Descubren un ánfora del XVII con un torero ejecutando la suerte suprema

Artículo escrito por el socio Gonzalo Santonja para el diario ABC. 

Foto ABC

Sostiene José María de Cossio en su enciclopedia «Los Toros», punto de partida para cualquier indagación en la materia, que «uno de los períodos más difíciles de esclarecer en la historia taurina es el que constituyen los primeros cincuenta años del siglo XVIII», que sin embargo también sería «uno de los más interesantes que pueda considerarse». Bien, pues a dicho tenor, y remontándonos no ya a los comienzos de dicha centuria, sino a los años noventa del XVII, a continuación daremos noticia de una espléndida talavera, en concreto de un ánfora, que deja claro que la suerte suprema ya entonces se ejecutaba prácticamente como en la actualidad.

Seamos exactos: se seguía ejecutando, porque en un capitel del Palacio de Requena de Toro (Zamora), en una de las misericordias de la catedral de Plasencia (Cáceres) o en uno de los códices del Monasterio de Guadalupe (Cáceres) queda fehacientemente acreditada su antigüedad en Castilla y León y Extremadura, más allá y más acá de Andalucía y los dominios pirenaicos, lo que de por sí desmiente la teoría de que el Toreo surgiera allí antes que en otros territorios peninsulares, patrimonio común de todos los españoles también por su nacimiento. En fin, las evidencias hablan o «eppur si muovo», que replicó Galileo.

Patrimonio de primer orden

Así pues, un ánfora. ¿Dónde se elaboró, en qué época, para quién y, por último, dónde se conserva y quién es su propietario? Estas son las preguntas que nos disponemos a contestar al hilo de la celebración en Murcia del II Congreso Internacional de Tauromaquia,organizado por el Ministerio de Cultura, y en plena efervescencia de la muestra «aTempora Talavera. 6000 años de cerámica en Castilla-La Mancha», región que a dicho tenor creó y atesora un patrimonio de primer orden.

«Platos son de Talavera/ que están vertiendo claveles», pondera el gran Lope de Vega por boca de Casilda en «Peribáñez y el Comendador de Ocaña». Pero claveles, claro está, entendidos en el sentido más amplio: motivos heráldicos, pájaros, ciervos, conejos, caballos, animales fantásticos, personajes y sucesos de la historia y la mitología clásicas, arquitecturas, escenas religiosas, estampas cinegéticas, hombres, mujeres y niños en distintos afanes… Y también, por descontado, toreadores (así se decía) y toros. Porque, como explica Balbina Martínez Caviro, estudiosa unánimemente reconocida de dicha cerámica, aquellos artistas anónimos gozaban de muchas oportunidades para inspirarse en el natural, ya que en la ciudad se celebraban frecuentes corridas, especialmente durante las «mondas y en los festejos en honor de la Virgen del Prado, patrona de la villa».

Serie polícroma

Los estudiosos han clasificado las distintas épocas, influencias y estilos de las talaveras producidas a lo largo de la Edad Moderna: las piezas decoradas sobre blanco en claroscuro azul, la serie de «las mariposas», las que reflejan la impronta renacentista italiana o la huella de los ceramistas flamencos, lozas jaspeadas y lozas esponjadas, en el XVI; las iluminadas con gamas tricolores y polícromas o la serie azul que responde a las pautas de las porcelanas chinas, en el XVII; las que muestran el influjo de los alfares de Álcora en el XVIII. Entre todas ellas, la pieza que ahora nos ocupa pertenece sin duda a la serie polícroma, caracterizada por estar pintada en azul, verde, amarillo, naranja y manganeso, y presentar motivos variados, entre los que resultaron muy del gusto de los clientes los de cacería y los taurinos, habituales en la etapa de plenitud de las talaveras, alcanzada al final del Siglo de Oro.

Y no cabe duda de que se hizo para el Real Monasterio de El Escorial: para ornato del palacio no para el convento, pues luce la parrilla evocadora del martirio de San Lorenzo mas carece del león rampante que singulariza a las destinadas a los jerónimos, marcas que identifican a los mejores clientes de aquellos alfares, con los frailes escurialenses atendiendo y acaparando los encargos de azulejos y lozas desde el reinado de Felipe II hasta la extinción de la Orden, particularmente de 1696 a 1723 bajo el designio de los priores fray Francisco de Madrid, fray Juan de Santisteban, fray Manuel de la Vega, fray José Talavera y fray Eugenio de la Llave. Son rasgos y etapas definitivamente establecidas por el propietario de esta magnífica pieza, Ángel Sánchez-Cabezudo, autor al respecto de una tesis incontestable y del estudio de las cerámicas talaveranas de esa época ahora expuestas en la iglesia talaverana de Santa Catalina, una de las sedes de «aTempora».

Dos secuencias del toreador

En esta talavera aparece un toreador ejecutando la suerte suprema, acción desarrollada en dos secuencias: en la primera, el diestro prepara para la estocada a un astado que sigue con la mirada los vuelos de la capa, mientras la segunda recoge el momento de la estocada, aplicada casi recibiendo y delantera con una espada de cazoleta y con la capa doblada sobre el brazo, convertida en muleta. Entrando al engaño, el toro acusa el golpe en los ojos, pero aún se mantiene firme. De plasticidad logradísima, el pintor, artista que obviamente sabía de toros, revela dominio del dibujo, la composición y el colorido, capta los movimientos y mide las distancias.

En definitiva, así como en la pintura, en la literatura o en la música, los Toros también fueron exaltados –claveles vertidos– desde las talaveras, ese «diálogo íntimo entre el hombre y el barro» (Martínez Caviro dixit) que rompiendo tópicos ilumina evidencias. Aquí y ahora, fundamentalmente dos: la Tauromaquia está hermanada con lo mejor de nuestra cultura en sus diversas manifestaciones y la nobleza de su antigüedad va mucho más allá de lo que algunos creyeron y otros repiten. Antes de seguir haciéndolo, que miren bien capiteles como el de Toro, misericordias como las de la Catedral de Plasencia, ilustraciones como las de Guadalupe, relieves como el de Catedral Nueva de Salamanca o que reparen en esta talavera.

Gonzalo Santonja Gómez-Agero es catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense (2004), director de la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Pertenece a Academia Norteamericana de la lengua Española (ANLE) y Academia Argentina de Letras, es Hijo Predilecto de Béjar (Salamanca), Honorary Fellow in Writing por la Universidad de Iowa (USA), Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma (Lima, Perú), dirige desde 2010 el Foro Internacional de Filología de la Feria del Libro de Guadalajara (México) y, entre otras distinciones, es Premio Nacional de Literatura (Ensayo) y Premio Castilla y León de las Letras.

Evidencias

Por Gonzalo Santonja.

Fue suficiente con que Simón Casas, el sefardita francés que ahora gobierna Las Ventas, personaje con más conchas que un galápago, sí, pero también con el doble de ideas que los demás grandes empresarios taurinos juntos, fue suficiente, decía, con que Simón Casas rompiera el tejemaneje de las combinaciones sempiternas y pusiera en los carteles de la Feria de Otoño a Diego Urdiales, injustificablemente ninguneado en San Isidro, mantuviera a Emilio de Justo, Octavio Chacón o Jiménez Fortes y se siguiera acordando de jóvenes como Ginés Marín para que la subida del abono y el incremente en la venta de entradas sueltas ratificaran el acierto de un ciclo, repartido en dos fines de semana, que ha visto los tendidos cuajados y ha encumbrado a los jandillas gaditanos de Fuente Ymbro y a los atanasios/lisardos salmantinos de Puerto de San Lorenzo.

Lo que obviamente ya no se sostiene es la fórmula del empresario que a la vez ejerce de ganadero y apoderado, de modo que a sus plazas lleva sus toros e impone sus toreros y luego intercambia a unos y otros con un puñado de colegas asimismo criadores e igualmente poderhabientes, representantes, comisionados o administradores de diestros cuyas carreras gestionan al margen de una de las leyes no escritas pero sagradas de la tauromaquia: los contratos se ganan en los ruedos, no en los despachos. De respetarla Diego Urdiales no habría llegado a Madrid con apenas cuatro corridas en la temporada: tres en su tierra riojana (Arnedo, Alfaro y Logroño) y la cuarta en Bilbao, donde firmó una actuación memorable, ni hubiera estado ausente de todas nuestras ferias, que así lucen algunas.

De cara al futuro inmediato, la situación ha quedado tajantemente definida: lo que sí, lo que no, lo que tampoco. En esa encrucijada, los rectores de varias plazas tal vez debieran de planteárselo en serio, renunciando a reiteraciones gastadas. Porque las crisis solo encuentran solución en los renuevos. En fin, ahora disponen del invierno para pensárselo, período que también podrían aprovechar para repasar videos de novilleros como Ángel Téllez, con propiedades innatas que lo singularizan, una facilidad para aprender que tampoco resulta común y con la gestión de sus cosas en muy buenas manos, o Francisco de Manuel, dotado de un sentido de la intensidad francamente estupendo. Yo apostaría por ambos.

“Los privilegiados arriesgarán siempre su completa destrucción antes que ceder una mínima parte de sus privilegios”, advirtió Galbraith. Puede que por ahí apunte el problema de fondo de una Tauromaquia desde este jueves y hasta hoy mismo reunida en Murcia, sede del II Congreso Internacional, para asumir realidades, exponer estudios, intercambiar puntos de vista y ojalá que, a partir de las evidencias, apearse del inmovilismo. Mi opinión es clara: “Todo fluye, nada permanece”, que dijo Heráclito.

Gonzalo Santonja Gómez-Agero es catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense (2004), director de la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Pertenece a Academia Norteamericana de la lengua Española (ANLE) y Academia Argentina de Letras, es Hijo Predilecto de Béjar (Salamanca), Honorary Fellow in Writing por la Universidad de Iowa (USA), Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma (Lima, Perú), dirige desde 2010 el Foro Internacional de Filología de la Feria del Libro de Guadalajara (México) y, entre otras distinciones, es Premio Nacional de Literatura (Ensayo) y Premio Castilla y León de las Letras.

Tres socios de “Los de José y Juan” participarán en el II Congreso Internacional La Tauromaquia del Siglo XXI.

François Zumbiehl, Andrés Amorós y Gonzalo Santonja, socios de la peña taurina “Los de José y Juan” participarán en el II Congreso Internacional “La Tauromaquia del siglo XXI” que se celebrará en Murcia del 18 al 21 de octubre.

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¿Cuándo hablamos de lo nuestro?

gonzalo santonja

«Gozando, como gozamos, de un gobierno que ha hecho bandera del diálogo, señor ministro, ¿cuándo hablamos de lo nuestro?, porque los Toros son nuestros, patrimonio español cultural y ecológico. Mejor, claro está, cuanto antes. Así se cortaría de raíz la sospecha, puesta en circulación por algunos malpensados, de que dicho talante conciliador solo sea para fugados y separadores»

A continuación, transcribimos el artículo publicado por nuestro socio Gonzalo Santonja y publicado en el periódico ABC. 

Corría el año de gracia de 1579, en que vinieron al mundo el dramaturgo Luis Vélez de Guevara y san Martín de Porres, primer mulato de América elevado a los altares, hijo de un hidalgo burgalés sin fortuna y de una liberta panameña, cuando don Joseph Villadiego Azetuno, cura de la iglesia parroquial de San Vicente de Ávila, entonces Ávila de los Caballeros, denominación perdida con el censo de 1877, tuvo a bien enderezar una petición a los «muy ilustres señores Justicia y Regidores» de la ciudad para que se volvieran a correr toros por las fiestas de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, costumbre interrumpida durante algún tiempo en sinrazón de la bula De salutis gregis dominici, fechada en Roma el 1 de noviembre de 1567, «pontificatus nostri anno II», con la que Pío V pretendió prohibir «estos espectáculos donde toros y fieras en plazas se corren», cuyo texto latino fue impecablemente traducido al español por Jesús María García Añoveros, marcando un contrapunto de rigor frente a las versiones de conveniencia y aun francamente sesgadas que ofrecen distintos portales de internet.

El intento del Papa apenas tendría recorrido, porque el Rey y la mayoría de los obispos se desentendieron, y tras la muerte del Pontífice, el 1 de mayo de 1572, la situación había ido poco a poco normalizándose, lo que aprovechó Villadiego Azetuno para promover la recuperación de una costumbre festiva de una antigüedad mayor a la que él mismo estimaba: «Dozientos y siete años», observada «desde el dicho tiempo a esta parte inviolablemente, hasta que se promulgó el Motu proprio del Papa Pio Quinto». Lo que a su juicio resultaba «no justo», sentimiento compartido por un consistorio que, además de acceder a dicha petición, añadió argumentos de peso en favor de la causa.

grabado toros

Y es que, lejos de limitarse a conceder la razón al peticionario, en su respuesta reprodujeron, y en consecuencia ratificaron, trasladado a escritura pública, un documento que Bernardino de Melgar y Abreu San Juan de Piedras Albas y Benavites, el Marqués de Piedras Albas, su descubridor, calificó, dando en el clavo, como «las Ordenanzas de toros más antiguas de cuantas se conocen hasta ahora», un hasta ahora cuya vigencia se mantiene todavía, ya que nadie ha puesto sobre la mesa unas disposiciones fechadas antes que estas, extendidas el miércoles 15 de junio, «era de MCCCLXXII», o sea en 1334.

El Marqués de Piedras Albas consiguió dos ejemplares, «uno impreso del año 1579, con legalización manuscrita al dorso por un Escribano de Ávila, y otro escrito a mano con letra del siglo XVI», ambos procedentes del «Archivo Parroquial de San Vicente de Ávila de un gran Legajo de Papeles de grandísimo interés» que el descuido de los hombres y los avatares del comercio situaron en una especie de alcaná de Valencia o Sevilla (don Bernardino dudaba) similar a aquel mercado persa de Toledo en que Cervantes habría dado con el manuscrito de Cide Hamete Benengeli. La fortuna le llevó a rescatarlo para devolvérselo de inmediato a dicha iglesia, «quedándome con estos dos documentos», pero quedándose con ellos no por decisión suya, sino por regalo del obispo Plá y Deniel.

Investigador a carta cabal, el Marqués, apologista insigne de Santa Teresa, lo trascribió y publicó en su notabilísimo estudio sobre las «Fiestas de toros: bosquejo histórico», impreso en 1927, pero a su muerte (1863-1942) aquí paz y después gloria o quién te ha visto y quién te ve o sombra de lo que eras, para expresarlo con palabras de Miguel Hernández.

Y así hasta que de nuevo en una alcaná y otra vez con la fortuna por medio («el azar es objetivo», señaló André Bretón) hace algunos meses me saltó la liebre de un ejemplar en perfectas condiciones, con tamaño de cartel o bando, impreso en 1579 y legalizado al dorso por un escribano público, al igual que el del Marqués aunque no el mismo, porque el que obra en mi poder presenta en los márgenes anotaciones manuscritas de muchísima curiosidad, trazadas en el XVII por un discrepante de Villadiego Azetuno que, disintiendo de sus fervores taurinos, reconocía y ponderaba la antigüedad de aquel regocijo taurino en honor de los Santos Mártires titulares de la Basílica de San Vicente, por cierto, maravilla entre las maravillas del románico universal.

toros avila

Sobre otros muchos aspectos, la actualidad de aquellas Ordenanzas de 1334 descansa en la atención preferente que establecen en favor, defensa y cuidado de los toros de lidia, lo que pone de manifiesto una preocupación por su integridad y buen trato que caracteriza a la Fiesta prácticamente desde sus orígenes, rasgo diferencial respecto a cualquier otra actividad desarrollada con animales. A dicho tenor la «muy noble Ciudad de Áuila» procedió sin contemplaciones: tras investir de poder a dos caballeros, «Blasco Ximénez, hijo de Fernán Blázquez, y Blasco Ximénez, hijo de Gómez Ximeno», el consistorio determinó una sangría de diez maravedís en la bolsa de quien hiriese o simplemente molestara a los toros durante la lidia («mientras lidiaren los toros»), sanción multiplicada nada menos que por cincuenta si el maltrato o la mera perturbación se producían en tanto eran encerrados, o sea, durante el recorrido por calles y plazas, acabado el encierro campero, cuando la manada se internaba por el casco urbano.

En resumidas cuentas: desde 1334 queda acreditado fehacientemente el cuidado y la preocupación por la integridad de los toros de lidia, realidad que hoy por hoy algún ministro parecería desconocer y que tampoco se ha sabido explicar desde los centros públicos y las comisiones de asuntos taurinos, así desaprovechado el inmenso patrimonio documental, literario, musical y artístico que certifica la profundidad y riqueza de la cultura de la Fiesta.

Ahora bien, gozando, como gozamos, de un gobierno que ha hecho bandera del diálogo, señor ministro, ¿cuándo hablamos de lo nuestro?, porque los Toros son nuestros, patrimonio español cultural y ecológico. Mejor, claro está, cuanto antes. Así se cortaría de raíz la sospecha, puesta en circulación por algunos malpensados, de que dicho talante conciliador solo sea para fugados y separadores. Yo no quisiera creerlo.

*Gonzalo Santonja Gómez-Agero es socio de “Los de José y Juan”, catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense (2004),  director de la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Pertenece a  Academia Norteamericana de la lengua Española (ANLE) y  Academia Argentina de Letras, es Hijo Predilecto de Béjar (Salamanca),  Honorary Fellow in Writing por la Universidad de Iowa (USA), Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma (Lima, Perú), dirigedesde 2010 el Foro Internacional de Filología de la Feria del Libro de Guadalajara (México) y, entre otras distinciones, es Premio Nacional de Literatura (Ensayo) y Premio Castilla y León de las Letras.

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