Pocas cosas resultan peores que llegar a la oportunidad de tu vida en el momento equivocado. Exactamente eso le ocurrió al precioso toro jabonero claro de Aurelio Hernando. De procedencia Veragua, por perdidos vericuetos, aunque ni su presencia, excesivamente hondo y de discretos y elegantes pitones, ni su comportamiento escupido de los caballos y muy noble en la muleta hacían honor al origen que indicaba su capa. Salió de sobrero cuando la corrida de Palha se encaminaba hacia el desastre de la desilusión.
Nada pudo hacer el semidesconocido Víctor Mora para enderezar una tarde en la que los toros impares, primero (impresentable de aspecto y falto de trapío), tercero (zancudo) y quinto (alto y voluminoso), merecieron mejor trato. Desiguales de presentación y comportamiento, ni aportaron emoción, ni mostraron agresividad, ni encontraron oponentes que los entendieran y les dieran el trato que merecía la nobleza sosa del primero en la que se enredó el valeroso Bolívar, la casta pausada del tercero al que al final enjaretó un ocho Víctor Mora, ni la bravura del quinto que embistió sometido cuantas veces le aguantó la muleta Salvador Cortés.
Despeñada la corrida con el cambio sorpresivo del sexto, apareció el Veragua y Víctor Mora, que dirigió una desordenada lidia, se plantó con seguridad y sosiego ante el toro en búsqueda, también él de su oportunidad. Toreó con acierto y compostura al jabonero, jaleado desde la andanada del 9, y firmó un trasteo que, al igual que el toro, habría merecido mejor reconocimiento en una tarde en la que no pesara como una losa el desencanto de los Palha.
Andrés de Miguel
2 de junio de 2011