, decidió abandonar el estoque y hacerse banderillero.

Por cierto, de este compositor y director musical se cuenta una leyenda que no me resisto a narrar por lo romántica de la misma; parece que durante años, mientras se celebraban festejos en el coso valenciano, si uno se acercaba al nicho donde se encontraban sus restos y retiraba el cristal que protegía la sepultura, y tenía el dudoso gusto de pegar la oreja al mármol, se podrían escuchar débilmente los sones del famoso pasodoble “Gallito”.

Vida poco afortunada la de Fernando, por ello prefiero quedarme con la imagen suya en la placita de la Huerta del Algarrobo a punto de hacer sus primeros pinitos como becerrista. 

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

GRAN SUSTO

Artículo escrito por Juan Salazar.

Hasta la tarde de Talavera, se puede afirmar que Joselito no fue muy castigado por los toros.

Además de la cornada que recibió como novillero en Bilbao, a pocas semanas de tomar la alternativa, sólo sufrió dos más de cierta importancia; el 5 de julio de 1914 en la barcelonesa plaza del Sport soportó una cornada de 10cm en el muslo derecho, percance en el que también se fracturó la clavícula; por otro lado, el 1 de mayo de 1919, un toro de Benjumea, en Madrid, le profirió otra de 16cm en el muslo izquierdo.

En ambos casos pasó cuarenta días restableciéndose, sin pisar las plazas.

Además de estas cogidas, José sufrió algún puntazo, herida y fractura menor que en ningún caso le alejaron de los ruedos más de un mes.

Era un torero tan seguro que su madre, la “señá” Gabriela, decía aquello de: “como no le tire un cuerno el toro…”

Su hermano Rafael tampoco resultó muy castigado pero recibió una cornada que a Joselito le impresionó profundamente, en la plaza de toros de “La Perseverancia”, sita en Algeciras, coso inaugurado en 1868, y demolido en 1975, que vino a sustituir a la anteriormente llamada “La Constancia”, que databa de 1850. “La Perseverancia” fue posteriormente sustituida por la actual plaza de “Las Palomas”, inaugurada en 1969.

La tarde a la que nos referimos fue la del 14 de junio de 1914, en la que hicieron el paseíllo Diego Rodas Morenito de Algeciras, Rafael El Gallo y Joselito; los toros llevaban el hierro de Moreno Santamaría.

El percance se produjo durante la lidia de la segunda res, Cumbrero, berrendo en castaño, terciado, gordo, astifino y manso. El tratar de colocarlo en el caballo por cuarta vez, el animal, reparado de la vista, no atendió a los engaños y atropelló a Rafael prendiéndolo por el pecho. El torero consiguió ponerse de pie pero inmediatamente se desplomó delante de chiqueros, con la pechera ensangrentada, ante el horror de los espectadores y de su hermano José que le había levantado y abierto la camisa.

El médico que estaba en la plaza, el doctor Ventura Morón González, comprobó en la enfermería que el pitón había roto el esternón en su parte superior. Así rezaba el parte médico:

Ha ingresado en esta enfermería, durante la lidia del segundo toro, el espada Rafael Gómez “Gallo”, con una herida penetrante de pecho y fractura completa del esternón por su parte superior. Pronóstico grave. Los dolores que sufría Rafael eran intensísimos.

Mientras, Joselito, consciente de la tremenda gravedad de la cornada, y temiéndose lo peor, siguió toreando con maestría, cortando una oreja al siguiente astado, pero acercándose a la enfermería cuando las circunstancias se lo permitían.

Sobre la marcha, se decidió el traslado de Rafael al hospedaje en el que se alojaba, el Hotel Reina Cristina, operación que se efectuó a las seis de la tarde. En los jardines y en el propio hall de entrada del lujoso establecimiento se aglomeraban los aficionados tratando de tener noticias.

A pesar de la extrema gravedad, Fernando y José enviaron el acostumbrado telegrama a su madre, solo que en esta ocasión, en lugar del habitual “sin novedad”, remitieron un lacónico “puntazo leve”.

Según las noticias aparecidas en prensa, “la primera impresión del doctor fue pesimista, muy pesimista; dada la fractura del esternón, era muy probable, casi seguro, que el pericardio hubiera sufrido gravemente, y en este caso sería funesto el desenlace. La impresión que la cogida de Rafael ha causado entre sus compañeros ha sido enorme. Casi todos lloran como niños”.

De forma inmediata todo el entorno de “los gallos” se puso en marcha. El apoderado Manuel Pineda y Joaquín Menchero «El Alfombrista», establecieron una conferencia para hablar con el conde Heredia Spínola, gran amigo de la familia, que se había desplazado a ver el festejo a Algeciras.

A las diez de la noche, el doctor Morón le practicó otra cura verificando que afortunadamente las esquirlas desprendidas del esternón no habían perforado la pleura, lo que resultaba un diagnóstico más optimista, que se vio confirmado en revisiones posteriores.

Pastora Imperio, que aunque separada seguía legalmente unida a Rafael, se enteró de la noticia en el tren que la llevaba de Castellón a Valencia, cuando en la estación de Sagunto escuchó las voces que daban los vendedores de prensa. Al día siguiente debía actuar en la capital del Turia, pero decidió rescindir el contrato y partir hacia Algeciras.

Tanto la madre como la hermana mayor de “los gallos” sufrieron un síncope tras conocer la noticia, y dirigieron un telegrama a José en el que manifestaban ser conocedoras de la realidad por la multitud de llamadas que estaban recibiendo, a lo que Joselito contestó:

“Por la gloria de papá, que no hay cuidado; tranquilízate”.

Una vez repuestas, se desplazaron a Algeciras junto con las otras hermanas, donde Rafael ya daba muestras de clara mejoría.

Según consta en el artículo de José Antonio Benítez, publicado en la Revista de Estudios Gibraltareños,

“Gabriela Ortega dispuso cuanto había de menester para hacerle «el puchero» a su hijo o asarle unas sardinas en los mismos jardines del hotel”.

Conociendo el carácter de la cabeza de familia, no me extraña nada.

Hoy día resultará curioso esto de trasladar a un enfermo al hotel, pero era lo habitual antaño. En esa época, con motivo de la reciente creación y entrada en funcionamiento del Montepío de Toreros por el que a los heridos se les otorgaba una compensación económica, el doctor Ruiz Albéniz afirmaba:

“Hoy, el torero, al caer herido, sabe que puede ir a su casa a curarse sus lesiones; hoy, no añade al dolor material que le produjo el toro al desgarrar fieramente sus carnes, el moral de verse postrado lejos de los suyos, en la siempre triste sala de un hospital”.

Hogaño en que tan justamente se han agradecido los méritos de los ángeles de las plazas como los doctores Carlos Val-Carreres y Máximo García Padrós, también merece la pena un recuerdo y reconocimiento al doctor Morón, nacido en Algeciras en 1862, que fue médico-director del Hospital Municipal de la Caridad de dicha ciudad desde 1900; parece que además de curar a los enfermos, dejaba descuidadamente algunas monedas en aquellas casas en que escaseaba el dinero para las medicinas. Sus paisanos, agradecidos, le reconocieron en vida con premios, honores y reconocimientos, dedicándole una calle y ubicando un busto suyo en el Parque de María Cristina.

Volviendo a 1914, José, tras el tremendo susto, preocupado y sin descansar, toreó las dos siguientes tardes en la feria algecireña con Juan Belmonte, que se presentaba en esta plaza.

Pero como la vida es así de caprichosa, con alegrías y desgracias, más aún con los toreros, diecinueve días después, José alcanzaría la culmen del toreo en Madrid en la famosa tarde de los siete toros de Martínez.

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

«A mí no me engañan»: conmemoramos a Gallito sin negar a Belmonte

José y Juan. Foto: archivo histórico fotográfico de «Los de José y Juan»

Andrés de Miguel, presidente de «Los de José y Juan», responde al artículo de Santi Ortiz publicado en El Mundo, bajo el título: «Hablar de Belmonte en el año de Gallito: contra el revisionismo gallista«.

*Artículo publicado en el diario El Mundo.

Existe una especie de cainismo taurino que suele consistir en hacer bandera de la oposición a lo mayoritariamente aceptado. Esta oposición minoritaria, cuando no singular, goza de cierta aceptación, pues la corrida de toros contiene en su desarrollo momentos susceptibles de diversas interpretaciones y habitualmente, la oposición individual goza del prestigio de la autoproclamada sagacidad de aquél que ha sabido ver lo que la masa ha pasado por alto.

Trucos, artimañas y ratimagos supuestos, permanecen ocultos para la mayoría ígnara y son desvelados por estos opositores singulares y su escuálida claque.

Esta actitud tan común en la plaza, tiene traslación también en ambientes menos festivos y más intelectuales, y cuando numerosos aficionados están conmemorando el centenario de la muerte de Joselito en Talavera, haciendo una recensión de sus aportaciones y trascendencia, no podía faltar una nota discordante que afirma que tanta conmemoración empequeñece la figura y la aportación de Juan Belmonte.

Flaco favor haría a la tan maltrecha tauromaquia, conmemorar a Gallito para desmerecer a Belmonte. Parecido disparate a colocar en un pedestal inmarcesible a Belmonte y sus aportaciones al toreo, y arrinconar a Joselito a un rincón polvoriento y olvidado de la historia.

La llamada Edad de Oro del toreo, en feliz expresión de Gregorio Corrochano, que se inicia con la alternativa de Joselito en Sevilla el 28 de septiembre de 1912 y acaba con su muerte en Talavera el 16 de mayo de 1920, fue tal Edad de Oro porque contó con la presencia en los ruedos de dos grandes toreros, Joselito y Belmonte, que aportaron dos conceptos diferentes y fundamentales.

Joselito es el torero que encarna la evolución del toreo, el torero lógico, el que hace faenas a todos los toros y encarna la perfección, la belleza, lo apolíneo. Juan es el torero que sorprende, innovador, el torero mágico, que encarna lo incomprensible, lo inefable, el exceso, lo dionisíaco.

«Mucho es lo que habremos ganado para la ciencia estética cuando hayamos llegado no sólo a la intelección lógica, sino a la seguridad inmediata de la intuición de que el desarrollo del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo y de lo dionisíaco» dejó escrito Niezstche.

La Peña Taurina «Los de José y Juan» que defiende el legado de los dos grandes toreros que forman el tronco del toreo clásico, hemos considerado oportuno dedicar nuestro LXIII Ciclo de conferencias de este año 2020 a conmemorar la figura y el legado de Joselito en el centenario de su muerte en Talavera de la Reina, en lo que hemos coincidido con numerosos aficionados que han colaborado en su difusión y en la realización de otras importantes iniciativas, como la creación de un logo conmemorativo por el artista francés Jerome Pradet, la dedicatoria de la Agenda Taurina 2020 y las actividades realizadas por el Ayuntamiento de Villaseca de la Sagra o las que estaban previstas por la Diputación de Valencia y los Ayuntamientos de Talavera de la Reina y Alcázar de San Juan o las de la Peña Antoñete en Madrid, el Club Cocherito de Bilbao, el Club Taurino de Pamplona, los actos previstos por la Hermandad de la Macarena en Sevilla que culminaran a final de año con la erección, por fin, de una estatua en su Sevilla, y muchas otras que como tantas cosas en nuestro país, se han quedado en el aire por el maldito coronavirus.

No entendemos que eso signifique un desdoro, ni para la figura ni para la aportación relevante y fundamental de Belmonte, que tiene su lugar de honor en la tauromaquia, que «Los de José y Juan» defendemos ardientemente desde nuestra fundación en 1951, a cuya reunión fundacional asistió Juan Belmonte y cuyo acto primero fue la colocación de una placa en recuerdo de Gallito en su casa de la calle Arrieta de Madrid.

Celebremos pues, este año del centenario, la figura de Joselito, que a ningún aficionado debería incomodar. Utilicemos la imagen de Gallito para difundir la tauromaquia en la sociedad. Remarquemos las aportaciones que han dejado su impronta en la corrida de toros y han contribuido a engrandecerla durante más de cien años, que a mi juicio y al de muchos otros, son la labor de un hombre joven, torero de dinastía, que supo mejorar la calidad del espectáculo, amplió la base social de sus asistentes y gestionó los medios de comunicación adecuados para difundirla.

No aprovechemos una tan interesante y digna conmemoración, para aparecer como el solitario espectador del tendido, que mientras todos aplauden, mueve su dedo índice negando a la mayoría, con el rictus de la cara que quiere decir: «A mí no me engañan»

Andrés de Miguel es sociólogo, aparejador y presidente de la peña «Los de José y Juan. Es, a su vez, colaborador en diversos medios taurinos, impulsor de la Tertulia de Jordán y editor del blog de toros ADIÓS MADRID, cuyo nombre viene del libro del mismo título, escrito en colaboración con José Ramón Márquez. Es autor del ensayo «Los aficionados integristas».

UNA TARDE FELIZ DE JOSELITO

Artículo escrito por Juan Salazar.

SAN FERNANDO DE HENARES (MADRID)

Una buena mañana, el periodista José María Carretero “El Caballero Audaz”, acompañado de Ramón Peña, recogían en un Rolls-Royce a Joselito. El destino era el Soto de la Aldovea, lugar próximo a Madrid, ubicado en San Fernando de Henares, a unos 26 kilómetros de la Puerta del Sol.

La Aldovea era una finca propiedad del Duque de Tovar donde se organizaban numerosos saraos sociales, así como festivales taurinos y tentaderos en la placita de toros anexa.

El Caballero Audaz, nacido en Montilla, fue un escritor y gran entrevistador, con una presencia física destacada ya que medía un metro noventa en unos años en los que la altura media era muy inferior. Además de habilidoso espadachín, cualidad ciertamente útil para los duelos que antaño tenían lugar, frecuentó el género de la novela erótica, ámbito en el que alcanzó cierta popularidad.

El otro acompañante, Ramón Peña, fue un renombrado actor cómico, elegante y correcto, que, según afirmaba el propio Carretero, parecía más un sportman que un cómico.

Durante el trayecto El Caballero Audaz aprovechó para realizar una de las mejores entrevistas que se hicieron a Joselito, posiblemente por lo relajado de la situación y por las habilidades del entrevistador.

La conversación aparece en la obra “El libro de los toreros (de Joselito a Manolete)” y abordó cuestiones como sus dotes automovilísticas, amoríos, las cornadas de los toros y de la vida, el amor a su madre, sus públicos favoritos, compañeros preferidos, emolumentos, creencias religiosas…

Entre las afirmaciones de José sobre su vida privada quedó recogido:

Sí señor; tuve novia formal. En cuanto me cogió cariño, siempre estaba dándome la tabarra con que me retirase… Yo la quería mucho; pero …, ¡vamos!, esto del toreo, ¡es muy serio!… Y para no hacerla sufrir, corté con ella.

Aquella fue una de las tardes en las que Joselito tentó en el Soto, como la publicada en el Mundo Gráfico del 21 de julio de 1915, que incluía un reportaje fotográfico de Campúa titulado “Joselito en la encerrona de la Aldovea” y que plasmaba:

Extraordinariamente simpática v divertida fué la fiesta que en el “Soto de Aldovea”, magnífica finca que el duque de Tovar posee en las inmediaciones de San Fernando del Jarama, se celebró el lunes de la pasada semana. Ante una distinguida concurrencia se torearon en la pequeña plaza de dicha posesión varias vacas bravas y se lidió un novillo, que fué matado por Joselito. También el famoso lidiador hizo faenas en las vacas, en las cuales derrochó una vez más su enorme afición y su insuperable arte.

Soto de la Aldovea

El Duque de Tovar fue un hombre “llano, agradable y rumboso” con una amplia cultura, caballero y maestrante de diferentes Ordenes, grande de España, académico, gobernador civil de Madrid, diputado, senador, comisario regio, embajador en la Santa Sede, médico, escultor y ganadero.

El duque adquirió en 1911 la mitad de la ganadería, el hierro y divisa de don Basilio y don Francisco Arribas, que por aquél entonces administraba don Felipe de Pablo Romero, por lo que posiblemente el ganado ya estaba cruzado con el de este ganadero.

El 12 de mayo de 1912 se anunciaron las reses por primera vez en Madrid, volviendo a lidiarse seis toros el 2 de junio y estando prevista una novillada para el 13 de junio. Importantes influencias debía tener el duque para ver sus novillos anunciados esa tarde importante, con lleno hasta la bandera y muchos reventas durmiendo en el calabozo, en la que iban a hacer su presencia en el coso capitalino la cuadrilla de los niños sevillanos, Limeño y Gallito Chico; sin embargo las cosas tomarían diferentes derroteros, como todos sabemos. El caso es que por falta de trapío se consideró inconveniente la lidia de esos animales del duque, instando José a que los sustituyeran por otros de más respeto. Indalecio Mosquera, el empresario, junto con Joselito, se dirigieron a los prados de La Muñoza, lugar muy próximo a La Aldovea, donde pastaban las reses destinadas a Madrid, y allí identificaron cinco de Olea, más propias para la ocasión, remendadas con una de Santa Coloma. ¿Cómo sentaría este baile de corrales al duque?

El palacio del Soto es una maravilla, con una larga historia. Parece que en el siglo XVI ya existía un castillo, probablemente de origen bajo-medieval, perteneciente al arzobispado de Toledo. En el siglo XVII el infante cardenal don Fernando de Austria transformó la fortaleza en palacio.

A mediados del siglo XVIII el infante cardenal Luis de Borbón y Farnesio lo acondicionó como lugar de recreo; la obra es del arquitecto Virgilio Rabaglio, colaborador de Sacchetti en el Palacio Real. Recuerdo de este infante son la corona real y los dos angelotes que sostienen el capelo cardenalicio en el acceso principal.

En 1802 fue adquirido por el todopoderoso Godoy, quien lo vendió en 1804 al rey. Por la desamortización de los bienes de la Corona, en 1869 pasó a ser propiedad de José Francisco de Pedroso, marqués de San Carlos, que lo enajenó en 1902 al primer duque de Tovar, Rodrigo Figueroa y Torres, cuyos herederos son los actuales propietarios.

Durante la batalla del Jarama, en la guerra civil, el edificio se convirtió el cuartel del general Miaja; ¡no tenía mal gusto el militar a la hora de escoger aposento! Lugar de triste recuerdo en esos años en los que las tapias fueron testigos de fusilamientos y otras atrocidades como dejó constancia Felix Schlayer.

Volviendo a temas alegres, un día tuve la oportunidad de visitar esta joya, que en la actualidad es utilizada para celebraciones nupciales.

A la entrada un cantal con la corona ducal anuncia las distinción del paraje. Los muros de ladrillo visto y las cuatro torres en las esquinas, con cubiertas a las cuatro aguas y aleros voladizos le dan un toque imperial.

De la placita de toros no queda rastro, pero pensar que estaba pisando suelo frecuentado por José me estremeció.

Soy de los antiguos que prefiere la máquina fotográfica al móvil y cuando llevo una cámara a este tipo de festejos es para recoger escenas y retratos familiares; ya se sabe: ¡una foto de los novios!, ¡a ver, otra con los padrinos!, ¡la abuela, la abuela que pose también!…

Pero aquel día, no; deseando a los celebrantes muy largo y venturoso matrimonio y una prole de sanos y robustos retoños, ¡faltaría más!, lo que me interesaba era captar imágenes del lugar en el que Joselito pasó tardes felices.

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.