AGRADECIMIENTO A JÉRÔME PRADET

La Peña Taurina “Los de José y Juan” acordó en su Asamblea del pasado 16 de noviembre de 2020, agradecer públicamente al artista francés Jérôme Pradet, la realización del logo del Centenario Joselito y su puesta a disposición de todos los aficionados, para su uso no venal, en cualquier actividad relacionada con la conmemoración de dicho centenario.

El logo, de bello diseño, significó un impulso importante en la difusión de dicho Centenario y fue utilizado, como signo o label de adhesión, tanto en los carteles de las primeras corridas de la temporada, aunque no llegaran a celebrarse como el caso de Las Ventas o las Fallas, como en numerosos actos organizados por aficionados, peñas taurinas, así como en diversos perfiles de redes sociales.

El Centenario Joselito, truncado, como tantas otras iniciativas y actividades, por el maldito coronavirus, ha reivindicado con éxito la figura de José Gómez Ortega “Gallito” como artífice del toreo moderno e impulsor de importantes iniciativas, que han contribuido al mantenimiento de las corridas de toros hasta nuestros días.

 

EL PACTO DE LA ESTRECHA

Un artículo escrito por Juan Salazar, socio de «Los de José y Juan» para la revista TOROS.

En Madrid hay numerosos enclaves que recuerdan a Joselito: las casas próximas a la plaza de Oriente en las que vivió, los establecimientos hoteleros en los que se alojó (el Hotel Palace, el Hotel Roma, el Hotel Inglés), los cafés y restaurantes que frecuentaba (Lhardy, el Bilbaíno) e incluso los lugares de encuentro de los gallistas (Café Suizo, la tienda del Alfombrista); estos espacios dejan rastro de la estancia del gran José en la ciudad.

Pero hay un enclave, más recóndito y menos conocido, que tiene una notable relevancia en la vida del rey de los toreros y, por qué no decirlo, en su triste final. Me estoy refiriendo al restaurante en el que tuvo lugar el famoso “pacto de La Estrecha”, acuerdo del cronista Gregorio Corrochano y Gallito, por el que firmaron las paces y se convino la participación del gelveño en la corrida del 16 de mayo en Talavera. Las desavenencias entre ambos habían ido incrementándose en los últimos tiempos; el motivo parece que fue la decisión del torero de apoyar la construcción de un coso monumental en Sevilla, ciudad en la que la Real Maestranza ya disponía de una plaza que desde el siglo XVIII ofrecía festejos, y así lo sigue haciendo, para deleite de todos.

Las plazas monumentales fueron un proyecto en el que José invirtió sus energías. La idea de erigir plazas con mayor cabida suponía un negocio para todos, entre ellos los propios espectadores con menos recursos, que desde localidades más altas podían disfrutar del espectáculo. Como dice Fidel Carrasco, co-autor de dos magníficos libros sobre ese proyecto, “gracias a José y su apoyo a la construcción de un coso de estas características en Madrid,  en nuestra época estudiantil, mi hermano y yo pudimos permitirnos pagar un abono y hacernos aficionados en Las Ventas”.

Evidentemente la Maestranza no veía con buenos ojos que otra plaza amenazara con hacerle la competencia, por lo que desplegó toda su artillería. Torcuato Luca de Tena, propietario fundador del madrileño diario ABC, en el que Gregorio Corrochano ejercía la crítica taurina, había nacido en Sevilla y estaba muy vinculado a la Real Maestranza, llegando su hijo Juan Ignacio a ser nombrado Maestrante años después. En esos tiempos los comentarios del cronista contra José, en el citado periódico, eran ácidos y duros, muy duros, ¿estaban condicionados por su empleo en el ABC?

El punto de mayor tensión llegó cuando el 11 de octubre de 1919, en un artículo titulado “El Patio de la Casa de Gallito” Corrochano hablaba del apeadero de “Los Merinales” comentando:

«Recientemente, en este viaje a Sevilla, fui a ver encerrar una corrida a Los Merinales. Llamó mi atención un cajón lleno de ventanitas y compuertas diestramente colocadas. Yo había visto cajones de estos en algunos cortijos, utilizarles para curar a los toros, heridos. Nunca sospeché que tuviera otra aplicación. Pues la tiene, respetable público. Con gran asombro, y no diré indignación, porque estas cosas no son para indignarse, me enteré que en aquel cajón cortaban los pitones a los toros cuando el representante de las Empresas sospechaba que los cuernos tenían unos centímetros más de los que convenían a las intereses de su amo el torero».

Ese texto provocador, en un artículo en el que el protagonista era José, resultaba una verdadera afrenta. A José, dada su integridad y compromiso con la Fiesta, seguro que le repugnaría la velada acusación.

Joselito e Ignacio Sánchez-Mejías

Se cuenta que fue Ignacio Sánchez Mejías quien arregló el encuentro entre Corrochano y José para firmar las paces, y si así fue, tuvo sus motivos ya que, en definitiva, parece que una indiscreción del propio Ignacio resultó la causante de estos artículos demoledores titulados “El Patio de la Casa de Gallito”. Por lo visto, una tarde, Joselito estuvo hablando con su cuñado, y este le comentó que pensaba torear en la Maestranza, plaza afín a Belmonte en esos años de enfrentamiento entre cosos sevillanos. “¿En la Maestranza?, pero si eso es el “Patio de la casa de Belmonte”, respondió José.

Esa expresión tan concreta se produjo en un diálogo con Ignacio y cuando meses después Joselito leyó los artículos de Corrochano titulados “El Patio de la casa de Joselito”, evidentemente dedujo que la filtración sólo podía venir del marido de su hermana Lola.

“La Estrecha” era un restaurante recién inaugurado por la familia Redruello. Las circunstancias sobre la fundación del mismo las cuenta un descendiente y afamado chef, Nino Redruello, que entre otros locales tiene, en la actualidad, uno conocido por «La Ancha».

«Mi bisabuelo era ganadero transhumante en Asturias y dejó una braña para venirse a Madrid. En la calle Mayor montó una taberna de chatos de vinos que llamó “La Estrecha” ya que eran tiempos en los que en Madrid se pagaban impuestos por metros de fachada, con lo que los locales eran angostos. Luego, en la generación de mi abuelo, abrieron otros establecimientos y hubo una disputa familiar, por lo que mi abuelo decidió seguir con el negocio denominándolo “La Ancha”».

De esta forma, en 1919, Benigno Redruello abrió el local de «La Estrecha» en la calle de los Madrazo, actual número 12, prácticamente enfrente de la casa en la que había nacido el hermano de José,  Rafael, «el Divino Calvo». En poco tiempo el lugar se convirtió en un espacio de gran concurrencia.

En la actualidad una puerta negra, que pasa desapercibida, deja testimonio de que en su  interior José y Corrochano se reunieron, hablaron, acercaron posturas y firmaron las paces cuyas consecuencias fueron terribles para el toreo.

Juan Salazar Larraz, socio de la Peña Taurina «Los de José y Juan», es madrileño. Licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa, ha desarrollado su carrera profesional en el ámbito de la Consultoría y de los Recursos Humanos.  Aficionado por vía paterna, es abonado a la Plaza de Las ventas y habitual de los tendidos así en las ferias como en los domingos de cemento y turistas. Es autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

EXTRA DE LA REVISTA TOROS DEDICADO AL CENTENARIO JOSELITO

Portada de Luis Francisco Esplá

La revista TOROS editada en Nîmes, decana internacional de la prensa taurina, ha dedicado su número extra de noviembre al Centenario Joselito. Una cuidada edición, cuya portada es un retrato de Gallito realizado para la ocasión por Luis Francisco Esplá, quien une su demostrado interés por la tauromaquia clásica a su inspiración artística para el diseño y cuyo sumario es una muestra del impacto que el Centenario Joselito ha tenido entre los aficionados.

Cuenta con interesantes colaboraciones de aficionados franceses y españoles. Entre los franceses, las de Joel Bartolotti, anterior director de la revista y autor de una biografía de Joselito, Jean-Pierre Hedoin, presidente del Club Taurino de París o Francis Fabre, el actual director de TOROS. Entre los españoles hay dos aportaciones de socios de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, además del editorial, que me han cedido amablemente y he tenido la enorme satisfacción y honor de escribir. La participación española se completa con artículos de Manuel Fernández Leal, autor del blog “Los leales del toreo”, Antonio Fernández Casado, ex presidente del Club Cocherito de Bilbao y el escritor taurino Domingo Delgado de la Cámara. Todas las aportaciones de aficionados españoles están cuidadosamente publicadas en español y francés, como una muestra de hermandad entre ambas aficiones, que estando unidas por su común interés por la tauromaquia, a veces el idioma ejerce de barrera para la comunicación.

Sirve, este número extraordinario, de colofón del Centenario Joselito, que lanzamos a finales del año pasado y que, truncado como tantas otras cosas, por el maldito coronavirus, ha reivindicado el papel de Joselito en la historia de la tauromaquia y en la sociedad de su época y que tendrá continuidad el año próximo con diferentes iniciativas, especialmente de entidades públicas, que quedaron pendientes de realización.

Publicamos en esta entrada el editorial en español junto con las fotos de las páginas de la revista donde se reproduce en español y francés.

Las próximas entradas estarán dedicadas a los artículos de los socios de “Los de José y Juan”. Juan Salazar: El pacto de “La Estrecha” y Alberto Fernández Torres: Gallito, los Martínez y un Rolls Royce.

Andrés de Miguel

Presidente de la Peña Taurina «Los de José y Juan».

Saltillo, peripecias de un hierro histórico y un ganadero enamorado

Foto Andrew Moore

José Joaquín Moreno Silva analiza el momento de la fiesta y el protagonismo de sus toros en una entrevista de Antonio Lorca para El País.

«Nunca creí que llegaríamos a la situación actual. Esta pandemia me ha descolocado. De momento, la broma me 250.000 euros. Y digo más: si la próxima temporada no comienza en Castellón y Valencia, estamos muertos».

Ganadero propietario del hierro de Saltillo, José Joaquín es socio de la Peña Taurina Los de José y Juan, a la que también perteneció su padre, el ganadero Alonso Moreno de la Cova.

Su afición taurina le llevó a ser rejoneador. Ganadero desde su juventud a cargo de las ganaderías de la familia, en 1992 heredó el hierro de Charco Blanco cuyo nombre cambió a Moreno Silva y en 2013 compró el histórico hierro de Saltillo que da nombre a la ganadería y al encaste.

Leer entrevista completa.

 

François Zumbiehl: «La tauromaquia encaja en el concepto de cultura»

El diario «El Comercio de Lima» publica una interesante entrevista a François Zumbiehl, socio de la peña taurina de Los de José y Juan. En ella, Zumbiehl explica por qué la tauromaquia es una manifestación cultural según los principios de Unesco y expone la base filosófica del rito taurino.

–¿Por qué debería considerarse que la tauromaquia es una manifestación cultural y una expresión de la diversidad cultural?

Con el concepto del término cultura nos tenemos que referir a lo que la Unesco considera en dos importantes convenciones, la de 2003 acerca de la promoción y protección del patrimonio cultural inmaterial y la de 2005, de la protección de la diversidad de las culturas; ambas convenciones muy influenciadas por los trabajos del gran antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, que considera que una cultura es la relación entre una comunidad humana y un objeto cultural, que podría ser un monumento, un patrimonio inmaterial, con el cual esta comunidad se identifica y que refleja sus valores y sentimientos. Es clarísimo que la tauromaquia refleja los valores con que nosotros, los aficionados de varias comunidades y países, nos identificamos.

Siempre es una relación entre un objeto, material o inmaterial, y los sentimientos de un pueblo o comunidad que se identifica con ellos.

Conocemos el lema de los antitaurinos, que quieren negar esto y dicen “tortura no es cultura”, pero tanto el concepto de cultura como el de tortura no es que sean subjetivos, pero tienen que ser razonados a la luz de los valores y sentimientos de las comunidades donde existe afición a la tauromaquia.

–Se usa el término “tortura” con mucha ligereza, pero valdría la pena explicar por qué no es tortura.

Decir que la tauromaquia es tortura es un insulto. Me sorprende que las organizaciones que defienden los derechos humanos; aquellos que cultivan la memoria de las víctimas que sufrieron tortura a lo largo de la historia, especialmente en el siglo XX, no se sientan insultados con la relación que algunos hacen entre tauromaquia y tortura.

La tortura supone, primero, un humano consciente lo que está sufriendo; maniatado e impedido de moverse. Además, un verdugo que está a sus anchas y puede infligir daño sin correr el menor riesgo.

Es evidente que en la tauromaquia nada de esto se da. El toro no es un ser consciente pero está luchando y superando, al luchar, el posible dolor con las endorfinas; esto lo explican perfectamente los veterinarios, haciendo una analogía con los atletas –en el box o en el rugby, por ejemplo– que superan el dolor gracias a esas hormonas. Al mismo tiempo, el toro representa un enorme riesgo para el torero, que es el artista que se enfrenta con él.

Por lo tanto, la tauromaquia es una relación entre dos seres, pero ninguno está maniatado ni en actitud de pasividad. Por eso, la noción de tortura en las fiestas de toros es totalmente desquiciada.

Francois Zumbiehl, reconocido antropólogo y diplomático francés, razona acerca de la tauromaquia | Foto de Andrew Moore.

–Hay quien sostiene que Unesco no podría reconocer a la tauromaquia como cultura porque hay un sacrificio ritual.

No solo la Unesco; también los tratados europeos. La Unesco, desde la primera década de este siglo, se atiene al concepto de cultura definido por Lévi-Strauss, que es esa relación entre sentimientos y valores de una comunidad que las comparte y que se refleja en las manifestaciones inmateriales.

Hay dos ejemplos muy claros reconocidos por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Uno es el Sanké Mon, sacrificio ritual de gallos y cabras en Mali, para que los dioses del río permitan una abundante pesca colectiva, en la que se matan miles de peces.

También hay una caza ritual, la cetrería, reconocida por la Unesco, la que fue presentada por países árabes y europeos. En ella, el halcón está al servicio del hombre para matar perdices u otras aves.

–Francia es un fenómeno social notable por el auge de la tauromaquia en las últimas décadas y por el gusto que manifiestan por la pureza de la suerte de varas y por la perfección con el estoque; la cuadra de caballos y las puyas de Alain Bonijol son un ejemplo de ello. ¿A qué lo atribuyes?

Hay consideraciones sociales, antropológicas e históricas. Tienes razón cuando describes la afición francesa. Respecto a Francia, son un grupo minoritario que se reconoce como tal, porque la franja taurina de Francia comprende algunas regiones del sur y del suroeste. Pero esa minoría es muy estructurada y desea manifestar su identidad a través de las fiestas de toros. Fue una larga lucha histórica que se resolvió a mediados del siglo XX.

Por ello, los aficionados franceses que defienden su cultura quieren que la tauromaquia se manifieste en todo su rigor y autenticidad, lo que presupone integridad en todas las fases del ritual y en particular en los tres tercios y especialmente en el primero: la suerte de varas. En Francia se exige el toro íntegro y con toda su capacidad para manifestar toda su bravura en el primer tercio; que no se le castigue en exceso, que se dé todo el espacio para expresar su bravura. Además, que el espectáculo sea completo; que la corrida no se reduzca a las faenas de muleta; que hay espectáculo auténtico en la suerte de varas, en banderillas; luego, por supuesto, después en la muleta y, claro, que la estocada esté bien dada. La afición francesa lo exige así de íntegro y no reducido a la muleta.

–Es lo más acertado, porque la faena empieza con el primer capotazo y termina con la estocada y esa integridad debe estar estructurada y con una arquitectura que satisfaga al aficionado en este rito.

Absolutamente, y en ese sentido, el acierto de Bonijol ha sido adiestrar a sus caballos ligeros, para que sin un peso excesivo se puedan mover y obedecer al picador, que debe ser –ante todo– un buen jinete. Que sus petos tengan poco peso y que el pitón del toro pueda resbalar sobre el peto sin atracarse. Además, que el hierro de la puya no sea excesivo. Lo de la puya es una reforma que está haciendo la Unión de las Ciudades Taurinas de Francia (UVTF) para que en todas sus plazas se utilice esa puya; esa reforma se está estudiando en España, pero eso es otro tema. Lo que se busca es no castigar en exceso al toro para que pueda mantener su acometividad hasta el final de la faena.

–Y para que el caballo no sea una pared inamovible contra la que el toro se rompe aún más que con la puya.

¡Exactamente! Que no sea una muralla, que desmoviliza de alguna manera al toro, al sentir que no podrá con ella, lo que es tremendo, porque la corrida siempre debe ser un equilibrio. El toro tiene el destino de morir en la plaza, pero debe ser un animal respetado. No hay tauromaquia si no hay respeto y admiración por el animal.

–Hay una frase que sé que te gusta, que me parece es de Pepe Alameda, que dice que la tauromaquia es como la vida misma.

Sí; la tauromaquia es como la vida misma porque, al fin y al cabo, es la representación y una realidad, al mismo tiempo. El término representación debe utilizarse con prudencia, porque lo que se desarrolla en el ruedo es al mismo tiempo una realidad. El toro muere de verdad, pero también el torero puede morir o ser herido de verdad; se lo dijo un torero a un actor que lo silbaba desde el tendido: “Aquí, señor, se muere de verdad”.

Pero también es representación; una metáfora del destino de la vida.

La metáfora consiste en que el torero reproduce el viejo mito esencial de la lucha entre Teseo y el Minotauro; entre el espíritu humano, la habilidad del artista, de la inteligencia humana, frente a un ser instintivo y salvaje que representa la amenaza que pende sobre nuestras cabezas de mortales, que es la propia muerte.

El torero, al matar al toro, de alguna manera vence, en el rito, a la muerte. Pero es un triunfo efímero y absolutamente provisional, porque para todos nosotros, la muerte siempre será el final.

Es, por lo tanto, un ritual de cómo la inteligencia con el arte, dialogando con la naturaleza del toro puede producir belleza y al mismo tiempo vencer a las amenazas y a la muerte misma.

Pero en ese ritual hay una identificación con el toro. De alguna manera, nosotros los aficionados, finalmente nos identificamos con el toro bravo. La prueba es que cuando un toro ha sido de verdad bravo; cuando realmente ha asumido el final de su vida con toda su bravura, nosotros lo respetamos y lo admiramos y cuando muere, los aficionados se levantan, lo aplauden y manifiestan ese respeto, porque de alguna manera, ese destino del toro es el nuestro, pues representa nuestro destino ante la muerte.

Esa ambigüedad, esa ambivalencia de lo que pasa en una corrida es de una profunda riqueza que tiene sus raíces en todos los sentimientos y pensamientos del universo mediterráneo, del cual somos herederos y que atravesó el Atlántico para llegar a Hispanoamérica. Todo eso sucede durante una corrida.

–También se produce la esencia de un drama griego, que es cómo contamos las historias y los relatos. En el primer acto, en el primer tercio, ya conoces a los dos oponentes, pero tú no sabes cuál va a ser desenlace y ese desenlace desconocido nos mantendrá atentos para ver qué sucederá y todo ello, dentro de un marco y una escenografía muy artística.

Tienes toda la razón. Hay mucha semejanza entre la corrida y la tragedia griega, que termina mal. La corrida termina con la muerte del toro, pero la tragedia griega termina con la muerte del héroe. Nosotros, somos –como te dije– tanto el matador como el toro que, al final, muere.

Pero además, en la corrida, que tiene una estructura dramáticamente marcada con los tres tercios, que son como los tres actos de una tragedia, todo está marcado por el código ritual pero también es imprevisible. Nadie sabe qué va a pasar. No sabemos si el torero será cogido; si una suerte se podrá realizar o no. Es más; toda la belleza del toreo está ligada al sentimiento de lo efímero; que todo está absolutamente sometido al tiempo y que ese es nuestro destino en la vida; nosotros estamos sometidos al tiempo. Por ello, lo que hace un torero nos emociona tanto más porque sabemos que no lo volveremos a ver; sabemos que es para ese momento y para nuestro huidizo recuerdo. Y en ese intento de contrarrestar el destino artístico, el torero necesita templar.

¿Por qué necesita templar? Indudablemente, por razones técnicas de la lidia, en primer lugar; pero también porque necesita lentificar lo que hace; porque, de alguna manera, está dominando el tiempo, esculpiéndolo. Recuerdo que el gran maestro Antonio Bienvenida le explicaba a un señor que le preguntó por qué se esforzaba tanto por templar, por lentificar lo que le hacía a los toros, lo siguiente: “Porque siento que en cada pase se está muriendo mi faena”. Es decir, sabemos que la belleza que vemos está abocada a morir. El torero no solo matar al toro, al estoquear; mata y remata una faena que nunca más se volverá a producir. Eso también es nuestro destino de mortales.

–Gracias François, por tu tiempo. Ha sido muy interesante lo que has dicho. Dejaremos para otra ocasión el tema del antiespecismo, ese movimiento seudofilosófico, que desde que Singer lo creó ha terminado en este animalismo desbocado que vemos en el siglo XXI.

Será muy importante hablar de eso porque es una amenaza a nuestra civilización grecolatina, es decir, a nuestro humanismo.

Pero por otro lado, la pena es que no has visto aún una corrida en Acho. Salvo aquel sábado de hace muchos años, que te llevé temprano a la plaza y la vimos desocupada.

¡Pues sí, claro que me acuerdo! Y tú me enseñaste el museo taurino y había allí un traje de luces de Belmonte.

–Sí, y hay uno de Joselito y otro de un torero al que admiras mucho: de Manolete.

Al que admiro mucho y acerca del cual –como sabes– he escrito.

Espero que haya otra oportunidad y que pueda ver una corrida en Acho.  En cuanto termine la pandemia tendré que programar un viaje a Lima.

François Zumbiehl, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”  es catedrático de Letras clásicas y doctor en Antropología Cultural. Vicepresidente del Observatoire National des Cultures Taurines ha sido parte fundamental en la aprobación por el Senado francés de la Tauromaquia como Bien Cultural Inmaterial de Francia. Tiene publicados en español los siguientes libros: Mañana toreo en Linares, El discurso de la corrida, La voz del toreo y El torero y su sombra.

Tendido Cero rinde homenaje a Joselito el año de su centenario

TENDIDO CERO, que ha vuelto a la programación de la televisión pública nacional, tras el parón debido a la pandemia, dedicó un espacio en su programa del sábado 31 de octubre, a la conmemoración del Centenario de Joselito, con un paseo por los lugares que guardan huellas con el recuerdo de Gallito en Madrid.

El paseo dirigido por el periodista Javier Hurtado, fue comentado por nuestros socios Juan Salazar y Andrés de Miguel.

Juan Salazar Larraz, socio de la Peña Taurina «Los de José y Juan», es madrileño. Licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa, ha desarrollado su carrera profesional en el ámbito de la Consultoría y de los Recursos Humanos. Es autor de los libros “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto” y “Toros sin complejos”. Es responsable del programa radiofónico “Los Toros, nuestra Historia” de Radio Ya.

Andrés de Miguel, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, que preside desde marzo de 2018, es sociólogo y aparejador.

Colaborador en diversos medios escritos en soporte papel y electrónico, impulsor de la Tertulia de Jordán, y editor del blog de toros ADIÓS MADRID, cuyo nombre viene del libro del mismo título, escrito en colaboración con José Ramón Márquez. Es autor del ensayo Los aficionados integristas.

El paseo gallista se puede ver pinchando en el siguiente enlace al programa.

Belmonte, sobre su eterno rival: «Tanto le debo yo a Joselito como Joselito me debió a mí»

Joselito en su histórico triunfo con toros de Martinez

Reproducimos a continuación la histórica entrevista del cronista taurino Manuel Sánchez del Arco, más conocido como Giraldillo, a Juan Belmonte celebrada en el año 1943.

Fue en Sevilla, en una tarde de otoño cuando Giraldillo había coincidido con Juan Belmonte en una fiesta. Una hija de la ilustre actriz Carmen Díaz se había casado con un hijo del ganadero Campos Varela y en el Aljarafe, en un «bello mirador de su meseta, como en un palco que se asoma a la escena de gracia y amor que son Sevilla y Triana», ambos conversaron «nada menos que de Joselito».

Años atrás, en una tarde cordobesa, Giraldillo había escuchado de labios del « Guerra» la evocación de su época y, sobre todo, el juicio que mereció a Rafael la figura del « Espartero». Y evocando aquella crónica nació ésta que publicó en 1943 y que tituló «Belmonte me habla de Joselito».

A juicio del veterano periodista, Juan Belmonte era «un héroe de la vida española, en el sentido profundo y clásico de lo heroico». Representaba la pena y la gloria de las ascensiones. Su vida había tenido «buen periodismo y mejor literatura», pero Belmonte, «héroe de un arte y de una sociedad, en su camino desde la servidumbre al señorío, desde el drama jornalero al poderío económico», estaba «por encima de las exégesis». «Y, acaso, lo mismo que como hombre, como torero esté por encima de elogios y definiciones», añadía Giraldillo.

El cronista taurino pensaba que su figura se escaparía siempre de los críticos de toros. «En Belmonte no había que describir una faena, sino más bien que entender a un hombre», decía.

En esa tarde sevillana, Belmonte le habló así a Giraldillo de José Gómez Ortega, Joselito El Gallo, de cuya muerte se ha cumplido un siglo este año.

«-¿Cuándo habló usted por primera vez con Joselito?»

-Fue el año 11, por los primeros meses del invierno. Yo estaba trabajando en la recolección de la naranja, cuando unos amigos me invitaron para ir a torear unas vacas en el cortijo de Hato Blanco, en la Marisma, propiedad de Carlos Vázquez. Joselito iba a ir a aquella fiesta, también invitado por Carlos. Antes de conocer yo personalmente a Joselito, surgió en mis amigos trianeros la idea de oponerme a él. «Vas a ir porque también va «Gallito»», me dijeron. Dejé mi trabajo y fui. Aquella tarde conocí a «Gallito». Éramos dos chiquillos. Yo abrí mi capote y me fui para la vaca que me habían reservado. «¡Juan! ¡Ahí, no! ¡Ahí, no!», me gritó José. Yo no le hice caso. Insistí, un poco picado por la advertencia, que parecía una lección, que yo no tenía por qué recibir. Se arrancó la vaca y yo sufrí una terrible voltereta. José tenía razón. ¡La tuvo siempre ante los toros!

-¿Y cuándo vio usted torear por primera vez a Joselito?

-El año 12, en Valencia. Toreó con «Limeño», y se habló de si yo iba a acompañarlos aquella tarde.

-¿Qué recuerdo conserva de la primera vez que ustedes torearon juntos?

-Fue en Cádiz, el año 12. Cierta noche dormía yo profundamente en mi casa. Noté que me zarandeaban y abrí los ojos. Sentados al pie de la cama estaban dos amigos. «Juan -me dijeron-, quieren que vayas a torear a Cádiz, mano a mano con Joselito. Es una corrida de Miura. Limeño está cogido, y han pensado que vayas tú». «Bueno, pues que cuenten conmigo», respondí, volviendo tranquilamente para seguir mi sueño. «Pero, ¿estás dormido o despierto? -insistieron-. ¿Tú sabes lo que es ir a torear miuras con Joselito?». «He dicho que iré», repetí. Y fui.

-¿Y qué ocurrió en aquella corrida?, preguntó Giraldillo.

-Era la primera de Miura que yo toreaba y la primera vez que me enfrentaba con el formidable torero. Joselito estuvo maravilloso, como él era. Leyendo las reseñas que reflejaban lo que allí ocurrió, me reía luego. Resultaba, y ésta fue la verdad y no pasión de los revisteros, que yo había tenido muchas más ovaciones y vueltas al ruedo que José. ¡Pero Joselito había estado mejor que yo!, dijo Belmonte en la serenidad de esa tarde tan lejana de aquella.

-¿Qué juicio formó de la manera de concebir y desarrollar el toreo que caracterizó a Joselito?

Juan le contestó rápido y seguro en el juicio:

Yo nunca vi un toro que pudiera más que él. Él pudo siempre más que todos los toros. ¿Es esto suficiente para expresar mi juicio sobre Joselito? Porque Joselito conocía no sólo lo malo de toros, sino lo que había que hacer para tornarlos en buenos, y lo que era adecuado, en forma y lugar, para cada toro.

Joselito en un lance de capa

-Entre todas las corridas que ustedes torearon juntos, ¿cuál recuerda de mayor relieve para José?

-Fue en Valencia. Toreábamos mano a mano reses de Campos Varela. Como yo para las fechas no tengo mucha seguridad, no recuerdo si fue el año 16 o 17. Y otra vez ocurrió lo que en Cádiz, la primera vez que toreamos juntos. Fueron para mí las mayores ovaciones. Yo corté orejas, y Joselito, no. Pero él estuvo soberbio, insuperable. Estuvo, sencillamente, mejor que yo. Entre todas las tardes que toreé con él, ésa fue la que mejor estuvo. Esto, visto en torero y junto a él, y no en público.

-¿Y en qué tarde lo vio con peor fortuna?

-Fue en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre quiero acordarme, pero no puedo. Fue en Manzanares o en Valdepeñas. El enemigo era un toro de Guadalets, de la cruza con Miura.

-¿Cree que la manera de torear de usted influyó en «Gallito», determinando una mejor ejecución de las suertes, en cuanto a la distancia y la lentitud?

-El estilo no se varía. Joselito empezó como acabó. Fue un caso de formación perfecta desde el primer momento, y no se hizo por agregaciones. De lo que sí se habló entonces, y aún hoy se discute, es del acortamiento de la distancia, o sea, de la posibilidad de ejecutar las suertes, con sus tiempos y estilos, en menos terreno, aumentando la emoción sin variar la técnica.

-¿Recibió usted en su arte peculiar influencias del de José?

-Ya le digo que no se influye en el estilo propio por la contemplación, ni aún por el estudio, del ajeno; pero es inevitable que en el desarrollo del propio estilo se tengan presentes las observaciones que se hacen en la plaza.

-¿Era conveniente para la fiesta la división y el encono entre los aficionados y la existencia de los partidos personalistas?

-El auge de la fiesta de los toros se señala por las competencias y los partidos. Un solo torero, por grande que sea, no interesa al público si no halla figura que oponerle. En esto, tanto le debo yo a Joselito como Joselito me debió a mí y a los dos juntos, la fiesta.

-¿Recibió agravios del partido gallista?

-Si los hubo, no me di cuenta. Yo seguí siempre mi camino, sin ocuparme de lo que ocurriera por el camino de los demás.

-¿Pero no le preocupaba la certeza de que existía una opinión decididamente contraria a usted?

-Si he de decirle la verdad, me preocupaban más, en el sentido de temerles, los propios partidarios que los partidarios de José. Para mí eran más temibles los belmontistas que los gallistas. En mi partido existía una especie de consejo disciplinario que se imponía a mí. ¡Las noches que yo les he visto pasar, metidos en las fondas o en sus casas, jugando al jiley, sin atreverse a salir a la calle, por temor a los gallistas, como conseuencia de las tardes en que yo no tenía fortuna ni había posible excusa! «¡Esto no puede continuar así, Juan -me decían, autoritarios y terribles-. ¡Esto no puede continuar así! ¡Ya estamos hartos de jugar al jiley…! ¡Conque tú verás si podemos salir esta noche a hablar de toros!» Y yo comprendía la tragedia de aquellos buenos amigos, cansados del jiley, y hacía lo posible por que salieran a discutir, victoriosos, aquella noche.

Joselito y Belmonte

-¿Cómo entiende usted que debe determinarse la rivalidad? ¿Por oposición de estilos o, dentro de un mismo estilo y concepción del toreo, por oposiciones personalistas?

-Lo personal siempre existe, y, por ello, siempre habrá rivalidad. Aún hoy, cuando Rafael el Gallo y yo toreamos juntos en los festivales, Rafael se enfada si ve que yo tengo más aplausos. Y, naturalmente, sobre este fondo preponderante de lo personal está el contraste de los estilos.

-Comparando época con época, ¿en qué considera usted superior la suya y la de José a la época presente?

-No sé si la nuestra fue superior. Desde luego, fundamentalmente distinta sí lo fue. ¿Qué pasaría ahora si saliera Joselito toreando ante el público de hoy, tal como son los gustos de hoy? Yo no lo sé. Pero también, ¿qué ocurriría hoy si saliera un toro de aquel tiempo? Aquellos toros tenían un poder y un nervio que hoy no se conocen. El toro tenía en aquella época otro sentido, y poco a poco hemos visto cómo se ha ido eliminando el toro «bronco». Además, hoy el castigo es mayor, por razón de los petos, y el toro se rompe contra esas corazas. Aparte esto, vemos qeu en algunos toros de ahora es bastante la «reserva» a picarlos, por su evidente debilidad. Y ante esto, repito: ¿Qué ocurriría si saliera un toro de aquellos? Desde luego, afirmo que hoy no veo que se haga variar a un toro. Tal como sale al ruedo se va de él. Todo lo más que se hace es adaptar la lidia a la condición del toro, pero no variar éste que es lo que hizo José, y en lo que, a mi juicio, fue único.

-En la época presente, ¿ve algo que supere a lo que José y usted representaron?

-Hoy se torea con un temple superior, y en cuanto a terreno, o sea, a colocación del torero en todas las fases del lance, no creo que haya posibilidad de mejorar lo que hoy se hace, ¡cuando se hace bien!

-Entonces, ¿cree usted que el toreo ha llegado a un punto de máxima perfección en cuanto a técnica y a valor estético de esa técnica?

-¡Hombre, yo no me atrevería a decir tanto! Sobre todo, sobre la técnica y el estilo está lo que yo llamo «el sentimiento del toreo». Es decir, realizarlo con emoción, sentirlo muy hondo y ejecutarlo como un rito…

Belmonte hizo una pausa. Estaba atardeciendo. Pronto se haría de noche. Juan volvió a hablar. Lento, solemne, con emoción.

-Yo pongo sobre todo el sentimiento del toreo. Ante el toro, respondemos con nuestra manera y estilo a un estado del alma. Hacerlo coincidir con el de las multitudes es el éxito. Yo le definiría a usted lo que he llamado toreo del «nudo en la garganta». Torear como si fuéramos a hablar enamorados, como si la lidia fuera un diálogo de pasión.

Rompió el hilo de su discurso y añadió:

-Permítame usted que me reserve esta teoría. Es inoportuna. La esbocé en una entrevista destinada al extranjero y no puede usted figurarse el número de cartas que he recibido para que amplíe esta definición, que algunos entienden pudiera ser una doctrina. Yo no lo sé. Lo que sí digo es que así concebí el toreo y así lo desarrollé junto a Joselito; así lo practicamos, él y yo, juntos, todas las tardes, en una época que ya es historia, y que puede ser superada, porque yo respeto las posibilidades todas, y no tengo la soberbia de creer que el toreo concluyó con mi época.

Transición

Continuamos este ciclo sobre la historia de la Peña con otra interesante entrega, la continuación a la salida de Don Joaquín Casas Vierna como presidente de «Los de José y Juan».

Tras la dimisión de Don Joaquín se eligió como Presidente a Don José Montes Iñiguez con Sebastián Rodríguez Correa como Vicepresidente. Poco tiempo tuvo Don José ya que el 15 de octubre de ese mismo año (1984) fallece dejando como Presidente en funciones a Don Sebastián Rodríguez Correa.

Fue Don José Montes un hombre polifacético. Catedrático de Siderurgia de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, gran aficionado, fue conocido como «El ingeniero del nueve» en toda la plaza. Sus comentarios en plenas faenas fueron gratamente acogidas por la afición, su tremenda simpatía y sus profundos conocimientos le hicieron algo así como el paradigma del aficionado. Parecía que Don José estaba llamado a continuar la labor emprendida por Don Joaquín, pero el destino lo impidió y dejo a la Peña huérfana y sin Presidente a los pocos meses de su nombramiento.

El único ciclo de conferencias organizado por José Montes fue el siguiente:

El 23 de noviembre de 1984 se producen elecciones para elegir nueva Junta Directiva. Sale elegido Don Adolfo Bollaín Lirón, manteniéndose como vicepresidente Don Sebastián Rodríguez Correa.

Nuevamente la desgracia cae sobre nuestra Peña, a los pocos meses de su nombramiento fallece Don Adolfo Bollaín Lirón, no dándole tiempo más que a organizar el ciclo de conferencias de 1985, que fueron:

Fue Don Adolfo Bollaín un gran aficionado y un profesional de gran prestigio. Su notaria era de las más conocidas de Madrid.

El 10 de noviembre de 1985 se producen nuevas elecciones a Presidente, acordándose mantener en el mismo a quien ya lo ejercía en funciones: Don Sebastián Rodríguez Correa nombrándose para la vicepresidencia a Don Luis García Lemus. Se acuerda instituir un premio anual a lo que como aficionados más nos guste de lo visto en la Feria de Otoño con el nombre de «Trofeo Adolfo Bollaín», otorgándose el primero a Pepe Luis Vázquez. Desde entonces se ha otorgado todos los años.

En el mes de julio de este año fallece nuestro compañero, fundador, buen amigo y maestro Don Luis Fernández Salcedo, que tantas conferencias dio y libros sobre la Fiesta escribió. La Peña le dio un sentido homenaje.

La asamblea de socios del 27 de noviembre de 1987 se nombra Presidenta Honoraria Perpetua de la Peña a S. A. R. Doña Mercedes de Borbón Condesa de Barcelona, madre de S. M. El Rey, así como nuevo vicepresidente a Don Juan Pablo Fernández Salcedo.

El 11 de mayo de 1989 se nombra a nuestro consocio Pedro López Ramírez presidente de la Federación Nacional Taurina.

Toros sin complejos

Juan Salazar, socio de «Los de José y Juan», ha escrito el libro TOROS sin complejos en el que realiza un detallado análisis y defensa de la Tauromaquia.

La cultura de un país se define por sus tradiciones, su arte y su lengua. Los toros son una de las raíces que más identifican el espíritu español y su legado centenario.

El festejo taurino es una expresión cultural milenaria, que cuenta con numerosos aficionados que exigen respeto a sus gustos y tradiciones. Nadie tiene la obligación de participar ni asistir, pero tampoco se pueden plantear demandas prohibicionistas limitando el acceso a los que disfrutan de su celebración.

En el texto se realiza una defensa de la Tauromaquia desde la vertiente histórica, artística, cultural, legal y de los derechos individuales, exponiendo los razonamientos que permiten colocarla en el lugar que siempre ha estado, y que la corresponde; también quedan recogidos una pléyade de escritores, pintores, escultores y artistas de diferentes ámbitos que han plasmado en sus obras los valores culturales de la corrida de toros. Así mismo se presentan los valores humanos inherentes que la califican como una actividad destacada, provechosa, positiva y de la que nos sentimos orgullosos.

¿Se trata de un espectáculo minoritario?, ¿vive la Fiesta de las subvenciones?, ¿se pueden dictar leyes prohibicionistas?, ¿es la Tauromaquia un foco de maltratadores de animales?, ¿son los toros cultura?, ¿respetan los taurinos a los toros?, ¿se puede hablar de «derechos de los animales»?, son algunas de las preguntas a las que se aportan respuestas, pudiendo encontrar el lector argumentos para comprender, querer y defender la Tauromaquia.

Juan Salazar Larraz, socio de la Peña Taurina «Los de José y Juan», es madrileño. Licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa, ha desarrollado su carrera profesional en el ámbito de la Consultoría y de los Recursos Humanos. Es autor de los libros “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto” y “Toros sin complejos”. Es responsable del programa radiofónico “Los Toros, nuestra Historia” de Radio Ya.