JOSELITO EL GALLO, ORGANIZADOR DEL TOREO DEL SIGLO XX

El Club Taurino de Pamplona, en este San Fermín sin fiestas, no ha faltado a la cita anual de su revista, que este año ha estado dedicada a la conmemoración del centenario de la muerte de Gallito.

Ya dedicó los coloquios de sus jueves taurinos al recuerdo de Joselito, aunque por culpa del maldito coronavirus no se pudieron realizar.

El amplio dossier gallista de la revista está formado por artículos de María Luisa Sala Redín, Domingo Delgado de la Cámara, Koldo Larrea, Rafa, Cecilio Vierge, José Luis Cantos y Andrés de Miguel, además de numerosas fotos recopiladas por Ángel Erro.

Es reconfortante que un Club de la solera del Taurino de Pamplona, mantenga el recuerdo gallista en la conmemoración del centenario de su muerte, a pesar del descalabro que ha supuesto la supresión de los sanfermines y que lo haga con tan interesantes y singulares participaciones en la que se incluye la de la Peña Taurina “Los de José y Juan”.

Esta es la colaboración de Andrés de Miguel.

JOSELITO EL GALLO, ORGANIZADOR DEL TOREO DEL SIGLO XX

El 16 de mayo se cumplieron 100 años de la muerte, en una infausta corrida en Talavera de la Reina, de José Gómez Ortega, “Gallito” en los carteles y Joselito en la sociedad y la prensa de su época, y numerosos aficionados y organizaciones taurinas estábamos realizando actos para recordar la fecha y la importancia en la historia del toreo de Joselito. Actos que como tantas cosas en la sociedad española y mundial, se han visto truncados por el maldito coronavirus.

El recuerdo, no obstante, sigue y en los actos y escritos ya realizados, la figura de Joselito emergía como lo que fue: un gran torero, “El rey de los toreros” tituló Paco Aguado su completa biografía, en estos días reeditada por El Paseo Editorial. Pero además de un gran torero, Joselito fue el impulsor de numerosas iniciativas que han vertebrado el espectáculo de los toros durante el siglo XX, hasta nuestros días en el ya entrado siglo XXI.

Nos podemos remontar a la sociedad de los inicios del siglo XX, una época de importantes cambios sociales, para entender su importancia. El año de la alternativa de Gallito, 1912, es también el año en el que se implanta la primera cadena de montaje de Henry Ford que transformará la producción industrial y posibilitará el consumo de masas. Las “vanguardias” adquieren gran importancia en el arte moderno y es el año en el que Kandinsky pinta la llamada “Primera acuarela abstracta”. Scott y Admunsen alcanzarán el Polo Sur, aunque sólo este último consiguiera regresar, en el último gran hito de la exploración mundial. Años de cambios que verán la Gran Guerra Europea que devendría en 1ª Guerra Mundial y la Revolución rusa, que ha marcado la historia del siglo XX. Son los años de la gran pandemia de la llamada “gripe española”, tan de moda actualmente, que arrasará entre 1918 y 1919, con la vida de 200.000 personas en España (el 1% de la población) y más de 50 millones en todo el mundo. Época de grandes cambios.

Los toros no son ajenos a dichos cambios y la aparición de Joselito como novillero se saluda como la culminación de la perfección en las corridas de toros. Pero la época no es proclive a la estabilidad y frente a la perfección y la belleza aparece la sorpresa, la ruptura, lo inexplicable que personalizará Juan Belmonte. Juntos protagonizarán la llamada “Edad de oro del toreo”, que acabará a la muerte de Gallito.

Más que repetir las fechas de alternativa, confirmación, toros y faenas para la historia, me parece interesante señalar unos referentes biográficos que ayudan a entender el personaje.

Joselito es un torero de dinastía. Su padre Fernando Gómez El Gallo, comenzó de banderillero en la época de Lagartijo y Frascuelo con quienes alternó a gran nivel después de tomar la alternativa. Llevó en su propia cuadrilla a Guerrita, lo que da idea de su importancia. Su hermano Rafael El Gallo, fue el gran torero mágico de la historia, su otro hermano Fernando, también torero, fue un gran Think Tank taurino que inventaba suertes e innovaciones, de quien aprendió mucho Joselito. Sus tres hermanas se casaron con toreros, Martín Vázquez, Sánchez Mejías y El Cuco. Curiosamente las tres tendrán hijos toreros. Está, pues, inmerso en un ambiente puramente taurino. Joselito sólo se dedica al toreo y desde sus inicios es saludado como un grande del toreo, agrada como becerrista, sorprende como novillero y es saludado como gran torero desde su misma alternativa el 28 de septiembre de 1912 y cuya consagración definitiva será el 3 de julio de 1914 en la corrida de los 7 toros de Martínez en Madrid. En Pamplona llegó a torear en 18 tardes, compartiendo cartel con todos los toreros de su época y siendo la base de las temporadas del 17, 18 y 19, en las que toreó las cinco corridas que entonces tenía la feria.

Es importante reseñar que Joselito es muy joven. Toma la alternativa con 17 años y muere con 25. Creo que la temprana edad ayuda a valorar su importancia, pues toma las riendas del mundo de los toros muy joven, con menos de 20 años. La combinación de haber nacido y vivido en un mundo tan marcadamente taurino, con el empuje de la juventud y, por supuesto, la capacidad personal y el interés por mejorar y difundir el mundo de los toros, explican mejor que la usual combinación de fechas y efemérides la biografía de Joselito.

Su importancia no es solo la de ser un gran torero, el torero que llevó a la perfección el toreo clásico y permitió explorar nuevas vías de expresión de suertes y dominios. Su trascendencia viene dada porque sentó las bases de la posterior evolución del toreo que, de alguna manera han sido las que han servido para que las corridas de toros se mantuvieran y desarrollaran durante estos cien años, cuya efemérides conmemoramos. Las voy a resumir en tres puntos principales, a los que se podría añadir algún otro de menor importancia, como la organización de la temporada taurina para lograr una continuidad, el papel del veedor e incluso el cambio en la labor de los apoderados que protagonizarían dos de los toreros a los que dio la alternativa, como fueron Dominguín y Camará.

Una de ellas ha sido la racional selección de los toros. Aunque ya en aquel momento había ganaderos interesados en mejorar el repertorio de la bravura y se habían realizado numerosos cruces, especialmente en las ganaderías cuyo comportamiento de los toros era menos adecuado para la progresiva importancia de la faena de muleta en la lidia, Joselito impulsó una preferencia por la bravura que permitía alargar el espectáculo de la lidia hasta la faena de muleta e impulsó una mayor racionalidad en la selección de los toros y organización de la reproducción para mejorar el espectáculo; el posterior establecimiento de criterios científicos ha sido ya en tiempos muy cercanos. Inevitablemente las ganaderías que no se adecuaron a ese cambio, que se inició a finales del siglo XIX y que no fue promovido pero sí impulsado por Joselito, languidecieron o desaparecieron, como es el caso de las ganaderías de toros de casta navarra, de mayor viveza y menor continuidad en la embestida, que ahora están ensayando un proceso de adecuación.

El impulso dado a la creación de las plazas monumentales significó la apertura a todos los grupos sociales de la popularización de las corridas de toros. Al aumentar el número de asistentes, se podían bajar los precios de las localidades y la gradación de los precios convertía a las plazas monumentales en una reproducción microcósmica de la sociedad, donde tenían cabida desde los que pagaban una cara barrera de sombra, hasta los que asistían desde las últimas filas de sol. La plaza Monumental de Barcelona, ampliada sobre la antigua plaza del Sport en 1916 y la llamada Monumental de Sevilla, inaugurada en 1918, con más de 20.000 localidades en una ciudad que no llegaba a los 200.000 habitantes, tuvieron una gran importancia para conseguir colocar las corridas de toros como un espectáculo de masas. Como curiosidad, la plaza de toros de Pamplona es obra de Francisco Urcola, el mismo arquitecto que diseñó la Monumental sevillana y cuya semejanza es evidente. Las Ventas se inauguró 11 años después de la muerte de Gallito en Talavera, pero no hay duda que él impulsó su concepción y recientemente se han encontrado los primitivos planos, que el arquitecto Espeliú trazó y comentó con Joselito, como queda constancia en una célebre foto.

El cine era todavía incipiente en los años 10 del siglo pasado, pero Joselito supo ver su importancia como medio de difusión social y le dedicó gran atención e interés. Está grabada su alternativa en Sevilla, el viaje en tren ese mismo día desde Madrid, donde estaba prevista la alternativa que atrasada tras una cogida en Bilbao el primer día de septiembre, tuvo que suspenderse por lluvia, la corrida posterior de confirmación en Madrid, cuatro de la corrida de los siete toros de Martínez en Madrid, otros cuatro de una corrida benéfica de Contreras en Valencia y numerosos trozos de faenas en Madrid, Sevilla, Barcelona, Zaragoza, entre otras plazas. La difusión social que el cine empezaba a dar fue aprovechada por Joselito, quien no descuidó a la prensa diaria, ni a la especializada, todas cuyas atenciones parece que sumaban una importante cantidad por temporada. Para lo que nos interesa aquí, quedémonos con la importancia de las nuevas tecnologías, pues vivimos un momento en el que las actuales tienen un gran impacto social.

Estos tres temas: mejorar la calidad del espectáculo, ampliar la base social de sus asistentes y gestionar los medios de comunicación adecuados para difundirla, llevados a cabo por un hombre joven, gran conocedor del mundo del toreo pues era un torero de dinastía, son una gran aportación al mundo del toreo. En definitiva difundió de una manera adecuada a la sociedad de su tiempo un espectáculo abierto a las mayorías sociales.

Este es, sin duda, el motivo por el que debemos conmemorar el centenario de la muerte de José Gómez Ortega “Gallito” en la plaza de Talavera de la Reina, porque fue capaz de elevar el arte de torear a la cumbre del clasicismo, como base para la renovación, consolidación y difusión de las corridas de toros. Todo ello con el completo compromiso personal con su arte, que le condujo, de manera sorprendente para sus seguidores, a su propia muerte en el ruedo.

Madrid, 16 de mayo de 2020

Andrés de Miguel

Presidente de la Peña Taurina “Los de José y Juan”

Joselito en las montañas

Artículo escrito por Juan Salazar.

Casona de Tudanca

Seguir los rastros de Joselito por España, es una tarea apasionante ya que numerosos lugares dejan constancia de su presencia o de su obra.

Uno de estos casos se encuentra en las montañas perdidas de Cantabria.

Tudanca, a 87 kilómetros de Santander, es un enclave incomparable; desde la capital cántabra tardaremos una hora y media en llegar, lo que da idea de lo tortuoso del camino. La carretera serpentea y ofrece unas vistas magníficas de los valles; tras atravesar Puentenansa y conducir entre montañas, nos encontramos, a la izquierda, con la desviación a Tudanca, encajonada en el fondo del valle, a los pies del macizo montañoso de los Picos de Europa, que se yergue infranqueable.

Tudanca es de sobra conocido por ser el lugar en el que se desarrolla la obra de José María de Pereda “Peñas Arriba”, magnífica novela escrita en 1894 por un autor que no tuvo el reconocimiento merecido. Cuando pienso en “Peñas Arriba”, no puedo dejar de recordar el dramático momento que debió vivir José María Pereda al final de la redacción, en su casa de Polanco. El caso es que cuando estaba escribiéndola, escuchó un estruendo en la casa, en el piso superior; su hijo había decidido poner fin a sus días con una pistola. Pereda se sumió en una profunda depresión y dejó la novela inconclusa durante un tiempo, hasta que acopió las necesarias fuerzas para finalizarla. En el manuscrito original, conservado en la propia Casona de Tudanca, hay una cruz roja, cuya explicación se encuentra en la primera edición de la obra:

“Hacia el último tercio del borrador de este libro, hay una cruz y una fecha entre dos palabras de una cuartilla. Para la ordinaria curiosidad de los hombres, no tendrían aquellos rojos signos gran importancia; y, sin embargo, Dios y yo sabemos que en el mezquino espacio que llenan, cabe el abismo que separa mi presente de mi pasado; Dios sabe también a costa de qué esfuerzos de voluntad se salvaron sus orillas para buscar en las serenas y apacibles regiones del arte, un refugio más contra las tempestades del espíritu acongojado; por qué de qué modo se ha terminado este libro que, quizás, no debió de pasar de aquella triste fecha ni de aquella roja cruz”.

La obra habla de “Tablanca”, nombre con el que se refiere a Tudanca y su protagonista es la Casona que allí se ubica. El inmueble ocupa un espacio central en la población. Fue levantada por Pascual Fernández de Linares un perulero, es decir un indiano de aquellos tiempos que, habiendo hecho fortuna en el Perú, decidió volver a la tierra patria en 1750, con el privilegio de hidalguía. Por lo que parece, avisó a sus parientes de su regreso, los cuales, desconociendo los caudales que portaba el indiano, no se tomaron la molestia de acercarse a la costa a recibirle. Solo acudió una sobrina, Rosa García de Miranda. Dos años más tarde, por aquello de hacerse notar, el indiano erigió esta casona. El hombre, que había llegado ya mayor, al fallecer sin descendencia, legó la Casona a su sobrina, aquella que le había ido a recibir. La heredera estaba casada con el mayorazgo de la familia de la Cuesta, de la población cercana de La Lastra, de la cual procedía el propio don Pascual.

A lo largo de estos siglos la familia de La Cuesta ha mantenido la posesión de la Casona, hasta que doña Dolores de la Cuesta, la abuela paterna de José María de Cossío se la legó en su testamento en 1923.

Fachada posterior de la Casona

La Casona es en la actualidad un museo, biblioteca y centro de investigación y se mantiene como “vivienda”, lo que permite recrear la vida en tiempos del indiano perulero y de Cossío. La madera de los suelos, la austeridad de los cuartos y la sensación de estar en un hogar, más que en un museo, resulta muy sorprendente.

El autor de “Los Toros” tuvo una gran amistad con José Gómez Ortega Joselito, como acredita la Virgen dolorosa vestida con un capote de paseo verde, donado por el torero, que se encuentra en la capilla que recibe a los visitantes a la entrada.

En uno de los expositores también está el «kilométrico», es decir, el pasaje de tren que permitía los desplazamientos de José y su cuadrilla; documento de fecha 7 de mayo de 1920, entre sus componentes aparece el mismo Cossío, prueba clara de que acompañaba al de Gelves de forma habitual, en sus viajes. El susodicho billete sólo pudo ser usado por José los días 7 y 16 de mayo.

También en su archivo se custodia la documentación contenida en catorce carpetas que Cossío recibió en 1962 de Lola, hermana de Joselito y viuda de Sánchez Mejías con los programas y recortes de prensa de las actuaciones de Gallito.

Otros cuadros y carteles taurinos adornan los pasillos y estancias.

Cossío pasaba largas temporadas en este lugar, desde principios de mayo hasta finales de octubre, fecha en que regresaba a Madrid. Aquí acogió a Unamuno, Concepción Arenal, Giner de los Ríos, Gerardo Diego, Gregorio Marañón…

En la visita, al pasear por las calles empedradas de Tudanca, comprendí perfectamente lo que Miguel de Unamuno escribió sobre este lugar:

Hay una civilidad, hay una civilización en estos lugares cuya paz empieza a molestar el sordo estrépito del automóvil, que recorre la cinta blanca de la carretera que va ciñendo las faldas de las montañas…Y se ve lo que es esta civilidad cuando se tiene la fortuna, como yo la tuve, de asistir al sorteo de las brañas del prado del Concejo, del prado comunal, solemne acto de comunión civil.

He tratado de localizar la presencia de Joselito en ese lugar, pero no he sido capaz de encontrar rastro que lo verifique. Gallito toreó diecinueve tardes en Santander, todos los años desde 1913 hasta 1919, salvo en 1914 (posiblemente debido a la cornada de la plaza del Sport, que le mantuvo retirado del 5 de julio al 13 de agosto). ¿Se acercaría alguna vez a este lugar? No me extrañaría que Cossío le pudiera convencer para ver su paraíso, pero, por otro lado, en plena temporada taurina Joselito no tenía mucho tiempo para otra actividad distinta de los toros.

No obstante, aunque la visita me resultó fascinante, la sorpresa final no pudo ser mejor; el caso es que a la salida de la casa-museo coincidí con un caballero con el que entablé conversación, resultando ser un descendiente de Cossío, pero no un descendiente cualquiera, sino un hijo de la niña a la que tuvieron que operar de urgencia el 16 de mayo de 1920 y que obligó a un desplazamiento a Cossío hasta Valladolid, motivo por el cual no pudo estar presente la tarde de Talavera.

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es socio de «Los de José y Juan», miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

Tudanca

Querido aficionado

Querido aficionado:

Bienvenido a la web de la Peña Taurina “Los de José y Juan”.

Desde su fundación en el año 1951, Los de José y Juan nos hemos comprometido con la defensa del toreo clásico, que estimamos la garantía de supervivencia de las corridas de toros.

Esta página web es un recipiente de información del recuerdo de las tauromaquias, que no por diferentes son contradictorias, de José Gómez Ortega “Gallito” y Juan Belmonte, los referentes del toreo clásico, de las actividades de la Peña y de sus socios. Junto a ella está el blog donde reflejamos la información de actualidad, protagonizada o impulsada por nuestros socios.

Marcial Lalanda estimaba a la Peña “Los de José y Juan” como “el mayor coso intelectual taurino del mundo” y seguimos trabajando para que esto pudiera ser un timbre de orgullo actualmente, pues la Peña cuenta con sobrados activos de capital humano.

De la lectura de los escritos de Luis Fernández Salcedo, uno de nuestros socios fundadores, aprendí que el buen humor, el amor y la comprensión de las circunstancias de la fiesta, no están reñidas con la intransigencia en la defensa de la integridad de la misma.

Permitidme que os convoque para esa defensa, disfrute y recuerdo de la tauromaquia desde la modestia de nuestras posibilidades, con el convencimiento de que la mezcla de fiesta, rito y espectáculo que son las corridas de toros, representan unos valores de defensa de la cultura y la naturaleza, que permiten enraizar mejor al hombre en la sociedad.

Andrés de Miguel

Presidente

PASEO VIRTUAL GALLISTA POR MADRID

En la conmemoración del Centenario de la muerte de Joselito, que se ha quedado en virtual, nuestro socio Juan Salazar ha realizado, entre los distintos paseos gallistas previstos por Madrid y Sevilla, un recorrido por diferentes lugares unidos a la presencia de Joselito en Madrid.

Como buen paseo virtual se ha grabado y publicado en youtube para el Aula de Tauromaquia del CEU.

 

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

Joselito sigue vivo

Artículo publicado en «La Tercera» de ABC, el 16 de mayo de 2020, día en que se conmemora el centenario de la muerte de Joselito en Talavera de la Reina, por el profesor Andrés Amorós, socio de «Los de José y Juan».

Hace exactamente cien años, el 16 de mayo de 1920, murió Joselito El Gallo. Tenía veinticinco años. Su muerte marcó el final de la Edad de Oro de la Tauromaquia. ABC dió la mejor información de la tragedia porque su ilustre crítico, Gregorio Corrochano, fue el único que presenció la corrida.

En muchas tertulias, acabamos hablando todos de José y Juan, aunque ninguno los hayamos visto torear. No es tan raro. Una persona culta sabe cuál es el sentido de la filosofía de Platón y de Aristóteles aunque no se haya ido de copas con ellos.

Representan dos polos opuestos y complementarios: el predominio (no la exclusividad) de la técnica frente a la estética; la cabeza o el corazón; lo apolíneo o lo dionisíaco… Históricamente, el final de la lidia clásica y el comienzo del toreo moderno. Con el tiempo –como dijo Dámaso Alonso de Don Quijote y Sancho-, Joselito se «belmontiza» y Belmonte se «joselitiza»: asimilaron, los dos, muchas cosas de su rival. ¿A dónde hubiera llegado José, si no lo mata un toro? Nunca lo sabremos…

«Juan Belmonte era un personaje genial, hubiera destacado en cualquier terreno. Joselito, en cambio, no era nada más que torero»

Fueron seguidores de Joselito los grandes profesionales que yo he leído (Ignacio Sánchez Mejías, Gregorio Corrochano, Camará) o conocido: Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Alfredo Corrochano, los Dominguín, los Vázquez, los Lozano… Se apasionaron por Belmonte los grandes escritores y artistas, a partir de Valle-Inclán y Pérez de Ayala.

Otro dato objetivo los diferencia: Juan Belmonte era un personaje genial, hubiera destacado en cualquier terreno, tenía múltiples inquietudes: soñaba con explorar África; se apasionaba por las novelas francesas… Joselito, en cambio, no era nada más que torero; no podemos imaginarlo dedicado a ninguna otra cosa.

Me contaba Marcial Lalanda que, en agosto, si le quedaba una fecha libre –por ejemplo, viajando de Almería a Bilbao-, Joselito pedía que le encerrasen un toro: no podía estar ni un día sin torear. Escribe Corrochano: «Cuando no torea, piensa y habla de toros. No sabe hablar de otra cosa ni ser otra cosa».

Eso determina el tipo de libro que se escribe sobre cada uno. Sobre Belmonte, una biografía novelada, la que redacta, casi al dictado, el gran periodista –no taurino- Chaves Nogales: «Juan Belmonte, matador de toros». Sobre Joselito, uno de los tratados de técnica taurina más completos, el de Gregorio Corrochano: «¿Qué es torear? Introducción a la Tauromaquia de Joselito». Para introducirse en la Fiesta, el libro de Chaves Nogales es apasionante. Para profundizar en su conocimiento, el de Corrochano es esencial. Lógicamente, una biografía es más atractiva, para el gran público, que un tratado técnico. (Por eso dice Antonio Burgos que Juan le ganó la batalla a José… en Alianza Editorial).

Cumbre de la lidia clásica

Los dos rivales eran también grandes amigos. Una vez, Joselito le dijo a Belmonte: «Tú puedes torear un toro mejor que yo, pero yo soy mejor torero que tú». Estaba definiendo sus Tauromaquias: él era un torero más completo, quería dominar todos los toros y todas las suertes. Ésa es la cumbre de la lidia clásica, según Corrochano: «Torear es mandar en el toro». Es la línea que siguen, hasta hoy mismo, todos los diestros poderosos, dominadores.

Había nacido Gallito –así le llamaban, al comienzo- en una ilustre dinastía de toreros, los Gallos: era hijo de Fernando y hermano menor del genial Rafael. En 1899, Victoriano de la Feria fue a hacerle una entrevista a Rafael, a la casa familiar de Gelves, y se sorprendió al ver a un niño «que cuenta cuatro años de edad, ejecutando, con una destreza impropia, varias suertes del toreo».

Una vez, Joselito le dijo a Belmonte: «Tú puedes torear un toro mejor que yo, pero yo soy mejor torero que tú»

Eduardo Miura le contó a Corrochano cómo se reveló Joselito, en un tentadero de su casa, al torear con la izquierda una becerra difícil, que había derribado a su hermano Rafael, ya matador de toros:

«José, riéndose, le hizo el quite. ‘¿Por qué habías visto que no se podía torear con la mano derecha?, le preguntaron. ‘Pues porque, desde que salió, hizo cosas de estar toreada. No pueden haberla toreado más que en el herradero y, como los muchachos que torean, al herrar las becerritas, torean con la derecha, comprendí que, al achuchar por el lado izquierdo, por el derecho no se podía ni tocar. Y ya lo han visto ustedes’. Entonces se cayó en la cuenta de que, efectivamente, la habían toreado los muchachos del herradero».

Tenía entonces Joselito trece años. Uno más tenía Mozart cuando escuchó, en la Capilla Sixtina, el «Miserere» de Allegri, una obra que estaba prohibido copiar, y, después de haberla oído sólo una vez, la transcribió entera, de memoria. No siempre degeneran los genios precoces…

Innumerables anécdotas

Esa capacidad para ver al toro la mantuvo José toda su vida y le permitió dominar a las reses más difíciles. Son innumerables las anécdotas que lo prueban. Toreaba un Miura que parecía imposible y un espectador le gritó que, con ése, no iba a poder. Contestó: «A ver si se deja picar». Cuando lo picaron, añadió: «Ya puedo con él. Al quinto pase, le cojo el pitón». Y así lo hizo. Por eso decían que le había parido una vaca; que un toro no le podía coger, si no le tiraba un cuerno…

En siete años de alternativa, toreó veintidós corridas como único espada (en casi todas, además, estoqueó el sobrero). A lo largo de toda su carrera, mató más de mil quinientos toros; sólo en Madrid, ochenta y una corridas…

Tenía el orgullo profesional que todo gran torero necesita.

Toreaba seis toros en Valencia y un espectador le gritó: «Eso, con Miuras». Contestó: «Al año próximo». Y así exigió que se anunciara. Cuando le hablaban de que, en Madrid, despuntaba un joven, pedía: «¡Que me lo pongan!» Así acabó con más de uno.

Además de torear, se preocupaba por todos los aspectos de la Fiesta: inspiró las Plazas Monumentales -la de Sevilla, la de Madrid- para que las entradas no fueran demasiado caras y no se perdiera la raíz popular. Vio claro que el toro debía evolucionar, para permitir un toreo más perfecto.

«Bach es la música; Cervantes, la novela; Shakespeare; el teatro; Joselito, el toreo»

Todo esto son, como pedía Stendhal, «detalles exactos», indiscutibles. Añado mi opinión personal. Hay artistas que se identifican tanto con su arte que acaban encarnándolo (y así lo reconocen los profesionales): Bach es la música; Cervantes, la novela; Shakespeare; el teatro; Joselito, el toreo.

Acercó la lidia a una ciencia exacta… hasta donde eso es posible. Lo reconoció Corrochano, consternado: «¿Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo lo mató un toro».

Cuando murió, sentenció El Guerra: «Se acabaron los toros». Se equivocaba: mueren los artistas pero el arte nunca se acaba. Lo decía Valle-Inclán: «Sirve para pasar el invierno: es la eterna primavera».

Acertó Ignacio Sánchez Mejías, que lo adoraba: «El torero no tiene más peligro que dejar de existir. Su muerte no está en la Plaza, sino en la casa. Joselito está vivo, más vivo que nunca».

Totalmente vivo sigue su legado, cien años después.

Andrés Amorós, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, es doctor en Filología Románica y catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid.  Ha publicado obras relevantes sobre la tauromaquia y actualmente ejerce la crítica taurina en el diario ABC de Madrid. Entre sus galardones destacan el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de la Crítica Literaria, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española y el Premio José María de Cossío.

EL HERMANO POCO AFORTUNADO

Monumento a Joselito en Gelves

Artículo escrito por Juan Salazar.

Al llegar a Gelves, en el centro de la población nos encontramos con un conjunto escultórico notable, obra de Collaut Valera, en el que contemplamos a un Joselito altivo y victorioso delante de un toro que cae herido de muerte.

Tomamos el camino de ascenso, hacia la Iglesia de Santa María de Gracia, que se encuentra en la parte más alta del pueblo. Según parece su construcción fue posible gracias al aporte de 2.000 ducados que el primer Conde de Gelves, don Jorge Alberto de Portugal, destinó en 1539, siguiendo indicaciones de su esposa. Fue el año en que nuestra querida emperatriz, Isabel de Portugal, fallecía, sumiendo al rey-emperador Carlos en una profunda melancolía.

Con posterioridad, la iglesia ha sufrido diversas restauraciones que no le restan encanto a esta joya de estilo barroco con planta de cruz latina.

De todas formas, con todos los respetos hacia el templo y las obras de arte que en él se custodian, no es el retablo, ni las esculturas de San Joaquín y Santa Ana, ni los frescos, ni los lienzos lo que llamó nuestra atención, no. Al fondo, en la capilla bautismal se ubica la pila en la que el presbítero Manuel de la Paz Daza, el 15 de mayo de 1895 cristianó el que, con el tiempo, sería el más grande de los toreros: José Gómez Ortega, “Joselito” o “Gallito”.

  • “Yo, con esta agua te bautizo con el nombre de José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Jesús, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

La pila sigue allí y su simple existencia amerita una visita.

Su nacimiento se había producido  una semana antes, el día 8, en la Huerta del Algarrobo, una casa humilde en la vecina calle de la Fuente, 2, a doscientos metros del citado templo. El inmueble pertenecía, y lo sigue haciendo, al ducado de Alba, de cuyos huertos se encargaba de gestionar don Fernando. En una de sus habitaciones la “señá” Gabriela, había dado a luz al último de sus vástagos, último por orden de venida al mundo, que en lo demás siempre fue el primero.

La imagen que tenemos todos los aficionados en la retina de ese lugar es la escena en la que  podemos ver a Joselito, un niño de dos años que apenas había aprendido a andar, perfilándose ante un joven de aproximadamente 12 años que simula la acometida de una res. Un señor adulto lo observa, y, sin ninguna duda, da sus consejos tanto al torero como a “la res”, que según dicen eso de hacer de toro es casi más complicado que hacerlo de torero.

“A ver como te perfilas niño, la mano que mata es la izquierda, que debe ir muy bajita, el estoque a la altura del pecho…. Y tú Fernando, ya sabes…”

La fotografía nos describe con exactitud lo que debía ser un día normal en la Huerta del Algarrobo.

Iglesia de Santa María de Gracia

Por lo que se puede intuir, la placa se tomaría hacia 1897; al padre, Fernando El Gallo, que tendría entonces 49 años, le quedaban apenas unos meses de vida. ¿Dónde estaría Rafael, el tercer hermano? Posiblemente andaría por la placita, como recogen las imágenes que Don Pío incluyó en su libro “El Torero Artista”, de 1911.

Por esas fechas el patriarca le comentó a su mujer, refiriéndose a Rafael:

“Gabriela, ya me muero tranquilo porque te dejo un torero que mientras pueda tener un capote de seda en la mano no os faltará que comer”.

De esta fotografía quien más curiosidad me ha generado ha sido el joven que hace las labores de burel. Fernando vino a ser el hermano desfavorecido de la casa. De José y de Rafael se sabe prácticamente todo y se han escrito numerosas páginas recordando lo que aportaron a la Fiesta. De Fernando, no, del segundo hermano se conoce muy poco. A diferencia de su padre y hermanos, no es recordado por su maestría con los capotes, muletas, garapullos y estoques. Ya desde los inicios se intuía que su trayectoria no sería exitosa.

Hacia 1898 mató su primer becerro, con catorce años, en Camas, y por esa época se enfrentó a una becerrada en la plaza de Madrid, coso que nunca pisaría como matador. Toreó varias novilladas, alternando esta labor con la de banderillero en la cuadrilla de su hermano Rafael.

El gran cronista, Manuel Serrano García-Vao , que firmaba como “Dulzuras” por sus anteriores tareas de confitero, calificado de “bondadoso y virtuoso”, y que adquirió popularidad por sus escritos en diferentes periódicos y revistas como “El Toreo Cómico”, “El Enano” y “ABC”, en el anuario 1904, en el apartado “novilleros”, describió la actuación de “Gallito Chico” de la siguiente forma:

“Gallito Chico posee en alto grado la prudencia de familia, que tan mal está en la gente joven. Torea muy bien y mata muy mal. Ha toreado algunas novilladas con mediano éxito y si no hace más que lo que en el año éste ha hecho, no pasará su nombre a la historia entre los buenos”.

Detalle de la pila bautismal

Malos augurios para Fernando, Gallito Chico en las crónicas.

En el anuario del año siguiente, en el que más novilladas toreó, sin llegar a la veintena, se incluía el comentario:

“Lo mismo que su hermano: muy buen torero, muy elegante figura con capote y muleta; pero completamente nulo a la hora de entrar a matar. Por lo visto no hay madera de matadores en la familia Gómez, y este Fernando, como su hermano Rafael, no ganará para el alcanfor que necesitarán sus vestidos, que tendrán que apolillarse porque no se lucirán en los redondeles”.

“No se quejará de las empresas, pues excepto en Madrid, no ha habido Plaza de alguna importancia que no le haya dado ocasiones para que muestre sus hechuras y arrestos. Si no ha de hacer más que lo hecho en las 12 a 16 corridas toreadas, más le valdría ser buen peón de una cuadrilla, porque al paso que lleva la familia van a tirar por el suelo un apodo que recogieron de un sitio muy alto”.

“¡Ojalá y todavía sacudan la pereza y sean los Gallos lo que fué su padre hace veinticinco años!”.

Y por si fuera poco, en el anuario de 1906 las cosas quedaban claras:

“Mientras no deseche del todo esa prudencia que tan en aumento ha ido al ser transmitida de sus ascendientes, no hará sino ensuciar el buen nombre que en el toreo ha tenido la familia”.

“Para ser matador hay que matar, y en caso contrario no pensar en estoque y muleta sino para reverenciarlos como recuerdos sagrados de papá. Nada adelanta con ser buen torero si luego con el pincho se convierte en martirizador de toros. Muchos buenos banderilleros hay por esas cuadrillas que se han convencido de que no les llama Dios por otro camino, y a pesar de ello son mucho mejores toreros que otros de los que se hacen millonarios como espadas”.

“Fernandito Gómez torea muy bien, pero es un matador menos que mediano”.

En el invierno de 1908 Fernando acompañó a su hermano Rafael a la campaña mejicana, tomando la alternativa el 14 de febrero de 1909 de manos de este, actuando Gaona como  testigo. Nunca llegaría a confirmarla en España.

Desde 1911 actuó como banderillero, en los primeros años, en la cuadrilla de Rafael, y con posterioridad, también en la de José.

Las enfermedades, su prematura obesidad y su falta de decisión y voluntad impidieron una carrera taurina en el escalafón de los matadores.

Fernando «El Gallo» con sus hijos Fernando y José en la placita de la Huerta del Algarrobo

La tarde de Talavera, tuvo el triste honor de acompañar al “rey de los toreros”. Una de las últimas frases que pronunció José fue la dirigida a su hermano Fernando cuando, delante de Bailaor, le dijo:

“Fernando tápate que el toro está peligroso…”

En 1921 Fernando llegó a actuar en la cuadrilla de su hermano Rafael pero el 23 de noviembre de ese año, en Sevilla, falleció a consecuencia de un síncope que sufrió mientras tomaba un café. Las reseñas en la prensa fueron casi inexistentes por esta triste pérdida.

No obstante, fue un perfecto conocedor del torero, las reses y las suertes. Se le describe como el gran teórico de esta familia y así lo recordaba su sobrino Rafael Ortega, hijo de Enrique Ortega El Cuco y Gabriela, la hermana de José, en su delicioso libro “Mi paso por el toreo”:

Joselito le escuchaba siempre y era del único que admitía consejo o una opinión. Había veces que cuando se acababa la corrida entraba Fernando en la habitación de su hermano y le decía:

– Oye José, hoy te has equivocado.

Y Joselito discutía:

– No, no, ¿por qué?

Fernando se explicaba y le daba razones que él creía convenientes, y José, muy callado, le escuchaba atento. Cuando salía Fernando de la habitación se quedaba Gallito mirando a mi padre (se refiere a Enrique Ortega “El Cuco”) y le decía:

– Este es el mejor aficionado de la historia del toreo. Tenía razón, yo me había equivocado.

Además, según parece, muchas de las suertes “inventadas” por Rafael fueron creación de Fernando.

Por otro lado, Fernando tiene el honor de haber pasado a la historia por el pasodoble que le compuso el maestro Santiago Lope en 1905. Como es de todos conocido, el pasodoble “Gallito”, joya musical que se interpreta en numerosas plazas, no fue compuesto para su padre ni ninguno de sus dos hermanos, sino concebido para él.

Su gestación tuvo lugar en 1905 en Valencia; con idea de animar a la concurrencia para la Corrida de la Asociación de la Prensa, se solicitó a Santiago Lope Gonzalo que compusiera cuatro pasodobles en honor de cada uno de los novilleros que actuarían. Aceptó el maestro el encargo y así Fernando Gómez Gallito Chico, Agustín Dauder Borrás, Miguel Pérez Gómez Vito y Ángel González Mazón Angelillo, tuvieron su pasodoble interpretados en ese festejo del 29 de junio con un lleno en los tendidos. Tanto éxito alcanzaron ese día que unas jornadas después fueron repetidos en un concierto que a tal efecto se celebró en La Glorieta de la ciudad.

Santiago Lope Gonzalo era entonces Director de la recién creada Banda Municipal de Valencia, y muy querido por el pueblo valenciano, a pesar de haber nacido lejos, en Ezcaray (La Rioja), 33 años antes del estreno de sus cuatro famosas piezas. Poco tiempo pudo disfrutar el maestro de la popularidad de estas obras ya que un año después fallecería de una dolencia estomacal en Burjassot, lugar al que había acudido para curarse de unos problemas estomacales.

Sus piezas tuvieron gran éxito, y se siguen escuchando en la actualidad en numerosas plazas, si bien no fue especialmente dichoso a la hora de proporcionar suerte a los destinatarios, ya que ninguno alcanzó éxito en los ruedos.

Siguiendo al citado “Dulzuras”, en el año siguiente al del estreno de los pasodobles, en su anuario, comentaba lo siguiente sobre Dauder:

“No sé qué les pasa a los toreros valencianos que casi todos quedan reducidos a no salir de su país, aunque tengan condiciones para ser más aplaudidos que otros que corren en triunfo todas las Plazas de España. Sabe Agustín Dauder torear y es muy valiente matando; pero no sé si será por su carácter o serán otras las causas que determinan el que no salga de la Plaza valenciana, y si de allí sale algo es tan poco que no llega a noticias de nadie.

No llegó nunca a tomar la alternativa. Tampoco resultó mejor parado Angelillo en los comentarios:

“Poco menos que si se lo hubiera tragado la tierra. Apenas si en 1906 se ha hablado una palabra del torero aquel que el año anterior vino precedido de una fama casi ridícula, pues entre otras cosas se afirmaba que para cada vestido de luces que se hacía tenía que hacerse cuatro chalecos, porque se los destrozaba con los pitones al pasar de muleta. Este muchacho, que es buen banderillero, quizás por su afán de hacerse espada haya perdido una carrera que pudo ser lucida. Si persiste en ser matador tiene que hacer mucho mas, pues de lo contrario muy pronto caerá para que su nombre quede completamente ignorado”.

Angelillo logró sus mayores éxitos con los rehiletes, figurando en alguna cuadrilla de reputados diestros como Bienvenida.

Sobre Vito, las cosas que decía Dulzuras no fueron más lisonjeras:

“Todo el que llora es porque tiene vergüenza, y Manuel Pérez, Vito, cuando tuvo el fracaso en Madrid al principio de temporada, no se atrevió a que le vieran por las calles y se pasó encerrado en la fonda, llorando todo el tiempo que le dejaban libre las horas que dedicaba a torear. Con esa condición y un poco de voluntad puede llegar a todas partes si en ello tiene empeño. Fui de los que le aconsejaron que volviera a las banderillas, porque para lucirse en ellas tiene condiciones sobradas; pero toda vez que se empeña en ser matador no tiene que hacer otra cosa sino poner toda su fuerza al servicio del logro de su deseo”.

Vito, lo mismo que Fernando, llegó a tomar la alternativa en Méjico, en 1904, pero renunció a ella al volver a España. Tras un intento como novillero, decidió abandonar el estoque y hacerse banderillero.

Por cierto, de este compositor y director musical se cuenta una leyenda que no me resisto a narrar por lo romántica de la misma; parece que durante años, mientras se celebraban festejos en el coso valenciano, si uno se acercaba al nicho donde se encontraban sus restos y retiraba el cristal que protegía la sepultura, y tenía el dudoso gusto de pegar la oreja al mármol, se podrían escuchar débilmente los sones del famoso pasodoble “Gallito”.

Vida poco afortunada la de Fernando, por ello prefiero quedarme con la imagen suya en la placita de la Huerta del Algarrobo a punto de hacer sus primeros pinitos como becerrista. 

Juan Salazar es madrileño, licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa. Abonado a la Plaza de Las Ventas, es miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos, colaborador en la sección taurina de Radio Ya y autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.