EL BULO COMPARTIDO. LOS ESCUDOS DE LA FACHADA DE LAS VENTAS

Artículo escrito por Juan Salazar. 

Resulta muy habitual que una idea que no responde a la verdad, a fuerza de ser repetida, se acabe convirtiendo en un concepto compartido y asumido por todos.

Nuestra querida Plaza de Toros de Las Ventas no podía ser una excepción a este tipo de gazapos, hasta el punto que la propia página web en el apartado referido a su arquitectura afirma lo siguiente:

La fachada de la Plaza es de ladrillo visto con decoraciones de cerámica vidriada que representan los escudos de todas las provincias españolas. Como curiosidad, sabemos que el escudo de Córdoba aparece representado en dos ocasiones y que del actual conjunto de provincias españolas solo faltan Ceuta y Melilla que en el momento de su construcción solo eran un protectorado español.

Esta frase, es compartida de forma generalizada por los aficionados.

Bueno, pues me temo que en estas afirmaciones hay multitud de inexactitudes. Vamos por partes.

  1. “…los escudos de … las provincias españolas”

Los escudos no son los representativos de las provincias sino de las capitales de provincia. Es decir, el escudo que aparece es el de Pamplona, San Sebastián o Bilbao, no el de Navarra, Guipúzcoa o Vizcaya.

Pamplona
Lérida
  1. “… y que del actual conjunto de provincias españolas solo faltan Ceuta y Melilla”

Es incorrecto. De entrada hay 47 escudos y a la fecha actual, además de las dos ciudades autónomas, existen 50 provincias con lo que las cifras no cuadran. Hay siete capitales no representadas y son: Las Palmas, Santander, Soria, Tarragona, Teruel, Valladolid y Vitoria

  1. “…el escudo de Córdoba aparece representado en dos ocasiones”

La afirmación es correcta pero incompleta. Hay tres capitales de provincia cuyo escudo está repetido: Huelva, Málaga y Córdoba.

  1. Existe un “error por omisión”, ya que no se indica que existe un escudo que no corresponde a ninguna provincia ni capital de provincia. Se trata del escudo de Ronda.

De esta forma las cifras cuadrarían:

  • 47 escudos, de los que 43 corresponden a capitales de provincia, tres están repetidos y uno es el de Ronda.
  • Hay siete capitales de provincia no representadas.
Ronda
San Sebastián

Finalmente, aunque tenga una importancia menor, aclarar lo que erróneamente escuché a dos aficionadas el otro día al salir del festejo, en el sentido de que algún toponímico figuraba “castellanizado” y algún otro no, lo cual es incorrecto. Los nombres de las capitales aparecen en su versión castellana por lo que Gerona y Lérida, aparecen como tal, no como Girona o Lleida.

Juan Salazar socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, es madrileño. Licenciado en Farmacia y MBA por el Instituto de Empresa, ha desarrollado su carrera profesional en el ámbito de la Consultoría y de los Recursos Humanos.  Aficionado por vía paterna, es abonado a la Plaza de Las ventas y habitual de los tendidos así en las ferias como en los domingos de cemento y turistas. Es autor del libro de recuerdos taurinos “Remembranzas Imaginarias; Madrid Museo Taurino Abierto”.

 

 

Toros y cine.

Artículo escrito por Andrés Amorós.

Una corrida de toros posee una evidente plasticidad, “entra por los ojos”. Es lo que han reflejado muchos poetas, como Manuel Machado, que resume así el espectáculo:

“La hermosa fiesta bravía
de terror y de alegría
de este viejo pueblo fiero…
¡Oro, seda, sangre y sol!”
Y su melancólico declinar, al final de la tarde:
“… Y terminada
la fiesta de oro y rojo, a la mirada
queda un solo eco
de amarillo seco
y sangre cuajada”.

Eso implica, a la vez, un claro riesgo: que la película se quede en lo más espectacular y externo de los toros, sin profundizar en el arte, el rito o la tragedia.
Como son tan amplios los mundos de la Tauromaquia y del cine, será útil recordar una docena de géneros cinematográficos que se han acercado a la Fiesta.

1. Los orígenes


Ya en 1896, un operador de los hermanos Lumière, Albert Promio, filmó la “Arrivée des toréadors”.
En España, en 1918, Rafael Salvador obtuvo éxito con “La España trágica”, en la que aparece una corrida de toros. Al año siguiente, en el folletín “Los arlequines de seda y oro” aparece una corrida con El Gallo, Joselito, Belmonte y Gaona.

Hace poco, la Filmoteca Española ha recuperado una interesantísima película, “Viva Madrid que es mi pueblo” (1928), producida y protagonizada por el gran Marcial Lalanda: la única oportunidad para ver cómo toreaba este diestro, al que un pasodoble consagró como “el más grande”.

2. El documental


El cine sirve, efectivamente, para permitirnos disfrutar con el arte de grandes toreros. En este sentido, se lleva la palma la estupenda “Tarde de toros” (1956), de Ladislao Vadja, un testimonio único para conocer el estilo artístico de dos genios, Domingo Ortega y Antonio Bienvenida.

En otro terreno, “Torerillos 61” , de Basilio Martín Patino (el autor de la extraordinaria “Canciones para después de una guerra”) permite ver lo que era la dura lucha de los maletillas. Un caso singular es el corto francés “La corrida fantastique”, premiado en Cannes, que cambia la visión habitual de un festejo taurino gracias a la cámara lenta y a la música de órgano.

3. El docudrama

Utiliza esta técnica el cámara Teo Escamilla en su muy interesante testimonio sobre la Escuela de Tauromaquia de Madrid (ahora perseguida por la sectaria alcaldesa Carmena), “Tú solo”. Queda claro que no es el hambre lo único que empuja a los jóvenes a torear.

4. La vanguardia

Un curiosísimo ejemplo de las vanguardias estéticas españolas es el corto “Esencia de verbena”, de Ernesto Giménez Caballero, en la que el gran escritor Ramón Gómez de la Serna, en una barraca de feria, estoquea ceremoniosamente un toro de cartón.

5. Genios del cine


También se han asomado al mundo taurino algunos de los más grandes genio del cine. Después de “El acorazado Potemkin” y de “Iván el Terrible”, el ruso Eisenstein rodó “¡Que viva México!” (en otro montaje, titulada “Tempestad sobre México”), que incluye un episodio de gran plasticidad sobre la Fiesta. En 1944, Abel Gance inició el rodaje de una película sobre Manolete, que no completó.“El genio” Orson Welles presumía – a mí mismo me lo contó – de haber actuado como novillero, por Andalucía. No he podido comprobar si era verdad o una más de sus fantásticas mentiras (“Fake” es el título de una de sus películas). Para la televisión rodó una serie de escenas taurinas, que él iba comentando, en inglés, desde una barrera de Las Ventas.

6. La psicología


En la magnífica “Torero” (1955), de Carlos Velo, se muestran los temores y contradicciones del mejicano Luis Procuna. Un estremecedor testimonio de la vejez de un artista, Nicanor Villalta, se ofrece en “Juguetes rotos” (1966), de Manuel Summer.

7. Dramas


Henry King lleva al cine la novela de Hemingway “The Sun Also Rises” (“Fiesta”, 1957). El italiano Francesco Rossi rueda, con el torero Miguelín, “El momento de la verdad” (1965): un título que aplicamos a la suerte de matar y que vale también como símbolo de toda la Fiesta.

8. Lo social


En los años cincuenta, cuando tenía gran fuerza la literatura social, ése es el enfoque con el que se acerca a los toros Ángel Maria de Lera, con su novela “Los clarines del miedo”, llevada a la pantalla por Antonio Román. Una denuncia más descarnada es la de “A las cinco de la tarde” (1960), de Juan Antonio Bardem, basada en el drama “La cornada”, de Alfonso Sastre.

9. Biografías noveladas


Muchas películas han aprovechado la enorme popularidad de algunos toreros, que hacen su propio papel en una historia novelada: así, Chamaco, en “El traje de oro” (1959); El Cordobés, en “Aprendiendo a morir” (1962); Palomo Linares, en “Solos los dos” (1968)…

10. Cuatro obras literarias populares


Se han llevado varias veces al cine popularísimas novelas. Así, “Sangre y arena”, del valenciano Vicente Blasco Ibáñez: la primera vez, por su propio autor (1916). La segunda, por Fred Niblo (1922), con el mítico galán Rodolfo Valentino. La tercera, excelente, por Rouben Mamoulian (1941),con Tyrone Power. La cuarta, más efectista, por José María Elorrieta (1989), con la estrella Sharon Stone.

También ha tenido varias versiones “Currito de la Cruz”, del novelista gallego Alejandro Perez Lugín. La primera, por su autor (1925). La segunda, por Fernando Delgado (1935). La tercera, por Luis Lucia (1958), interesantísima, por permitirnos apreciar el estilo de Pepín Martín Vázquez, un gran torero, hoy revalorizado por la devoción de Morante de la Puebla. La cuarta, por Rafael Gil (1965), con El Pireo.


Más folletinesca es “El niño de las Monjas”, que llevaron a la pantalla el fotógrafo Calvache (1925), con Eladio Amorós; José Buschs (1928), con El Estudiante; Julio Villarreal (1944), en México, con Luis Procuna; Ignacio F. Iquino (1958), con Enrique Vera.

Todavía más versiones cinematográficas ha tenido el mito de “Carmen”, desde la italiana de Giovanni Doria (1914); el espectacularísimo Cecil B. de Mille (1915); el genio de la comedia Lubitsch (1918); Jacques Feyder (1928), con la cupletista Raquel Meller; Florián Rey, “Carmen la de Triana” (1938), con la extraordinaria cantante Imperio Argentina; Cristian Jacques (142); el argentino Tulio Demicheli, “Carmen la de Ronda” (1959), con Sarita Montiel, popularísima después de “El último cuplé”; el italiano Francesco Rossi, “Carmen de Bizet”(1983), rodada en Ronda, más fiel a la ópera (1983); Carlos Saura (1983). Y, llevándola al mundo del “espiritual” negro, “Carmen Jones”, con Dorothy Dandridge.

11. El humor


Muchos grandes cómicos han parodiado el mundo de las corridas de toros. Así, Max Linder (1912), Chaplin (1915), Stan Laurel y Oliver Hardy (la primera pareja llamada, en España, El Gordo y el Flaco), Totó y el mejicano Cantinflas, gran aficionado y torero práctico.

12. Rarezas


Incluyo aquí algunas películas que se salen de los géneros habituales, como la rusa ”Sombrero”, de Tamara Lisitsian. Podemos ver a Pablo Picasso trazando con increíble facilidad algunas escenas taurinas en el extraordinario documental “Mystère Picasso”, de H.G.Clouzot (famoso por “Las diabólicas”).

Muy singular y atractiva es “Yo he visto la muerte· (1965), de José María Forqué, en varios episodios. En uno de ellos, Luis Miguel Dominguín, en una barraca de feria, asiste a la evocación de la tragedia de Manolete, que él mismo había vivido.

En su guion intervino mi amigo Jaime Armiñán, buen escritor y excelente aficionado, formado en casa de los Bienvenida. Esa experiencia la trasladó a su gran serie de televisión “Juncal”, con una magnífica interpretación de Paco Rabal.

Concluyo ya. Suele decirse que no hay buenas películas de toros. Esta pesada enumeración sirve, creo, para desmontar ese tópico: existen muchas películas taurinas; bastantes de ellas, poseen notable interés. Para los enamorados de la Fiesta, es algo muy atractivo; para los cinéfilos, todo un capítulo de la historia del cine del que no se puede prescindir.

El autor: Andrés Amorós Guardiola, socio de la Peña Taurina “Los de José y Juan”, es doctor en Filología Románica y catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid.  Ha publicado obras relevantes sobre la tauromaquia y actualmente ejerce la crítica taurina en el diario ABC de Madrid. Entre sus galardones destacan el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de la Crítica Literaria, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española y el Premio José María de Cossío.

¿Cuándo hablamos de lo nuestro?

gonzalo santonja

«Gozando, como gozamos, de un gobierno que ha hecho bandera del diálogo, señor ministro, ¿cuándo hablamos de lo nuestro?, porque los Toros son nuestros, patrimonio español cultural y ecológico. Mejor, claro está, cuanto antes. Así se cortaría de raíz la sospecha, puesta en circulación por algunos malpensados, de que dicho talante conciliador solo sea para fugados y separadores»

A continuación, transcribimos el artículo publicado por nuestro socio Gonzalo Santonja y publicado en el periódico ABC. 

Corría el año de gracia de 1579, en que vinieron al mundo el dramaturgo Luis Vélez de Guevara y san Martín de Porres, primer mulato de América elevado a los altares, hijo de un hidalgo burgalés sin fortuna y de una liberta panameña, cuando don Joseph Villadiego Azetuno, cura de la iglesia parroquial de San Vicente de Ávila, entonces Ávila de los Caballeros, denominación perdida con el censo de 1877, tuvo a bien enderezar una petición a los «muy ilustres señores Justicia y Regidores» de la ciudad para que se volvieran a correr toros por las fiestas de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, costumbre interrumpida durante algún tiempo en sinrazón de la bula De salutis gregis dominici, fechada en Roma el 1 de noviembre de 1567, «pontificatus nostri anno II», con la que Pío V pretendió prohibir «estos espectáculos donde toros y fieras en plazas se corren», cuyo texto latino fue impecablemente traducido al español por Jesús María García Añoveros, marcando un contrapunto de rigor frente a las versiones de conveniencia y aun francamente sesgadas que ofrecen distintos portales de internet.

El intento del Papa apenas tendría recorrido, porque el Rey y la mayoría de los obispos se desentendieron, y tras la muerte del Pontífice, el 1 de mayo de 1572, la situación había ido poco a poco normalizándose, lo que aprovechó Villadiego Azetuno para promover la recuperación de una costumbre festiva de una antigüedad mayor a la que él mismo estimaba: «Dozientos y siete años», observada «desde el dicho tiempo a esta parte inviolablemente, hasta que se promulgó el Motu proprio del Papa Pio Quinto». Lo que a su juicio resultaba «no justo», sentimiento compartido por un consistorio que, además de acceder a dicha petición, añadió argumentos de peso en favor de la causa.

grabado toros

Y es que, lejos de limitarse a conceder la razón al peticionario, en su respuesta reprodujeron, y en consecuencia ratificaron, trasladado a escritura pública, un documento que Bernardino de Melgar y Abreu San Juan de Piedras Albas y Benavites, el Marqués de Piedras Albas, su descubridor, calificó, dando en el clavo, como «las Ordenanzas de toros más antiguas de cuantas se conocen hasta ahora», un hasta ahora cuya vigencia se mantiene todavía, ya que nadie ha puesto sobre la mesa unas disposiciones fechadas antes que estas, extendidas el miércoles 15 de junio, «era de MCCCLXXII», o sea en 1334.

El Marqués de Piedras Albas consiguió dos ejemplares, «uno impreso del año 1579, con legalización manuscrita al dorso por un Escribano de Ávila, y otro escrito a mano con letra del siglo XVI», ambos procedentes del «Archivo Parroquial de San Vicente de Ávila de un gran Legajo de Papeles de grandísimo interés» que el descuido de los hombres y los avatares del comercio situaron en una especie de alcaná de Valencia o Sevilla (don Bernardino dudaba) similar a aquel mercado persa de Toledo en que Cervantes habría dado con el manuscrito de Cide Hamete Benengeli. La fortuna le llevó a rescatarlo para devolvérselo de inmediato a dicha iglesia, «quedándome con estos dos documentos», pero quedándose con ellos no por decisión suya, sino por regalo del obispo Plá y Deniel.

Investigador a carta cabal, el Marqués, apologista insigne de Santa Teresa, lo trascribió y publicó en su notabilísimo estudio sobre las «Fiestas de toros: bosquejo histórico», impreso en 1927, pero a su muerte (1863-1942) aquí paz y después gloria o quién te ha visto y quién te ve o sombra de lo que eras, para expresarlo con palabras de Miguel Hernández.

Y así hasta que de nuevo en una alcaná y otra vez con la fortuna por medio («el azar es objetivo», señaló André Bretón) hace algunos meses me saltó la liebre de un ejemplar en perfectas condiciones, con tamaño de cartel o bando, impreso en 1579 y legalizado al dorso por un escribano público, al igual que el del Marqués aunque no el mismo, porque el que obra en mi poder presenta en los márgenes anotaciones manuscritas de muchísima curiosidad, trazadas en el XVII por un discrepante de Villadiego Azetuno que, disintiendo de sus fervores taurinos, reconocía y ponderaba la antigüedad de aquel regocijo taurino en honor de los Santos Mártires titulares de la Basílica de San Vicente, por cierto, maravilla entre las maravillas del románico universal.

toros avila

Sobre otros muchos aspectos, la actualidad de aquellas Ordenanzas de 1334 descansa en la atención preferente que establecen en favor, defensa y cuidado de los toros de lidia, lo que pone de manifiesto una preocupación por su integridad y buen trato que caracteriza a la Fiesta prácticamente desde sus orígenes, rasgo diferencial respecto a cualquier otra actividad desarrollada con animales. A dicho tenor la «muy noble Ciudad de Áuila» procedió sin contemplaciones: tras investir de poder a dos caballeros, «Blasco Ximénez, hijo de Fernán Blázquez, y Blasco Ximénez, hijo de Gómez Ximeno», el consistorio determinó una sangría de diez maravedís en la bolsa de quien hiriese o simplemente molestara a los toros durante la lidia («mientras lidiaren los toros»), sanción multiplicada nada menos que por cincuenta si el maltrato o la mera perturbación se producían en tanto eran encerrados, o sea, durante el recorrido por calles y plazas, acabado el encierro campero, cuando la manada se internaba por el casco urbano.

En resumidas cuentas: desde 1334 queda acreditado fehacientemente el cuidado y la preocupación por la integridad de los toros de lidia, realidad que hoy por hoy algún ministro parecería desconocer y que tampoco se ha sabido explicar desde los centros públicos y las comisiones de asuntos taurinos, así desaprovechado el inmenso patrimonio documental, literario, musical y artístico que certifica la profundidad y riqueza de la cultura de la Fiesta.

Ahora bien, gozando, como gozamos, de un gobierno que ha hecho bandera del diálogo, señor ministro, ¿cuándo hablamos de lo nuestro?, porque los Toros son nuestros, patrimonio español cultural y ecológico. Mejor, claro está, cuanto antes. Así se cortaría de raíz la sospecha, puesta en circulación por algunos malpensados, de que dicho talante conciliador solo sea para fugados y separadores. Yo no quisiera creerlo.

*Gonzalo Santonja Gómez-Agero es socio de “Los de José y Juan”, catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense (2004),  director de la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Pertenece a  Academia Norteamericana de la lengua Española (ANLE) y  Academia Argentina de Letras, es Hijo Predilecto de Béjar (Salamanca),  Honorary Fellow in Writing por la Universidad de Iowa (USA), Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma (Lima, Perú), dirigedesde 2010 el Foro Internacional de Filología de la Feria del Libro de Guadalajara (México) y, entre otras distinciones, es Premio Nacional de Literatura (Ensayo) y Premio Castilla y León de las Letras.

Ir al artículo publicado en ABC. 

El 31 de mayo de 1951 se constituye la peña taurina “Los de José y Juan”

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Juan Belmonte con los socios fundadores de la peña.

Transcurre la primavera del año 1951 en Madrid. La capital, entonces era una ciudad tranquila, donde se podía pasear al caer de la tarde y conversar tranquilamente sin casi automóviles, ni televisión que invada la vida privada. Eran tiempos de difícil situación económica pero de grandes esperanzas para un país que estaba deseando iniciar su despegue.

En la ciudad proliferaban las tertulias, en las que junto al teatro y cine -en este año se estrena “Bienvenido mister Marshall”- pasaban su tiempo libre los madrileños. Los espectáculos de masas eran, al igual que ahora, el fútbol, que era algo romántico circunscrito a lo deportivo, y básicamente los toros.

Los aficionados a los toros acudían habitualmente a la Plaza de las Ventas y circunstancialmente a la de Vista Alegre a ver a las figuras del momento: Pepe Luis, Luis Miguel, Antonio Bienvenida, Rafael Ortega, etc. Muchos de estos aficionados tenían sus propias tertulias que con el tiempo evolucionaron en la constitución de peñas taurinas, siguiendo una lógica tendencia asociativa que por aquel entonces estaba en otros campos un tanto restringida.

Independientemente de la “Peña Cocherito de Bilbao” a la que rendimos cariñoso homenaje por ser buenos aficionados y amigos y por ser la peña decana, ya que se fundó en 1910, los amantes de la fiesta se fueron agrupando, poco a poco, en distintas peñas, como el “Club Taurino Madrileño”, fundado en 1945 o la “Peña el Puyazo” fundada en 1948 la cual vive en nuestros días una floreciente actividad. La “Peña El 7” que agrupó y agrupa a numerosos buenos aficionados se constituyó al año siguiente de la nuestra, en 1952.

Pues volviendo al año 1951, año importante para la fiesta, pues en él toman la alternativa nada menos que Julio Aparicio, Miguel Báez “El Litri”, Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez, ocurre que durante la primavera en una tertulia de aficionados, casi todos afiliados al “Club Taurino Madrileño” deciden que, ante la crisis que sufre la fiesta -siempre ha habido crisis, podemos decir que la fiesta vive en una crisis permanente-, reflejada en la extensión de la corruptela del afeitado, se hace necesario tomar postura a favor de la pureza del espectáculo taurino. Para ello, entendieron que lo mejor era reivindicar la pureza que ellos conocieron en sus años juveniles en los que tuvieron la suerte de vivir la “Edad de Oro del Toreo” en los cuales, a través de Joselíto y Belmonte coincidieron ciencia, arte y toro. Así pues deciden solicitar a los poderes públicos, previa entrega de la documentación necesaria, el permiso para la fundación de una peña dedicada a la consecución de estos objetivos. El día cinco de mayo se recibe la autorización para la formalización de la fundación de la Peña que había sido solicitada por los señores: Alberto Romero, Ángel Linares, Luis Fernández Salcedo, Rosario Abarquero, Edmundo González Acebal, Adolfo Bollaín, Joaquín Casas, Mauricio Maigne, Fidel Perlado, Félix Rebollo, Gonzalo Tejerína, Fermín Lastra y Julio de Urrutia que serian los primeros socios y por lo tanto fundadores de la Peña se dedican a la preparación de la fundación oficial de la Peña, lo que culminan en pocos días a pesar de coincidir con la quinta Feria de San Isidro.

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En ese año, la feria constó de siete corridas y dos novilladas; ¡y eso que entonces lo que sobraban eran figuras del toreo! Pero, quizá lo que faltaba era dinero. El triunfador de la feria fue Pepe Luis Vázquez, registrándose una gran faena de Antonio Bienvenida el día de la confirmación de El Litri. A la salida de las corridas solían reunirse, este pequeño grupo de aficionados, que habitualmente asistían a las corridas con sus respectivas señoras, exactamente a unos metros de la taquilla de la izquierda de la puerta grande de la plaza, lo cual era lógico, puesto que casi todos tenían abono -los más procedentes de la antigua plaza de toros- en el tendido ocho. De allí, tras comentar la corrida, solían irse en aquellos rudimentarios autobuses de ¡¡a los toros!! a la taberna de Antonio Sánchez en la calle Mesón de Paredes, 15 donde seguían comentando la corrida junto al dueño del local, el recordado gran torero Antonio Sánchez, rodeados de cuadros de Zuloaga, mientras cenaban y de postre degustaban las maravillosas torrijas que se elaboraban en la casa.

Pues bien, en dicho local, que inmortalizara Antonio Díaz Cañabate en el libro: “Historia de una Taberna”, se constituyo a las 20,00 h. del día 31 de mayo la “Peña Taurina Los de José y Juan” con los socios fundadores que lo solicitaron. La primera Junta Directiva fue la siguiente:

  • Presidente: Don Edmundo González Acebal
  • Secretario: Don Fermín Lastra Cobeña
  • Tesorero: Don Fidel Perlado López
  • Vocal 1º: Don Adolfo Bollaín Rozalem
  • Vocal 2º: Don Luis Fernández Salcedo
  • Vocal 3º: Don Julio de Urrutia Echaniz

Fijándose el domicilio social en la Cervecería La Tropical en la calle Alcalá 21.

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Este artículo está escrito por Ángel Linares, socio de la peña “Los de José y Juan” e hijo de uno de los fundadores de la misma.

Se puede ver el artículo completo en la página web www.losdejoseyjuan.com

ADOLFO MARTÍN, PREMIO A LA CORRIDA MÁS ENCASTADA Y MENCIÓN ESPECIAL A SALTILLO DE “LOS DE JOSÉ Y JUAN”

La Peña Taurina “Los de José y Juan”, creó el premio Luis Fernández Salcedo en el año 2003, que se otorga desde entonces a la corrida más encastada de la feria de San Isidro, lidiada completa.

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Chaparrito, de Adolfo Martín y lidiado por Pepe Moral, fue un toro bravo y encastado.

La casta del toro bravo es la garantía de supervivencia de la corrida y la casta además de ser la madre de la bravura, implica también la acometividad del toro y su capacidad de defender su terreno además de una capacidad imprescindible que es una cierta imprevisibilidad en sus reacciones.

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Pepe Moral y Chaparrito en el tercio de muleta.

El camino de las ganaderías que priman la nobleza en la faena de muleta, como principal componente de la bravura, está llegando a la docilidad y a la exclusión del riesgo. Dentro de las actividades artísticas, hay mejores ejemplos que la corrida de toros en los que el movimiento y la composición de la figura humana crean belleza. Lo fundamental de la corrida de toros es que esa belleza se crea con la exposición al riesgo del torero ante las reacciones de un toro de casta.

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Mentiroso, de Adolfo Martín, fue el toro de la alternativa de Ángel Sánchez.

Esta feria de San Isidro no ha sido pródiga en corridas encastadas, aunque  un amplio grupo han satisfecho las expectativas de los aficionados, sin llegar a ser brillantes.

A juicio de la mayoría de los socios de la Peña, reunidos el miércoles 13 de junio, Adolfo Martín ha lidiado la corrida más encastada de San Isidro 2018, ha sido la que mejor ha demostrado el equilibrio que la casta implica entre la acometividad y la bravura. Lidió al bravo Chaparrito, y el resto de su corrida mostró las varias reacciones de la casta en el toro bravo o manso, sin que la sensación de peligro y el peligro real, estuvieran ausentes durante la corrida.

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Asturdero, de la ganadería Saltillo, fue un toro con casta y bravura.

Asimismo se ha otorgado una Mención especial a la ganadería de Saltillo, por recordarnos con su corrida que el toro bravo proviene de un animal salvaje y que la esencia de una corrida de toros consiste en domeñar esa acometividad. La corrida de Saltillo ha ejercido de espejo donde mirar el espectáculo tantas veces domesticado de numerosas corridas actuales.

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Sebastián Ritter dominando a Galguito, de la ganadería Saltillo.

*Fotos de Andrew Moore.