UNA FIESTA HUMANA, DEMASIADO HUMANA

Foto: Andrew Moore

Por François Zumbiehl.

Así puede ser calificada la fiesta de los toros cuando son los aficionados los que hablan, y no por ellos los antitaurinos que caricaturizan sus sentimientos achacándoles toda clase de perversidades. También lo hicieron los colonizadores con los pueblos a los que llamaron salvajes, antes de que algunos espíritus selectos propusieran una visión más respetuosa y abierta de estas culturas ignoradas.

Sí, la tauromaquia es tremendamente humana porque es ante todo el espectáculo de la fragilidad. Para que una tarde de toros cumpla con todas sus promesas es preciso que ese día no moleste el aire, que los toros estén en condiciones y tengan embestidas acordes con las posibilidades técnicas y estéticas del matador, y que éste quiera por de pronto alzarse más allá de las obligaciones de su profesión para sentir y expresar su misterio, como muy bien lo dijo Rafael El Gallo.

Por ello los aficionados se asemejan a unos devotos, manteniendo la esperanza incansable del milagro a costa de muchas decepciones. Es innegable que la corrida tiene su parte de crueldad, en el sentido etimológico de la palabra, pero todo el espectáculo tiende a hacerla olvidar: olvidado el miedo, olvidadas la sangre y la violencia cuando la embestida de un toro bravo, subyugada por el engaño, se alarga y se funde con el torero en una armonía inverosímil, como si el hombre por la magia del temple tuviera la capacidad de hipnotizar al toro y de parar el tiempo. Es un espejismo desde luego, pues aquí todo es efímero empezando por la obra dibujada en el ruedo, que muere en el mismo instante en que ha sido vislumbrada, y de manera definitiva con el toro que se ha prestado a ella.

El toreo es el arte de las formas que vuelan, que se saben nacidas en un mundo perecedero, y que quieren compensar su carácter fugaz con la búsqueda insaciable de la belleza en el laberinto del movimiento. Por ello el temple es su mayor virtud, pues es el intento, lentificando las suertes, por aplazar el fin ineludible del poema que el hombre está improvisando durante unos pocos minutos con su toro, compenetrado con él. Razón por la cual intelectuales de la talla de Valle-Inclán y Pérez de Ayala, homenajeando al joven Belmonte, se atrevieron a afirmar que el toreo, por esta fugacidad misma, es más conmovedor que las demás artes. Por su parte José Alameda, un exiliado de la Guerra Civil, consideró que esta fiesta es «humana, demasiado humana», pues condensa todas las vicisitudes de la vida y de la muerte con las que el hombre se siente enfrentado a lo largo de toda su existencia.

Pero por otra parte la tauromaquia es animalista, pues se basa en la mayor cercanía y complicidad posibles con el animal. Innumerables horas de conversación con toreros, ganaderos y aficionados me lo han confirmado. Torear es ante todo acoplarse con el toro, incluso -como me lo dijo el torero y escritor Juan Posada– hacerse a la vez hombre y toro, Minotauro de alguna manera, permitiendo a su oponente, después de haberlas percibido, expresar todas las potencialidades de su bravura que sin el toreo hubieran quedado inéditas. En este sentido la fiesta de los toros, que cumple con los cinco criterios marcados por la convención de la Unesco para identificar un patrimonio cultural inmaterial, cumple particularmente con el que se refiere al «conocimiento de la naturaleza y del universo».

Foto: Andrew Moore

Hablando de la Unesco conviene volver al concepto de cultura tal como lo define el texto de esta convención de marcado carácter antropológico: es el conjunto de las prácticas, tradiciones y sentimientos que reflejan las vivencias de una comunidad y con los que ésta se identifica. Cada una de estas culturas, mientras esté conforme con los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y mientras esté compartida y transmitida a las nuevas generaciones (éste es el auténtico significado de la palabra tradición), debe ser respetada en su diversidad, incluso si dentro de una región queda como minoritaria. Aquí no valen cazas de brujas, inquisiciones ideológicas o políticas. Su libertad -en este caso la de los aficionados- debe ser preservada contra cualquier imposición o prohibición externa, incluso si éstas se basan en el resultado del voto de una supuesta mayoría. Esto equivaldría a instrumentalizar un proceso aparentemente democrático para restablecer la censura, curioso retroceso a otros tiempos en los que se quería imponer para todos la dictadura de lo «moralmente y políticamente correcto». El hecho de ser minoritaria no descalifica una cultura. Eso lo dice la Unesco a través de sus convenciones de los años 2003 y 2005.

Y dos cosas más frente a acusaciones convertidas en repetidos eslóganes y estereotipos: hablar de tortura a propósito de un animal indómito, cuya lucha hasta la muerte es un peligro permanente para el torero, es un insulto para las víctimas verdaderas de este acto repugnante.

Por otra parte el bienestar animal es un concepto muy relativo; relativo a la forma de ser y de comportarse de cada animal, de compañía, salvaje o del campo, pues el animal en sí sólo existe en la mente de algunos animalistas radicales, tal vez impactados por los personajes de Disney y muy alejados de las realidades del mundo rural. El toro de lidia, criado durante al menos cuatro años en libertad y en espacios extensivos, naturales y protegidos mientras otros bovinos van al matadero a los pocos meses, goza sin lugar a dudas de un bienestar privilegiado hasta los veinte últimos minutos de su vida. Y ¿qué decir de los sementales y de las vacas bravas, criados con el mismo cuidado y respeto manifestados a esta raza excepcional que desaparecería en el mismo momento en que se prohibiera la tauromaquia, del mismo modo que desaparecería todo el entorno ecológico ligado a su crianza? ¿No sería acaso más urgente velar por el bienestar de algunos animales mascotas, condenados a vivir en unos espacios reducidos y a todas luces inadaptados para ellos, y a veces abandonados por sus dueños cuando llegan las vacaciones? ¡Dios nos libre de la ecología urbana o de salón!

François Zumbiehl, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”  es catedrático de Letras clásicas y doctor en Antropología Cultural. Vicepresidente del Observatoire National des Cultures Taurines ha sido parte fundamental en la aprobación por el Senado francés de la Tauromaquia como Bien Cultural Inmaterial de Francia. Tiene publicados en español los siguientes libros: Mañana toreo en Linares, El discurso de la corrida, La voz del toreo y El torero y su sombra.

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